Cada vez que un partido de extrema derecha obtiene un buen resultado en unas elecciones en Europa se agita el pánico entre partidos e instituciones del orden liberal. Si el sobresalto procede de Alemania, como ha sido el caso, con el triunfo de AfD en las regionales de Sajonia-Anhalt, se genera la tormenta perfecta: se evoca el nacional-socialismo y otras formas de fascismo de los años treinta.

Pero no estamos en los años treinta. Europa es muy distinta y el mundo ha cambiado profunda y radicalmente. Las instituciones liberales son más fuertes ahora que entonces, los aparatos coercitivos de los Estados liberales tienen muy engarzados sus intereses corporativos con la ideología política dominante, las redes de protección social son más sólidas (aunque se hayan visto debilitadas en las últimas décadas precisamente por las recetas liberales) y la población evidencia un ánimo combativo sensiblemente menor, debido a la atracción del consumismo, la alteración de los vínculos de clase y la inversión de valores.

Lo anterior no quiere decir que no exista riesgo para el sistema de derechos y libertades. Pero conviene analizar cuánto peligro radica en el ascenso social y electoral de la ultraderecha y cuánto procede de las políticas reactivas de los partidos del consenso centrista, desde los conservadores a la socialdemocracia. En toda Europa, las élites políticas han empezado a adoptar políticas inicialmente patrocinadas e impulsadas por la ultraderecha en los ámbitos más sensibles del ánimo ciudadano, como la migración, la identidad cultural, el sentimiento nacional y otros.

En Francia, por ejemplo, desde el triunfo de los lepenistas en las elecciones europeas en 2019, el gobierno Macron ha impulsado leyes restrictivas. Una sobre Seguridad pública, que restringe las libertades públicas; otra sobre inmigración, que preveía la desposesión de la nacionalidad francesa a los ciudadanos que estuvieran acusados de delitos contra las fuerzas de orden; y una más, que ponía el foco en las limitaciones del Islam político.

Por lo demás, se exagera la capacidad de las formaciones de ultraderecha nacional para forjar alianzas operativas entre ellas y condicionar el rumbo político de Europa. Precisamente por sus prejuicios nacionalistas, cualquier esfuerzo de carácter transfronterizo genera desconfianza e incluso rechazo en sus filas. Incluso en los asuntos en los que suelen converger, las recetas de unos grupos y otros no son necesariamente. Por ejemplo, en el crucial tema de la inmigración, AfD promete la expulsión de dos millones de ciudadanos alemanes de origen extranjero, mientras Reagrupament National (RN), el partido de Marine Le Pen, plantea el control estricto, no la “remigración”.

Por eso, la ultraderecha ha ido arrastrando una división permanente en el Parlamento Europeo y carece de una voz común en el ámbito social y mediático. Ciertamente, en los últimos años se han hecho esfuerzos de acercamiento y orillado los principales factores de división, pero no los han superado del todo.

DE LA FIESTA A LA FRUSTRACIÓN

En Alemania, el peligro parecía conjurado desde hace medio siglo, cuando las penurias y humillaciones de la posguerra dieron paso a la prosperidad y el orgullo “sano” que se codificó en el “milagro alemán”.

Cuando, en los ochenta, Alemania ya se había convertido en la principal potencia económica europea, se detectaron los primeros síntomas de inquietud, pero sin llegar nunca al nivel de seria preocupación. El marco podía ser la divisa más fuerte de Europa, pero la Bundeswehr seguía siendo un ejército desdentado, la descentralización del poder era la más amplia del continente, las instituciones eran sólidas e independientes del poder político, la población alemana era muy homogénea y la migración muy reducida y funcional para el desarrollo del país.

Todo cambió a comienzos de los noventa, debido a varios factores. El más influyente, sin duda, fue la reunificación del país, tras la caída del régimen comunista en el Este. Los primeros intentos de una aproximación gradual se vieron sobrepasados muy pronto por la euforia de un reencuentro rápido y la ilusión de una transfusión de la prosperidad occidental en el anémico nivel de vida en el Este.

