La reacción ha sido violenta y el precio ya pagado –y seguramente por pagar todavía– no ha cogido a nadie desprevenido: dos muertos, al menos media docena de heridos, deterioro aún más pronunciado de la seguridad de los efectivos ISAF y un desprestigio creciente de las tropas norteamericanas (y occidentales, en general).

La respuesta del Gobierno de Estados Unidos ha sido equilibrada y adecuada. Aparte de poner en marcha el mecanismo de investigación, sanción y reparación moral y política, se ha redoblado la intención de prevenir nuevas insensateces de este calibre.

A los talibanes, pero también a amplios sectores conservadores afganos (y no sólo necesariamente fanatizados), las excusas y protestas de castigo les ha sabido a poco. Al propio Gobierno afgano, siempre tan escurridizo en estas lides, la incomodidad se sobrepone a la responsabilidad de no atizar más el fuego, hasta el punto de suspender visitas de altos cargos a Washington y dejarse seducir por el tono victimista de las protestas.

EL NEOFUNDAMENTALISMO REPUBLICANO

Pero lo más lamentable ha sido la reacción de algunos de los candidatos republicanos, en especial del desprestigiado Gingrich, que censuró a Obama la oferta de disculpas y le instó a exigir él mismo disculpas del Gobierno afgano por no haber colaborado en la prevención de los actos de represalia.

En el fondo de la actitud del descarriado aspirante late no sólo el oportunismo, sino otra suerte de fanatismo (también religioso, aunque fundamentalmente moral y político) basado en la aplicabilidad selectiva de la ley de talión.

La religión se ha convertido en un arma irracional y confusa de la campaña electoral en Estados Unidos. Más allá del manido y tramposo debate sobre los “values” (o valores, tanto en el sentido ético como el religioso o basado en creencias sobrenaturales), los republicanos parecen empeñados en que estos asuntos relacionados con la fe impregnen toda la propuesta de oposición a la continuidad de Obama.

Es lo que ha impulsado otro candidato, el ultraconservador Rick Santorum, lanzado a tumba abierta en la revisión de medio siglo de costosos avances laicos en el país más poderoso de la tierra (y más religioso, aunque a algunos le cueste aceptar esta afirmación).

El candidato preferido de los ultras criticó hace poco en una entrevista por televisión el famoso discurso de Kennedy en 1960 sobre libertad religiosa y estricta separación de la Iglesia y el Estado. Santorum no reparó en exageraciones y sonoras manifestaciones para expresar su rechazo («me produce vómito recordarlo», dijo).

En un oportuno comentario para SLATE, David Greenberg desmenuza el sentido de la propuesta “kennediana”. Un presidente debe ser responsable ante todos los grupos pero no estar obligado por ninguno, y sus decisiones políticas, incluso si están basadas en valores de inspiración religiosa, tienen que resultar potencialmente aceptables por cualquiera, con independencia de sus creencias doctrinales. Este tipo de supuestos son los que revuelven las tripas de Santorum y ameritan el temor a la amenaza de un ‘neofundamentalismo’ en el horizonte de la vida política de EEUU.

Lo peor del asunto es que el candidato radical conservador no se distinguió mucho del dubitativo y moderado, Mitt Romney. El ‘front runner’ ya se había distanciado años antes, en una campaña anterior, de aquella ‘doctrina Kennedy’, aunque a medias, como viene haciendo con cualquier planteamiento que pueda ocasionarle problemas con los conservadores. Romney puso en su día ‘una vela a Dios y otro al diablo’, por así decirlo: es decir, una a la religión y otra a la libertad de elección y a la neutralidad religiosa del cargo público. Ahora, ha evitado cuidadosamente pronunciarse, para no desacreditar su perfil moderado y preservar sus opciones de competir con Obama por el electorado más neutro. Su triunfo en Michigan y Arizona refuerza su candidatura, pero persisten demasiadas dudas sobre su triunfo final.

EL MIEDO AL BAÑO DE SANGRE EN SIRIA

En el otro frente donde el arma religiosa está adquiriendo importancia inquietante es Siria. Vaya por delante que la represión del régimen de Assad no puede ser justificada en modo alguno. Pero conviene no olvidar que la violencia empleada por los distintos agentes de la ‘camarilla’ en el poder (militares, policiales y paramilitares) responde también al apoyo que implícita o explícitamente le están brindando las minorías cuya representación se arroga el clan gobernante.

En un estupendo artículo de Tim Arango, corresponsal del NYT en Irak, se narra con cruda agudeza el miedo de los chiíes al triunfo de la rebelión, que ellos ven como una conjura de los sunníes sirios, con el respaldo de los wahabíes saudíes y otros rigoristas. El escenario de otro Irak, corroído por la violencia sectaria, provoca escalofríos entre los chiíes de Homs, la ciudad más atormentada de la revuelta. Muchos han huido con el convencimiento de que la probable caída del lugar en manos rebeldes desatará una matanza.

La dimensión religiosa del conflicto en Siria ocupa menos espacio del conveniente en los análisis occidentales. Por supuesto que a Washington y al resto de capitales occidentales les preocupa este asunto, y resulta clave en la resistencia a aventurarse en una operación militar según el modelo libio. Pero a los aliados árabes de Occidente, en su mayoría dominados por el sunnismo, esta consideración tiene el fundamento contrario. Durante demasiado tiempo se ha ‘soportado’ el control de la minoría alauí (una secta cercana al chiísmo, aunque diferente).

Esta situación altera ciertas percepciones clásicas en la región. Que los ayatollahs (chiíes) de Irak temen la caída del régimen baasista de Damasco es una paradoja, a la luz de la historia. Pero esta inversión de lealtades y percepciones de protección se ha alterado con las revueltas árabes. Las rivalidades religiosas se superponen sobre los intereses estratégicos de las potencias occidentales y las cuentas pendientes de los distintos Estados de la región. Aunque no resulte el factor clave para determinar el resultado final, los conflictos religiosos y las manipulaciones de que son objeto representan el elemento más emocional, entre otras cosas por ser potencialmente el más sangriento y, en cierto modo, el más desestabilizador.