Uno de los mayores empeños que ha puesto en práctica el neoliberalismo en su intento de dominio ideológico de la sociedad ha sido conseguir de esta su desmovilización política. En primer lugar, haciendo creer que los problemas solo tienen una solución posible e irremediable; a continuación intentando debilitar el modelo alternativo de sociedad representado por la socialdemocracia avivando las contradicciones que esta ha sufrido por la globalización; y tres, propiciando, por activa y por pasiva, el surgimiento de movimientos alternativos, en la creencia de que un electorado templado y desactivado tendría su mejor opción en las formaciones neoliberales que en las posiciones extremas.

La crisis económica por un lado ha profundizado el modelo neoliberal de un Estado débil y un mercado absolutamente libre, basado en individuos que cifran su bienestar en sus posibilidades de consumo incontenido y construyendo una mayoría que, poco a poco, se va empobreciendo y que no ve que en la política pueda estar la solución a sus problemas.

La pregunta es qué hacer y cómo para revitalizar la democracia y ponerla nuevamente al servicio de los ciudadanos, y que esto lo hagan aquellos a quienes se les ha hecho ver como parte del problema, recobren su credibilidad y se conviertan en solución.

La respuesta está en recuperar la participación política como fórmula esencial para salir de la cueva afrontando los retos del nuevo tiempo con nuevas formas de hacer la política. No podemos seguir concibiendo la política con un modelo concebido para finales del XIX y principios del XX cuando estamos agotando la segunda década del XXI.

El deseo de participar en política en este momento tiene un caldo de cultivo sólido, bien por el interés de construir un modelo de sociedad política para un nuevo tiempo y más vinculado al “ser del individuo” que al “tener”, o bien en la acumulación de un descontento, por la realidad existente, y reaccionar ante la necesidad de cambiar las cosas, todo mejor que “pasar” y dejar que el río discurra desbordado.

Las redes sociales, en su versión mala utilización, son sin duda perniciosas, pero también tienen la facultad en este momento de facilitar la participación política de una forma mucho más propositiva que otras formas de participación, como pueden ser manifestarse o llevar camisetas reivindicativas, sin con ello despreciar esta participación igualmente necesaria.

En todo caso, no es mi pretensión en este momento teorizar sobre la participación política, ya habrá momento, sino ir a algo más práctico. En apenas un año vamos a tener en buena parte de España tres elecciones esenciales para el futuro de nuestro país (europeas, autonómicas y locales) y cuatro en el caso de las islas. A ellas, tal y como va la cosa, no es extraño que se sume unas elecciones generales. Estos cercanos procesos electorales son una oportunidad de volver a buscar un reencuentro con la política, una recuperación del compromiso activo con los asuntos públicos y colectivos que nos afectan.

El contexto político e institucional que tenemos en España es el más adecuado para pretender hacer un ejercicio de profundización democrática, poniendo en marcha un proceso de participación política propositiva (PPP) en la cual los ciudadanos puedan, no solo escuchar los que las fuerzas políticas les proponen, sino ser ellos mismos parte activa en el proceso de análisis de los problemas y ser igualmente activos en el ofrecimiento de posibles soluciones ante un realidad que es cada vez más compleja y con multitud de prismas.

No hay duda en que para abrir un proceso de esta naturaleza se requiere, aparte de disponer de una amplia cultura participativa, una gran valentía política, mucho rigor y transparencia en el camino a recorrer y asumir los riesgos que conlleva, aunque también es una muestra inequívoca de ambición de cambio en la política.

Los beneficios son evidentes: mejora en la conciencia cívica; en el valor de las decisiones políticas al tener la posibilidad de influir en las mismas por los ciudadanos y por ende en una notable mejora en la calidad de la democracia. No me refiero en la apertura de procesos asamblearios que terminan por ser confusos, contradictorios e incoherentes, ni en galimatías de utilización de las redes sociales con sistemas del “líder no tiene quien le escriba”, que diría Gabo. Es enriquecer la democracia representativa a través del debate público donde ciudadanos con adscripción política y sin ella, junto a especialistas solventes que den rigor técnico a las propuestas.

Hay caminos posibles para dotar a la política de mayor apertura, dinamismo y calidad y ello siempre será bueno para la democracia y que no necesariamente pasa por la democracia asamblearia. Además de ello frente a una forma de entender la política en torno a liderazgos personalistas a la que los medios de comunicación y entornos económicos nos pretenden conducir es optar por liderazgos personales y colectivos basados en el compromiso de un proyecto político que emana de una sociedad que está más informada y preparada para poder influir en las cosas de todos que tiene su camino de ida y vuelta: participo en lo que se va elegir y lo que se elige va a repercutir en mi vida.

La democracia tiene que ser ya más que elegir “a los que me representan”, sino que además van a representar lo que yo he elegido pues he participado en su elaboración. Este plus no es una utopía es tan posible como urgente y necesario de forma inmediata.