Tres elecciones, tres frenazos a ultraderechas nacionalistas, distintas y distantes, pero unidas por vinculaciones, de distinta naturaleza e intensidad, con el movimiento MAGA de Estados Unidos y el propósito de transformar sus respectivos sistemas políticos en democracias autoritarias y fuertemente conservadoras.
Derrota de la derecha nacionalista heredera del régimen de Milosevic (aunque mucho más pragmática), en Serbia; fiasco, polémica de corto vuelo y huida de Flávio Bolsonaro, hijo del patriarca (Jair); y en el más confuso caso de Israel, notable retroceso del bloque ultranacionalista genocida, pero sin que la alternativa liberal de centro disponga de los apoyos para gobernar, salvo dificultosa alianza con los árabes.
BRASIL: ACTO SEGUNDO DE UNA LARGA CONFRONTACIÓN
La victoria in extremis y un tanto sorpresiva de Lula en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil no zanja el peligro de la extrema derecha.
La primera reacción de Flavio Bolsonaro, inmediata e instintiva, fue seguir los pasos de su padre: no aceptar el resultado, pedir la anulación y exigir la repetición electoral, argumentando la nulidad de la decisión de un juez federal que autorizó la prolongación en dos horas de la jornada electoral debido a problemas de tráfico y movilidad.
Luego, un juez del Tribunal Supremo ordenó a la policía que le retirara el pasaporte por estar incurso en investigaciones sobre blanqueo de dinero y otros casos de corrupción. Después de horas de confusión e incertidumbre, Bolsonaro Jr. apareció en Florida, el estado donde Trump tiene su residencia más emblemática (Mar-e-Lago) y feudo de los exiliados ultraderechistas latinoamericanos. Desde allí se ha proclamado Presidente electo y ha vuelto a denunciar fraude electoral.
Vodevil político aparte, lo más inquietante es la división del país por la mitad. Lula ha superado a su rival por menos de 4 millones de votos, 3,5 puntos porcentuales. El octogenario exdirigente sindical ha dominado en el norte amazónico y el nordeste costero y el líder ultraderechista en el Oeste agrario y en el interior de los estados orientales costeros del sur.
Elecciones Presidenciales de Brasil (1ª Vuelta) Elecciones Presidenciales de Brasil (2ª Vuelta)
La escisión geográfica del voto indica que el apoyo de los trabajadores organizados en las grandes ciudades le ha dado el triunfo a Lula, pero no así en el conjunto de los Estados (Sao Paulo, Río de Janeiro y Rio Grande do Sul), donde se ha impuesto el segundo de la saga Bolsonaro. Las regiones del nordeste, donde nació la leyenda del aquel menudo luchador contra la explotación de los trabajadores agrícolas, siguen siendo fieles a Lula.
Al final, el único cambio, pero decisivo, se ha producido en Minas Gerais, que se ha inclinado también por el centro-izquierda, pese a que algunos pronósticos auguraban un triunfo del candidato ultra.
Por el contrario, las poblaciones rurales controladas por los propietarios agrarios, como los Mato Groso, Goiás y otras, y algunas capas urbanas de ciudades han preferido optar por un personaje oscuro como Flavio Bolsonaro.
Los análisis de las últimas semanas predecían casi por unanimidad la derrota de Lula, basándose en una premisa discutible: el abandono de las clases medias. La tesis se apoyaba en una paradoja: los programas de lucha contra la pobreza (Bolsa Familia y otros) han creado una masa ingente de ciudadanos que habían visto inicialmente mejoradas sus condiciones de vida, pero posteriormente esas ganancias se las había comido el alza inclemente de los precios de productos básicos (1). Esta inversión social habría producido un nivel de desafección suficiente para impedir la cuarta victoria electoral del viejo líder de la izquierda brasileña, que ha ido evolucionado desde un obrerismo cristiano reivindicativo hasta el centro-izquierda actual.
Parece claro que los votantes de otras opciones de izquierda, y de parte de la derecha moderada se han movilizado para respaldar a Lula, ya que éste ha ganado 6,5 puntos en el porcentaje de votos, mientras su rival extremista sólo ha logrado aumentar 1 punto. La abstención no ha llegado al 20%, la cifra más baja de las últimas elecciones.
Lula tendrá que afrontar su mandato gubernamental más complicado, con un Congreso dominado por el Partido Liberal de los Bolsonaro y sus aliados, que venderán muy cara cualquier iniciativa presentada por el Presidente de la República.
