La juventud está en el corazón de las protestas en este inicio de lo apunta como un “otoño del descontento” en Europa. Los jóvenes que claman por un derecho efectivo a una vivienda digna en España y los bachilleres franceses que reclaman una enseñanza de calidad que rompa el círculo vicioso de la infrafinanciación y los recortes presupuestarios. En ambos países se vive en pleno clima electoral, inmediato el español, a poco más de medio año el francés.
No se trata de problemas o coyunturas nacionales. En toda Europa se vive una situación crítica, con mayor o menor grado de presión. La ultraderecha acecha y la derecha se aprovecha. Los partidos del consenso centrista tratan de dulcificar las recetas neoliberales que tantas crisis sociales han provocado, pero hay muchas contradicciones acumuladas (1).
FRANCIA: LA IRA DE LAS AULAS
Las movilizaciones juveniles pueden tener incidencia notable en estas dos citas electorales. En Francia, el estallido de las aulas ha cogido por sorpresa a la clase política. No parece de momento claro quién puede sacar más partido de esta última protesta social, que ha obligado al cierre de miles de institutos en todo el país. Más de 5.000 alumnos han sido detenidos, un hecho sin precedentes. El apoyo de algunos sindicatos sacó este martes a casi medio millón de personas a las calles francesas, según los organizadores (la mitad, según la policía).
Los insumisos de izquierda han apoyado vivamente a los estudiantes, pero los actos de violencia podrían ser utilizados contra ellos. La izquierda crítica se ha desmarcado de las actuaciones más radicales, aunque no de forma tan clara como los socialistas y centristas. El primer ministro Lecornu ha dado el tono al rechazar el concepto “violencias policiales”, que ha denominado “accidentes”.
Si los incidentes callejeros se agravan y la derecha manipula con habilidad el miedo al desorden, el giro hacia la ultraderecha se podría consolidar y ampliar. Pero en estas crisis casi siempre salen ganando los conservadores, que se presentan como garantes de estabilidad frente al aventurerismo a izquierda y a derecha. La victimización de la policía, puede beneficiar a los partidos del orden.
En medio de una batalla presupuestaria sin resolver, con la deuda pública por las nubes (119% del PIB), se barajan varias fórmulas para mantener el cordón sanitario que ha dejado al partido de Marine Le Pen fuera del Eliseo y de Matignon. El centro quiere ahora un acuerdo con las familias socialistas, tan divididas como siempre y más desconcertadas que nunca ante el empuje hegemónico de la izquierda crítica polarizada en torno a La Francia Insumisa. Gabriel Attal, delfín desventurado de Macron y efímero jefe de gobierno en las rondas de picadillo del presidente francés, ha propuesto un pacto nacional para evitar que la política más popular del Hexágono se convierta en Presidenta de una República a la que pretende dar la vuelta como a un calcetín.
Pero Attal ni siquiera es el favorito de su espacio político. El que fuera primer jefe de Gobierno de Macron, Edouard Philippe, aparece como el mejor colocado en las encuestas. Pero para disputar el Eliseo con garantías necesita dos logros que no parecen de momento a su alcance: primero, arrebatar al izquierdista populista Jean-Luc Mélenchon el segundo puesto en la primera vuelta; y segundo, concitar el apoyo del centro y la derecha (y quizás el centro-izquierda) para batir a Le Pen en la batalla definitiva (2).
Los socialistas -qué novedad- andan a la greña. El segundo debate televisivo fue lamentable. Los ataques personales, algunos con muy mala intención, dejaron en muy segundo plano las propuestas constructivas. Las aguas bajan muy revueltas en el PSF y afines desde hace mucho tiempo. El mejor colocado para obtener el apoyo de los militantes como candidato ni siquiera pertenece a la disciplina del partido. Se trata de Raphaël Glucksman, líder de la plataforma Place Publique, que acampó en el Parlamento europeo como megáfono de aspiraciones políticas mayores. Este dirigente de lejano origen judío ashkenazi, hijo de André Glucksmann, uno de los “nuevos filósofos” liberales que hicieron era en los ochenta, pone sordina a las críticas del PSF a Israel, acentuadas después de la guerra de Gaza. Pero, sobre todo, abomina de cualquier tipo de entendimiento con Mélenchon.
El Primer Secretario del PSF, Olivier Faure, no es un entusiasta de ese pacto, pero no lo descarta, por si fuera necesario, o más bien imprescindible. El problema es que otros dirigentes del partido, como el jefe de la bancada del puño y la rosa en la Asamblea Nacional, Boris Vallaud está más cerca de Glucksman que de su jefe político. En ese torbellino de puñaladas abiertas y/o esquinadas se ha colado una varias veces exministra y candidata derrotada en 2006, Ségolène Royal, que se ha mostrado más cercana a Faure que a Glucksman, al que ha reprochado pretender vaciar al PSF.
