“Cuando el debate se ha perdido, la calumnia
es la herramienta del perdedor”
Sócrates
En el mes de septiembre de 2021 en el programa 24h de Radio Nacional de España (RNE), bajo la dirección de la periodista Sandra Urdín, se puso en marcha una sección semanal sobre Salud Mental, en la que tuve el placer de participar como colaborador. Fue una experiencia fantástica y aprendí lo que es la clase y sutileza de las preguntas que realizaba Sandra sobre el tema que nos ocupaba cada semana. En el segundo programa, el día 22 de septiembre de 2021, el tema que seleccionó la directora fue: Comunicación política. En aquellos tiempos se había iniciado un tipo de intervenciones en el Congreso de los Diputados donde dominaba la crispación, con intervenciones muy alejadas del tipo de comunicación parlamentaria al que nos tenían acostumbrados sus señorías en épocas pretéritas.
La búsqueda bibliográfica consiguió obtener dos referencias llenas de conceptos y de desarrollos de gran interés. La primera fue de un autor francés llamado Pierre Bourdieu: L’opinion publique n’existe pas. La segunda referencia era un clásico de Bernard Cecil Cohen: The Press and Foreing Policy.
El componente fundamental para establecer una buena y adecuada comunicación en el ejercicio de la política, debe basarse en establecer una interacción constructiva y positiva, es decir, consiste en tener respeto, lo que implica dimensiones fundamentales para desarrollar y aplicar este respeto. La primera dimensión es el respeto por sí mismo, es decir, tener una adecuada autoestima, sin respeto por uno mismo no existe el núcleo sobre el que se erige la autoestima. La segunda y tercera dimensiones se refieren al respeto al otro y respeto al diferente y a la diversidad, en general, estas dos dimensiones están condicionadas por ser la expresión de la educación y la cultura, dimensiones que interactúan entre sí y condicionan la aceptación y respeto a lo diferente y diverso en un concepto amplio y positivo, sea por edad, raza, ideología, religión, orientación o identidad sexual. La última dimensión es el respeto a la ciudadanía, que comporta el ejercicio real de la responsabilidad personal e institucional.
Existen unos componentes externos, formales y de contenido, para identificar la comunicación. Entre los componentes formales se establecen el tono empleado al establecer la comunicación, utilizar un volumen adecuado y saber usar las inflexiones de voz que acompañen adecuadamente a los contenidos y traducen la relevancia y el respeto en la comunicación. Además de la forma es fundamental el contenido de la comunicación, lo que influye la relevancia del tema, el interés social y el nivel de conocimiento sobre el tema del orador.
De la interacción entre todos estos componentes, tanto formales como de contenido, se establece la forma de expresión hacia el exterior, por una parte, está el relato que hace referencia a una narración simple o trasmitir una crónica de los acontecimientos o la formulación de una reflexión. En segundo lugar, se encuentra el discurso que implica tener principios y razonamiento sobre un pensamiento o una situación.
Si en la comunicación existe una intencionalidad perversa aparece la agresividad en ese proceso. En esa estructura perversa pueden aparecer los rasgos agresivos directos o bien de forma pasivo-agresiva. Con estos tipos de comunicación, el que realiza la conducta agresiva busca seguridad y la obtiene por el daño que origina en el otro, ahí está el núcleo perverso, ya que consigue una cierta “satisfacción” emocional con ese proceso, lo que es observable externamente por la mímica durante el acto agresivo y el tono corporal durante y con posterioridad a la comunicación agresiva. Estas comunicaciones agresivas pueden ser explicables de forma aislada en un momento determinado, pero si es una constante y una forma reiterativa, es un proceso dominado por la rigidez en la comunicación y expresan una gran mediocridad, falta de control de la impulsividad, disregulación emocional y un cierto grado de envidia, tal y como nos lo explicó Melanie Klein.
Es justo referir que hasta el momento actual se ha expuesto solo los componentes racionales de la comunicación, pero aún resta por señalar el componente emocional de la comunicación, un componente que domina el momento en que nos movemos durante los últimos años. Un componente que se explota, de forma inadecuada y solo para atraer hacia determinados extremos que no son muy razonables.
El paradigma que explica la importancia de este componente emocional era la gran mayoría de las intervenciones del “Viejo Profesor”, Enrique Tierno Galván. Usaba un tono profesoral, casi siempre monocorde, emitido desde una imagen de sobriedad y vestido con su terno gris, ese aspecto quedaba neutralizado por dos componentes: era un discurso, no solo un relato, y contenía muchos elementos emocionales. Ejemplo significativo fue el primer mitin unitario de la izquierda, convocado por el PSP, en la Plaza de Vista Alegre en Carabanchel. Cuando correspondió la intervención de Tierno lo inició diciendo “se podría hacer un análisis marxista de la situación actual, pero no es el momento”. Clara intervención emocional de tipo paradójico que tuvo su respuesta inmediata y atronadora del sí de toda la audiencia, a partir de ese momento nadie se movió y hubo un silencio respetuoso, era lo que perseguía el Viejo Profesor. Una segunda situación también está protagonizada por el Prof. Tierno, de forma incomprensible queda excluido del grupo para la elaboración de la Constitución, pero los constituyentes debieron darse cuenta de la metedura de pata que habían cometido y le encargaron la redacción de la introducción a esa constitución que le habían excluido de la co-autoría, acepta elaborar ese encargo y aparece en la Constitución un párrafo de apenas 20 líneas llenas de belleza y de carga de política general y constitucional. Un último ejemplo, también del Profesor Tierno, cuando acepta estar en la Comisión gestora del PSOE cuando Felipe González dimite en el famoso congreso para eliminar el marxismo de la definición del PSOE, parecía que iba a ser la hecatombe, pero surge alguien con prestigio social, intelectual y político que asume la autoridad y continuidad hasta que sea preciso y lo hace habiendo sido defensor de la permanencia del marxismo.