El mundo de los negocios y los portavoces de la derecha ya se han pronunciado: caída de la Bolsa en un 14% y 8% de pérdida del real con respecto al dólar. La campaña para reducir la deuda pública (ahora en el 9% del PIB) y recortar gasto ya está en marcha.
En sus anteriores mandatos, Lula tuvo que renunciar a promesas y compromisos con los movimientos sociales que lo habían respaldado para llegar o continuar en Planalto: una reforma agraria más ambiciosa, el abandono de los recortes sociales, el cambio del sistema que ata la política al dinero y el reforzamiento de las medidas anticorrupción.
Por no si no fuera poco, este Brasil progresista a medias verá complicado su liderazgo natural en el subcontinente, rodeado de gobiernos ultras en Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Colombia (junto al más moderado de Bolivia). Sólo podrá contar como socio progresista, con Uruguay. Y lo que es más inquietante, el nuevo gobierno en Brasilia tendrá que batallar con la animadversión de un Trump en caída libre, cada vez más aislado en Washington y deseoso de asegurarse el mayor botín familiar posible.
Está por ver si Lula, ante este entorno desfavorable, adopta una posición combativa y de movilización de sus erosionadas bases sociales; o si toma un rumbo más centrista, presionado por un legislativo que no contaba con su continuidad.
En política exterior, intentará preservar sus vínculos con Europa, pero sin poner en riesgo sus relaciones pragmáticas con China. La noche del triunfo electoral, en medio de una euforia no prevista, Lula proclamó: “Brasil no será el patio trasero de nadie”, en clara alusión a Estados Unidos.
SERBIA: LA DERROTA DEL EQUILIBRISTA VUCIC
La derrota de Alexander Vucic, el líder del Partido Progresista serbio (nombre equívoco como casi todos los de las formaciones nacionalistas radicales), se había anticipado, debido a la pujanza que había adquirido el movimiento de protesta estudiantil.
El origen de la movilización juvenil fue la indignación ciudadana provocada por el derrumbe de una marquesina en la estación ferroviaria de Novi Sad, la segunda ciudad del país, en 2016, que causó 16 muertos. Las protestas fueron in crescendo debido a la ausencia de responsabilidades y el desprecio de las autoridades.
En sus catorce años en el poder, Vucic ha utilizado el viejo libreto del régimen de Milosevic, en el que participó como Ministro de Información (más bien propaganda): ignorar el contenido político de las demandas y mostrar una cínica actitud compasiva por las víctimas. El Presidente serbio ha jugado estos años con varias barajas:
- Ha tratado de mantener el diálogo con la Unión Europea sobre el proceso de adhesión, aunque desde Bruselas recibiera fríos mensajes de aplazamientos y condicionantes.
- Ha preservado la relación prioritaria con Moscú, haciendo honor a la fortaleza de vínculo eslavista, reforzado por la proximidad ideológica de los respectivos proyectos nacionales.
- Ha fomentado la penetración económica de China en el país, con proyectos que, en ocasiones, han sido contestados por su muy negativo impacto ecológico y contrarios a los derechos laborales.
Pero, sobre todo, ha forjado una nueva relación con Estados Unidos, tras la irrupción de Trump, siempre con un componente privado y personal: Belgrado ha favorecido los negocios familiares del Presidente norteamericano, lo que ha dado nuevas alas al movimiento contestatario de los estudiantes.
Vucic ha sufrido algunos reveses recientes que habían debilitado su posición política internacional, nunca saludable. Con la derrota electoral de su gran aliado en Europa, el primer ministro húngaro, Viktor Orban, se quedó sin abogado en la esfera comunitaria. El líder serbio trató de fortalecer su posición en los Balcanes, a través de formaciones nacionalistas, para justificar un rearme ideológico y la formación de un frente informal ante las exigencias de Bruselas,con el objetivo de allanar las negociaciones de adhesión.
Vucic percibió la convergencia autoritaria entre Trump y Putin como una oportunidad, que luego se fue complicando por la prolongación de la guerra de Ucrania. Los gestos de equilibrista entre Occidente y el eje China-Rusia y el aprovechamiento de las tensiones transatlánticas no han sido suficientes para desactivar un movimiento de protesta que ha terminado por convertirse en una verdadera alternativa de poder. Está por ver si el nacionalismo serbio, tantas veces reconstruido, aceptará su derrota, más allá de las amables palabras de concesión de Vucic, nada más conocerse los resultados.