Ya se sabe lo que ocurrió. Cayó el muro represivo, pero se levantó otro de distinta naturaleza: social, psicológico, moral. El Oeste dejó de sentirse como un espejo en el que el Este ansiaba mirarse para convertirse en un dominador que imponía sus normas, controlaba los recursos de los nuevos länders, despreciaba al recién llegado y lo mantenía en un papel secundario en la República Federal.

La fiesta de la reunificación se convirtió en una crisis nacional, que se ha prolongado a lo largo de tres décadas. La brecha económica y social apenas se ha reducido, o incluso, en algunos parámetros, ha aumentado:

  • la población se ha incrementado en un 10% en el Oeste y ha decrecido un 16% en el Este.
  • el PIB por cápita en el Este es 18 puntos más bajo que el Oeste (71,77/100).
  • el sueldo medio de un asalariado en el Oeste es de 4.800 €, mientras en el Este no llega a los 4.000 € (3.973 €).
  • la migración interalemana ha crecido en más de un millón de personas, pero de forma muy desigual: envejece el Este y rejuvenece el Oeste.
  • único indicador positivo para el Este: la fortaleza del sistema de guarderías en las regiones de la exRDA rebaja la brecha económica de género al 5%, frente al 14% en los länder occidentales (Datos del Instituto Alemán de Economía, reproducidos por Der Spiegel).

El mapa de la desigualdad económica y social es muy nítido. El siguiente gráfico, elaborado por el Consejo Alemán de Relaciones Exteriores (DGAP), localiza con claridad las zonas más deprimidas del estado. La mayoría se encuentran en el Este, con solo dos focos en el Oeste (la cuenca del Ruhr y el Sarre), debido a la crisis del sector minero a la desindustrialización metalúrgica, básicamente.

https://www.govdata.de/dl-de/by-2-0

Pese a los esfuerzos políticos por reducir el impacto de esta brecha en el sentir político, la escisión electoral se ha ido agrandando. En un primer momento, una izquierda heredera del viejo partido comunista pero más orientada al socialismo democrático crítico dominó en los Länder del Este. Luego, desde el cambio social, con el incremento de la inmigración y la tensión en los servicios sociales, dejó el camino sembrado a la ultraderecha.

El voto al extremismo derechista no superó el umbral del 5%, sumando todas las formaciones de esa familia política. Tras la crisis migratoria de 2015, AfD se consolidó como hegemónica en la extrema derecha y reunió el 12,64% de los votos en las elecciones federales. Descendió dos puntos y medio en 2021 (10,39%), pero se recuperó con fuerza en 2025 hasta reunir la quinta parte de los votantes (20,8%). En el Este, la progresión ha sido mucho más acusada. El siguiente gráfico recoge la evolución del voto a AfD en las tres últimas elecciones regionales en los cinco Länder orientales.

(El empuje de AfD se reforzará con toda seguridad tras los resultados de las elecciones de este domingo en Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental).

El dominio hegemónico en Sajonia-Anhalt tiene una explicación bastante clara. Se trata del segundo Länder más pobre de la República Federal (solo le va a la zaga Mecklemburgo-Pomerania Occidental), y el que más acusadamente está sufriendo la baja natalidad. Para cubrir la demanda de trabajadores se ha acudido a la inmigración, lo que ha abonado el discurso xenófobo de AfD. Originalmente, este partido fue impulsado por economistas de la parte occidental del país que estaban preocupados por la pérdida de soberanía económica y el reflotamiento de las economías del sur continental. Poco a poco, otros dirigentes más afines a la ultraderecha han terminado por controlar el partido. Europa sigue siendo objeto de las críticas, pero se ha adoptado un perfil más populista para atraerse a las masas descontentas por la crisis del sector exportador debido a la competencia de China, las tensiones en las prestaciones sociales y los relatos manipulados sobre la identidad nacional y cultural.

