Esta película, basada en la novela homónima de la escritora Kaui Hart Hemmings, publicada en 2007, es el resultado del correcto, pero nada excepcional, trabajo de Alexander Payne que tras haberla leído y sentirse fascinado por los contrastes que ofrecía el libro, ambientado en el exuberante paisaje hawáiano, y protagonizado por un hombre al que se le amontonan los problemas personales y profesionales, afrontó el reto de llevarla al cine. En esta ocasión, quien fue el director de » Entre copas» (2004), probablemente, una de las películas más frescas en la última década del cine norteamericano, no satisface las expectativas de los que con esa referencia nos hemos acercado a ella. Sin duda, los alicientes de esta cinta, son la incuestionable calidad de los paisajes y el excelente trabajo de sus actores, que sin minusvalorar el buen trabajo de Clooney, destaca sobre todos el de la joven Shailene Woodley en su papel de hija mayor y contestataria del sufrido protagonista.

En “Los descendientes”, Matt King (George Clooney), casado y padre de dos niñas, se ve obligado a reconsiderar su pasado y a encauzar su futuro cuando su mujer sufre un terrible accidente de barco en Waikiki. Matt intenta torpemente recomponer la relación con sus hijas —la precoz Scottie, de 10 años, y la rebelde Alexandra, de 17—, al mismo tiempo que se enfrenta a la difícil decisión de vender las tierras de la familia. Y por si fuera poca la tensión, Alexandra suelta la bomba de que su madre tenía una aventura amorosa en el momento del accidente, Matt tiene que empezar a mirar con ojos nuevos toda su vida, por no hablar de su herencia, durante una semana plena de cruciales decisiones. Con sus hijas a cuestas, Matt se embarca en la azarosa búsqueda del amante de su mujer. A lo largo del camino, donde se van alternando encuentros divertidos, conflictivos y trascendentales, Matt comprende que por fin se halla en la buena dirección para reconstruir su vida y su familia.

Alexander Payne propone un viaje emocional con una estructura sencilla, en algunos momentos convencional y excesivamente lineal en lo narrativo. Sin sorpresas, ni giros inesperados, es decir, absolutamente previsible, salvo en el vocabulario que emplean algunos de sus protagonistas en ocasiones rayando en lo vulgar. Pero, no por ello, deja de ser interesante esta incursión en los sentimientos encontrados, en las idas y venidas entre lo deseado y la más cruda realidad, entre los vaivenes de la ira, el perdón y el arrepentimiento. Todo ello, desde el optimismo esperanzado con que Payne construye todas sus películas.

“Los descendientes” es una cinta cuidada, con momentos brillantes. Pertenece a ese cine de personajes en los que la interpretación de sus protagonistas la consagra o la destruye. Y en esta ocasión, simplemente, la salva.