Los componentes de la comunicación emocional consisten en utilizar la metacomunicación y, en ocasiones, usar la paradoja y trasmitirlo con ironía. Estos elementos excluyen la magnificación de los hechos que se comenta y/o critica. La solemnización de lo obvio no es una buena dirección de la comunicación social y política, tampoco la comunicación basada en chascarrillos es adecuada. El chiste fácil anula la importancia de lo que se pretende trasmitir y queda solo ese aspecto de la simplificación graciosilla.
La insulsa gracieta o la simplificación excesiva lleva a contenidos que expresan la mediocridad de la exposición, en este contexto se precisa ser efectista y surgen dos posibilidades: la “fake news”, más o menos creativa y, en segundo lugar, la exposición con componentes de agresividad muy relevante. Ambos factores expresan una perversión de la comunicación política y de la consideración del adversario que se transforma en un claro enemigo a vencer y destruir. Así se pierde el sentido del debate, el contraste de ideas se transforma en un intercambio de insultos y descalificaciones que no aportan nada constructivo a la convivencia social y política.
Sigmund Freud, en su intercambio epistolar con Albert Eistein, señalaba que, si no existe un equilibrio entre los integrantes políticos, entonces las leyes se hacen en base a los dominantes. Si el resultado no es equitativo, se buscará el equilibrio por la fuerza. El equilibrio solo se consigue con el desarrollo cultural de los miembros de la colectividad legisladora y social.
La agresividad no sirve para el fin de equilibrar situaciones u opciones en conflicto, pues los “éxitos” de la victoria no suelen ser duraderos y se desmembran, a medio plazo, por la escasa coherencia entre las partes que solo aceptaban la unidad por la fuerza. La tentativa de sustituir el poderío que desprende el uso de la agresividad y la fuerza por el de las ideas, está condenada, por el momento, al fracaso. El placer de la destrucción, que origina la agresividad, se obtiene porque el ser viviente se alivia con la destrucción de los otros, sobre todo si se les considera como enemigos, por ello todo lo que impulse la evolución cultural obra contra esa agresividad subyacente.
En la comunicación política actual, dominada por la agresividad externa con una gran mediocridad en el contenido, traduce un componente de venganza entendida como el “placer de los dioses” o “el plato que se sirve frío”, peor es lo que traduce el dicho de “ni olvido ni perdón”. En estos términos la venganza expresa una descarga impulsiva y agresiva, descarga que es el inverso de la reflexión y del perdón, considerando al perdón como un hecho de madurez intelectual que implica superación del conflicto existente y no incluye la existencia de un olvido. En otras palabras, el perdón comporta valentía y cierto nivel de madurez.
Mi amigo y colega Jorge Luis Tizón, escribió “Psicopatología del poder. Un ensayo sobre la perversión y la corrupción”. En cuyo texto mantiene la tesis que en la política actual se ha generalizado un tipo de comunicación que posibilita las lecturas psicopatológicas y nos avisa que la libertad corre el riesgo de dejar de representar un placer relacional para convertirse en un nuevo imperativo, recuerda, este autor, que libertad no es lo mismo que liberación, ni que liberalización ni que liberalismo. En este contexto el grupo político utiliza las emociones de la población para conseguir sus objetivos: alcanzar el poder. Esta pretensión hace que se generalice la utilización “perversa” de la terminología psicopatológica o psiquiátrica y se generaliza el uso de frases tipo: “psicosis social”, “psicosis de los mercados”, “perversión de objetivos”, “histeria generalizada”, “locura del sistema”… Son frases de impacto, pero utilizadas fuera de contexto, por lo que su formulación induce al error y al oscurantismo indiscriminado. Perversión mayor consiste intentar poner “etiquetas diagnósticas” al adversario/enemigo político, como “psicópata”, “narcisista” u otras lindezas similares, fuera de la categorización adecuada de estos términos, ya de por sí bastante debatidos a nivel profesional y científico.
Se oculta que la libertad ya no consiste en realizarse mutuamente, solidariamente, sino en triunfar esforzadamente en un escenario aislado, transparente y tenebroso, pero impuesto y autoimpuesto como algo inamovible, como ejemplo baste echar un vistazo a lo que en las elecciones de la Comunidad de Madrid se generalizó como libertad, cuando en realidad era una incitación al consumismo y una oposición a las normas generales.
Estos datos permiten un acercamiento a la situación de la relación política en el momento actual, se estimula los denominados contenidos emocionales que impregnan toda la actividad política, escotomizan y velan, con un diafragma semitransparente y traslúcido, los contenidos reales. Permanece entonces ese tipo de comunicación en lo meramente superficial y aparente, en lo manifiesto y superficial, atrae a la población y la seduce en esa mediocridad, ahí se encuentra el núcleo de la perversión en el amplio sentido mental.
Es momento de desenmascarar que hay políticos que con la ciudadanía buscan desarrollar la seducción al situarse en el lado “contra” lo que sea, entonces se tensa la relación y aparece el insulto con rencor e ira, lo que se traduce en la crispación ambiental creciente y persistente. Propongo a los lectores una ardua labor: descifrar lo expresado en este artículo, será un particular ejercicio tipo sudoku, pero con las personalidades políticas que nos circundan.
Es necesario la participación e implicación real de la ciudadanía en la actividad política, porque como decía Antonio Machado, si no te implicas en la política otros lo harán por ti y, en el peor de los casos, lo harán contra ti.
Queda dicho…