Dos factores externos socavaron el idílico proyecto de la reunificación: la guerra de los Balcanes y el hundimiento de la Unión Soviética, fenómenos distintos pero interconectados.

Alemania percibió la crisis de los Balcanes como un factor de oportunidad para sentar una influencia sin apenas resistencia práctica en esa amplia región de Europa. Yugoslavia, dominada hasta cierto punto por Serbia, nunca fue del agrado del mundo germánico. Su desaparición forzada tuvo en Berlín un agente muy activo. En Europa, Francia y otras potencias no vieron con buenos ojos este expansionismo discreto de Alemania, pero no pudo evitarlo. A cambio de tener manos libres en la conformación de un nuevo orden socioeconómico en las exrepúblicas yugoslavas, Berlín aceptó sustituir el marco por el euro.

En las dos décadas siguientes, lo que iba a ser un nuevo periodo de prosperidad balcánico bajo control alemán se diluyó en la frustración. En la guerra de Kosovo, de finales de los noventa, Alemania asumió la financiación y el suministro militar de la dudosa milicia separatista (a cuyo liderazgo se juzga ahora en el Tribunal de Crímenes de La Haya). Con el paso del tiempo, los Balcanes se transformaron en una de las principales rutas de la migración procedente de Oriente Medio y Asia Central, tras las revoluciones fallidas de la Primavera Árabe y la guerra de Afganistán. La promesa se convirtió en pesadilla.

Consecuencias aún mayores ha comportado la desaparición de la URSS. Rusia asumió la mayor parte de la herencia soviética. En los años noventa, el destino de la nueva Alemania y la nueva Rusia parecían entrelazados con bastante armonía. Los gobernantes alemanes vieron a la riqueza petrolera y gasística rusa como una alternativa a la dependencia tradicional de Oriente Medio. Las élites políticas y económicas de ambos países compartieron proyecto. El epítome más conocido fue el fichaje del excanciller socialdemócrata Schröder como alto ejecutivo de Gazprom, la empresa estatal rusa de gas. Alemania había cambiado de dependencia energética, no la había eliminado.

Desde finales de la primera década de este siglo, las relaciones bilaterales empezaron a tensarse. Fue precisamente en Múnich, en 2007, durante la tradicional conferencia de Seguridad europea, cuando Vladímir Putin dejó muy claro que Rusia no seguiría siendo el actor secundario en las relaciones con Occidente. El año siguiente se produjo la intervención rusa en la vecina república exsoviética de Georgia, a favor de los separatistas de la región de Osetia del Sur, de población mayoritariamente rusa. En Occidente, se pasó de la cooperación a la contención. Alemania, empero, mantuvo el nivel de intercambios energéticos con Moscú. Hasta que Putin ordenó la toma de Crimea, que Rusia siempre consideró parte del país.

CAMBIO DE ERA

En 2022, la invasión de todo el Este de Ucrania consumó la ruptura entre Alemania y Rusia. El entonces canciller socialdemócrata Olaf Scholz proclamó un “cambio de era” (Zeitenwende) y anunció un programa de inversión y reforzamiento de la capacidad militar de la República Federal y de apoyo al esfuerzo de guerra de Ucrania. Los tabúes que se mantenían desde el final de la Segunda Guerra Mundial empezaron a caer.

Con el gobierno actual del democristiano derechista Friedrich Merz, la política militarista de Berlín se ha acentuado. La sacrosanta política alemana de equilibrio presupuestario y el control de la deuda ya no se aplica al gasto militar. Se ha aprobado un fondo de medio billón de euros para renovar y ampliar las infraestructuras de defensa. La ayuda a Ucrania supera ya con creces los 60 mil millones de dólares. La crisis de la industria exportadora por la competencia china ha disparado la tentación de convertir al sector militar en el nuevo motor de la economía nacional.