Otro candidato apunta en el horizonte, por si socialistas y afines terminan de despedazarse del todo: el expresidente François Hollande. Pese al desprestigio que lo ha condenado al ostracismo, conserva cierta capacidad de maniobra en su partido, como representante de su ala más derechista. Podría muñir un acuerdo con liberales y centristas macronistas para forzar un duelo final contra Le Pen. Pero esa fórmula no atraería votos de la izquierda. Por el contrario, la reedición del Nuevo Frente Popular ha quedado enterrada. Sólo la posibilidad de un acuerdo in extremis con LFI pondría al PSF al borde de la implosión.
LA ULTRADERECHA, A LA CONQUISTA DEL VOTO JOVEN
El descontento juvenil no encuentra fórmulas electorales indiscutibles, aunque la izquierda crítica sigue siendo su opción preferida. La ultraderecha ha percibido un campo de oportunidad y parece dispuesta a explotarlo, sobre todo en la población masculina. También en esto hay una brecha de género.
En Alemania, el SPD parece atrapado en una gross-koalition que le condena a la militarización de la economía por la obsesión rusa y le desangra a favor de la ultraderecha en los territorios del Este. La destrucción de la izquierda en Italia no ha tocado fondo. El espectro político se ensancha por la ultraderecha, aunque parecía imposible hace apenas un año. A Meloni no le amenazan sus socios derechistas de coalición, bastante afines, por otro lado, sino por el exgeneral Vannacci, al frente de Futuro Nazionale, una fuerza anti musulmana e identitaria aún más radical que los Fratelli (3).
En los cinco estados más importantes de Europa, por territorio y población, los sondeos predicen un incremento notable de la ultraderecha, como se refleja en el siguiente gráfico:
El incremento en las expectativas de voto es contundente en todos los casos: más de seis puntos en Alemania (AfD), animado por los recientes éxitos en los länder orientales; cuatro puntos en Francia (Reagrupamiento Nacional + Reconquête); tres puntos y medio en Italia (debido a la irrupción de Futuro Nazionale, con casi 9 puntos en los sondeos); y los 5,5 puntos de crecimiento que la mayoría de las encuestas conceden a VOX en España.
Que los bachilleres franceses y los jóvenes movilizados por el derecho a hogar en España no apoyen a la ultraderecha, no quiere decir que los extremistas estén privados del voto juvenil: lo tienen, por despecho o por desconcierto.
Cada día son más los jóvenes que huyen del consenso centrista, abocado al voto de la cúspide de las pirámides de edad. En Francia, los ciudadanos menores de 25 años apoyan mayoritariamente (40%) a los insumisos de izquierda (LFI) y los siguientes en la escala, hasta los 35, se reparte entre este partido y el de Le Pen (4).
Estos datos parecen confirmar la progresión del voto joven a la extrema derecha, ya que en 2024, un tercio de los ciudadanos de entre 18 y 35 años depositó su confianza en el RN.
En Alemania, resulta significativo el apoyo por debajo de los varones por debajo 25 años a la AfD, no así las mujeres, lo que redujo la media del voto al 19% en 2024. En el tramo siguiente (de 25 a 34 años), el partido cosechó el mismo resultado que el nacional general (20,8%). Todo indica que el voto joven contribuye de forma muy decisiva a incrementar las expectativas de voto general por encima del 27%, hasta convertirse en la principal formación alemana. Aún así, conviene recordar que la mayoría de los más jóvenes prefieren votar a la izquierda radical que a la extrema derecha. Eso explica el triunfo de Die Linke en Berlín hace sólo unas semanas.
En Italia, los Fratelli de Meloni ganan en las dos horquillas de edad, lo que supone un cambio de tendencia, ya que en las elecciones de 2022, el partido neofascista sólo obtuvo el 10,6% de los votos entre electorado menor de 25 años y un 16,4% entre los 25 y los 34 años, ambos guarismos muy debajo del total general (26,1%). Y en España, los más jóvenes se reparten entre PSOE (más mujeres) y VOX (más hombres), pero los ultras superan a los socialistas en el tramo siguiente (5).
La batalla por el voto joven puede ser el gran reto de las formaciones políticas europeas de los próximos años. La izquierda debería pelear por un espacio que le ha pertenecido durante décadas y que, como le ha ocurrido con tantas otras cosas, ha malgastado. Al cabo, ha dicho el alcalde de Nueva York, “si la democracia no resuelve las necesidades básicas de la gente, no sirve para nada”.
(1) “In both France and Spain, ruling parties must prove they can give young protesters hope”. JOHN HENLEY. THE GUARDIAN, 5 de octubre.
(2) “RN et LFI restent très fragiles, car ils sont confrontés à des contradictions difficilement surmontables”. FRANÇOISE FRESSOZ. LE MONDE, 6 de octubre.
(3) “En Italie, Giorgia Meloni, concurrencée sur sa droite, durcit le ton contre l’islam”. ALLAN KAVAL. LE MONDE, 22 de septiembre
(5) https://www.europeandatajournalism.eu/cp_data_news/are-young-voters-turning-right/