En todo caso, no debe esperarse un giro muy radical de Serbia en política exterior. La idea de Serbia como víctima está muy arraigada en la sociedad. El movimiento estudiantil se ha centrado en política interna (derechos humanos, libertad de expresión, independencia institucional) y nivel de vida. La falta de un liderazgo claro abona la incertidumbre sobre el rumbo del país (2).
ISRAEL: VUELVE EL CAOS POLÍTICO
Y, finalmente, Israel. quizás la elección más equívoca de este ciclo de contraste de la ultraderecha global. Con el 90% de los votos escrutados, el resultado, como se esperaba, no arroja luz sobre el futuro político interno del país.
Para gobernar, una coalición debe reunir en su favor la mitad más uno (61) de los diputados de la Knesset (Asamblea legislativa). Las dos opciones que se dibujan son:
- Coalición del Bloque Opositor con los partidos árabes, que han sido los que han experimentado el mayor crecimiento electoral. Esa combinación sumaría 67 escaños, suficiente para gobernar). Opción muy forzada. Gadi Eisenkot, militar de carrera y líder centrista, ha sido esquivo durante la campaña sobre esa colaboración. Sus aliados de derecha lo han rechazado. En el clima actual, el acuerdo con los partidos árabes mancha y desgasta, por su proximidad a los palestinos.
- Ruptura del bloque antigubernamental por la derecha, para asegurar la continuidad del actual gobierno. No es probable en el caso de Avigdor Lieberman, líder de Ysrael Beitenu (histórico partido de los inmigrantes rusos), incompatible con Netanyahu. Un poco más factible podría ser la opción de Naftalí Bennet, aunque éste también ha tenido choques ásperos con el actual Primer Ministro: Pero su socio en Juntos, Yair Lapid, tiene una trayectoria liberal que hace muy improbable su alianza con el bloque ultra.
Frente a estas cuadraturas del círculo solo caben tres salidas:
- Gobiernos alternos de la actual coalición ultra y del bloque de centro-derecha. Se trata de una fórmula de emergencia ensayada en el pasado, cuando no hubo combinación viable posible, para eludir una nueva convocatoria electoral.
- Gobierno de unidad nacional. Una variable inverosímil a priori, pero no descartable.
- Repetición de las elecciones, según la pauta del periodo 2019-2022, cuando Israel celebró cinco comicios antes de encontrar una fórmula estable de gobierno.
Lo esperable es que el Presidente Herzog encargue a Netanyahu, como líder del partido más votado, la formación de un gobierno. Las negociaciones se pueden prolongar semanas, incluso meses, y es seguro que el líder conservador se lo tomará con calma. Cuando ya no sea reglamentariamente posible la demora sin que salgan las cuentas, Herzog pasará el testigo a Einsekot, que tampoco lo tendrá fácil. Si falla también en el empeño, se convocarán de nuevo elecciones, salvo que un acuerdo de alternancia o rotación emerja a última hora para eludir las urnas.
En todo este periodo, nada cambiará. Israel seguirá con su política agresiva-represiva en los territorios palestinos ocupados, ejecutará operaciones militares contra Irán y sus aliados tras las elecciones legislativas en los Estados Unidos y continuará practicando el victimismo despectivo en sus deterioradas relaciones con Europa.
Ni siquiera en el caso de un hipotético gobierno de centro-derecha habrá giros de importancia. Eisenkot no está a favor de volver a la fórmula de “dos Estados” para gestionar el problema palestino, aunque frenará algo el expansionismo colonizador en la Cisjordania. En la guerra de Irán, tratará de moderar actuaciones, pero sin renunciar a liquidar el programa nuclear de la República islámica. El investigador norteamericano Steven Cook recordaba recientemente que Eisenkot fue el autor de la Doctrina Dahiya, la estrategia de guerra masiva sin límites contra Hezbollah en Líbano en 2006 (3). El exmilitar intentará poner en marcha una investigación sobre las responsabilidades del fiasco del 7 de octubre (él perdió un hijo en el ataque de Hamas), similar a la que impulsó Golda Meir, tras la guerra del Yom Kippur, en 1973. En Israel, el frenazo a la ultraderecha se puede quedar en espejismo.