En el plano social y económico, el impacto de la gestión de la guerra en Ucrania ha sido tremendo. La economía está estancada. La producción industrial ha descendido casi un 10% desde 2022. El ciclo de la alta dependencia energética tampoco se ha resuelto, simplemente está cambiando de origen: del gas ruso se va a pasar al gas licuado norteamericano.

La inflación y la crisis subsiguiente ha perjudicado sobre todo al Este, de ahí que en los Länder orientales el sentimiento antirruso abonado por los dirigentes occidentales no haya tenido tanto predicamento. No se trata tanto de que hayan reverdecido las conexiones entre los territorios de la extinta exRDA y sus protectores soviéticos/rusos. De hecho, las tensiones entre Moscú y Berlín-Este se mantuvieron incluso durante los años álgidos de la Guerra Fría, por no hablar del divorcio entre Gorbachov y Honecker, en los años de agonía de ambos Estados. No hay nostalgia comunista en la sintonía entre el Kremlin y los líderes de la AfD. Los dos son nacionalistas. No se añora el estatalismo, sino la sensación, verdadera o falsa, de una seguridad material básica.

La insistencia de los medios liberales alemanes y europeos en presentar a la AfD prácticamente como un “caballo de Troya” del Kremlin y una amenaza para el proyecto de la Unión Europea es una exageración, que sirve para eludir las responsabilidades por un proceso de reunificación fallido e injusto. En este empeño han ayudado, sin duda, reflejos de los dirigentes ultranacionalistas que recuerdan al régimen nacionalsocialista. Pero ni estamos en los años treinta, ni la sociedad alemana, incluida la oriental, querría ni remotamente la recreación de un régimen tan perverso.

La clase política alemana debería preguntarse si el muro de fuego (Brandmauer) ha sido la mejor fórmula para alejar a la AfD de la cercanía del poder. Quizás lo mejor para disipar las falsas promesas de las ultraderechas sea testarlas en los gobiernos. Suecia acaba de ofrecer un ilustrativo ejemplo al respecto: el partido ultra Demócratas de Suecia, colaborador externo de la coalición conservadora-liberal, ha retrocedido tres puntos, perdido más de 215.000 votos y tendrá 11 diputados menos en el Riksdag.

Si el avance de AfD continúa, ya no es descartable que la CDU imprima un giro radical en su política de alianzas (otro Zeitenwende, este interno) y se plantee la vía sueca (también ensayada en Finlandia) de cohabitación flexible con los ultranacionalistas. Si la táctica del aislamiento no ha funcionado, quizás haya que probar con la domesticación. Todo, claro, en nombre de la defensa de la democracia alemana.


 “Entre protestation et conquête du pouvoir: l’AfD à l’approche des élections régionales à l’Est”. INSTITUT FRANÇAIS DES RELATIONS INTERNATIONALES, 3 de septiembre. 

 “The AfD crashes the CDU’s party”. TOM NUTALL. THE ECONOMIST, 7 de septiembre

 “The AfD’s victory in Saxony-Anhalt marks a turning point for Germany – but perspective is important”. GRÉGOIRE ROOS. CHATHAM HOUSE, 10 de septiembre.

 “Germany’s ‘Firewall’ Against the Far Right Is Being Tested as Never Before”. JIM TANKERSLEY. THE NEW YORK TIMES, 7 de septiembre. 

 “Germany’s Shattered Consensus”. JUDY DEMPSEY. CARNEGIE EUROPE, 8 de septiembre. 

 “German Democracy, as We Knew It, Is Over”. JOHN KAMPFNER. FOREIGN POLICY, 9 de septiembre. 

 “Europe’s next Hegemon. The perils of German Power”. LIANA FIX. FOREIGN AFFAIRS, 6 de febrero.

“I know why many east Germans vote AfD. And no, it’s not an inherited longing for dictatorship”. CAROLINA WÜRFEL. THE GUARDIAN, 15 de septiembre. 

 “¿Una Alemania lista para la guerra?”. PIERRE RIMBERT. LE MONDE DIPLOMATIQUE, septiembre