Sigo sumida en una irrealidad. Incapaz aún de ser completamente consciente de lo que nos está pasando. Hace tres semanas vivíamos en completa normalidad haciendo nuestros planes; y hoy, seguimos confinados con la esperanza de ver la salida del túnel.

La semana pasada escribí sobre cinco reflexiones: la respiración del Planeta por el descenso de la contaminación ante nuestra falta de actividad; la importancia de Internet y las redes de comunicación en la creación de un espacio público; la revalorización de los derechos sociales; la solidaridad individual desde el confinamiento; y el cambio de nuestras prioridades así como la valoración social de profesiones y personas que resultan anónimas en días “normales”.

Hoy quiero reflexionar sobre los riesgos que tiene esta Segunda Etapa: la segunda quincena de confinamiento.

La primera quincena, por novedosa, sorprendente, preocupante, angustiosa e irreal, nos procuró una cohesión ante la amenaza “invisible”. Pero, cuando el periodo se alarga, empieza a resquebrajarse la espera, surgen los recelos y las dudas, nos habituamos a un estado de excepción, buscamos responsables, nos enfadamos y, de alguna manera, nos “adaptamos” a la nueva situación.

Esta Segunda Etapa provoca, entre otras, estas cinco reflexiones:

  • Adaptarnos a la excepción”: Nos vamos acostumbrando a los días largos, pacientes, ingeniosos o aburridos, según los momentos. Empieza a adquirirse un cierto tinte de “normalidad” dentro de la situación de excepción. Un día tras otro, un día tras otro. La cotidianidad puede hacernos que bajemos la guardia, y que dejemos a un lado los comportamientos solidarios o el respeto social, que nuestros nervios nos delaten, o que sencillamente no seamos capaces de abstraernos del escenario dramático y nos habituemos a convivir así. Y, como somos adaptativos, también surge de inmediato la “picaresca y el aprovechamiento”, aquellos que sacan tajada de la angustia, quienes fomentan el mercado negro de los materiales sanitarios imprescindibles, o quienes procurarán aprovecharse de las ayudas sin necesitarlas.
  • El enemigo invisible”: Ha cambiado nuestro paisaje social de una forma dantesca: calles vacías, niños que no juegan en los parques, se compra de forma individual, nos separamos en las filas del supermercado, nos invade la angustia personal, salimos con guantes y mascarillas. Ya no hay más noticias en los informativos que el coronavirus y su implantación global. Ningún otro problema resulta significativo frente a la pandemia.

De todo ello, lo peor es que el enemigo es invisible. No estamos frente a una guerra, ni frente a “otros” que vienen de fuera, no hay nadie a quien culpar o contra quien protegerse. La amenaza es invisible. Y eso nos hace más vulnerables todavía. Así lo señalaba con acierto Emilio Lledó: “¿qué es esto, dónde está aquí la violencia, qué es esta tranquilidad silenciosa que nos amenaza, ese peligro que no se oye, dónde está ese virus inodoro, incoloro e insípido?

  • ¿Llegará a tiempo la ciencia?”: El siglo XXI se inició con un despegue científico sin precedentes. Nos creíamos invencibles, semidioses, cuando hablábamos de cómo regenerar las células que envejecen, “morir joven a los 140 años” es el título provocador del libro de María Blasco. De forma imparable, la ciencia y la tecnología han transformado nuestras vidas. Realidades virtuales, conocimiento del cerebro, o exploración en el universo. Sin embargo, un virus es capaz de poner en jaque toda la comunidad científica. Y el virus parece haber venido para quedarse, ¿qué sucederá cuando se levante el confinamiento? ¿podremos salir como antes o habrá que hacerlo con restricciones y medidas de control? Y, hasta que llegue la vacuna, ¿estamos expuestos a un eterno contagio?
  • Economía versus salud”. Lo que hace quince días estaba tan claro respecto a la salud, hoy ya no lo parece tanto. No es un debate sobre salud contra economía, ni siquiera cuánto vamos a perder en un mercado global, porque no habrá economía si no salimos de esta, y porque todo el mundo está igual. Ningún país, ahora mismo, está en condiciones de sacar ventaja de esta situación. Claro que será difícil luego, pero ahora es imposible. Lo que está en entredicho también es la responsabilidad ética de las empresas y personas que sí pueden hacer frente a esta situación.

No podemos olvidar que el siglo XXI es el siglo de las desigualdades, donde la concentración de la riqueza se ha producido en corporaciones y milmillonarios. Hoy es cuando necesitamos que la solidaridad sea también ejercida desde quienes han sido los privilegiados de la sociedad.

Porque la solidaridad que hará falta en las etapas sucesivas es, en primer lugar, la del Estado (que ya está propiciando ayudas, pero que verá gravemente mermados sus recursos); en segundo lugar,  los que tienen muchísimo (incontable), que han sido los ganadores del capitalismo globalizado y financiero; y, en tercer lugar, no olvidemos que los Estados occidentales (o sea nosotros) tendremos que mirar hacia otros países como el continente africano (que esperemos no sea el olvidado una vez más).

  • POLÍTICA en mayúscula”. Esta segunda etapa no es decisiva, pero sí va asentando pasos sobre lo que podrá hacerse luego. La crisis económica que venga podrá ser una oportunidad para replantearse algunos temas. Por ejemplo, una renta vital (como ya se está proponiendo), la reestructuración de la seguridad social que no esté vinculada exclusivamente al trabajo, mayor flexibilidad de creación de autónomos, trabajo mejor repartido y con capacidad de conciliación, las prioridades inversoras en sanidad-educación-ciencia (recortadas y maltratadas en años anteriores), … Pero la política no solo la tendrá que desarrollar el gobierno; la oposición tendrá que ver cuál es su nivel y capacidad de realizar pactos de Estado; y las grandes empresas tendrán que decidir si su modelo productivo sigue la espiral desbocada o son capaces de “racionalizar” y encontrar un modelo de empresa con responsabilidad social.

Psicológica y socialmente, esta segunda etapa será diferente a los quince días anteriores. Cuanto todo pase, habrá que analizar la resistencia tanto de los microcomportamientos como las macroinstituciones. Tendremos que analizar cuál ha sido nuestra resiliencia y cuál nuestra resistencia. También habrá que analizar la fortaleza de las instituciones políticas y económicas, su papel frente a la crisis, lo que queda en pie, y cómo se reconstruye.

De momento, hay algunos elementos que parecen haberse roto ya en este estropicio de crisis social. El primero y fundamental para nosotros es la Unión Europea. En el siglo XXI, se ha enfrentado a tres crisis, saliendo cada vez más debilitada y desunida: la crisis del 2008, la crisis Siria, y ahora el coronavirus. La debilidad de la Unión Europea se hace cada vez más patente, así como la falta de liderazgo para reestructurar un proyecto común. Paradójicamente, esta crisis sanitaria nos devolverá hacia dentro de nuestras fronteras (para lo bueno y para lo malo).

La despedida de este artículo es para los que ya no están, para los que no estarán. Seguramente no sabremos la cifra definitiva de víctimas. En España sí disponemos de información. Pero no sé si en EEUU, con su débil sanidad pública, podrán conocer al detalle a quiénes van perdiendo. Ni tampoco en otros países como India o el continente africano.

La frase esperanzadora es “cuando todo pase”, pero muchos ya no estarán.