El día 11, del mes 11, a las 11:00 horas de este año, se va a cumplir un siglo del final de la Gran Guerra. En los cinco tratados que formalizaron ese armisticio se redefinió el mapa de Europa con la desaparición de los antiguos imperios, el Alemán, el Ruso, el Austro Húngaro y el Otomano, con el deterioro del Británico y el nacimiento, o la consolidación, de un número importante de nuevos países que, como procedentes de un Big Bang geopolítico, cambiaron nuestro continente.

Eran los tiempos del wilsoniano «derecho a decidir» y la Gran Guerra y la subsiguiente Revolución Rusa se llevaron por delante esas asociaciones políticas nacidas del Congreso de Viena, dando nacimiento a nuevas entidades nacionales.

El Imperio Ruso se reconvirtió, en poco tiempo, en la URSS, lo que reagrupó a la mayor parte de los antiguos territorios del Imperio. Sin embargo, la desaparición del Imperio Austro Húngaro y, especialmente, la atomización del Imperio Otomano, consolidando los Estados del territorio europeo y creando nuevos países en Oriente Medio, llevó a la inestabilidad perpetua en ambas zonas, especialmente desde que las «primaveras» democráticas sucedieron a los inviernos dictatoriales.

Pero pronto se demostró que ese nuevo mapa era inestable y, entre que los grandes perdedores, Alemania, no habían perdido del todo y que, además, y sobre todo, no estaban conformes con el mapa, la Segunda Guerra tardó en empezar lo que duró el rearme alemán. Fue el final de esa Segunda Guerra lo que propició una nueva, y más estable, agrupación de países en dos bloques que sustituyeron a las antiguas Entente y Triple Alianza anteriores a 1914. No evitaron las tensiones en sus bordes, como no las habían evitado sus bloques precedentes, pero al menos estabilizaron el mapa durante varias décadas. Hasta que cayó uno de los bloques en 1989.

En ese momento, otro grupo de naciones pidió su entrada en la ONU. La verdad es que la ventanilla de admisión de nuevos países en las oficinas de Naciones Unidas siempre está abierta pero hay momentos en que aumenta la demanda de admisiones. Y, ahora, parece que hay, en varios países de Europa, gente dispuesta a que aumente esa demanda.

Cataluña es la última candidata a unirse a Escocia en la cola de esa ventanilla en la que, periódicamente, amenazan con apuntarse regiones de casi todos los países europeos que invocan el derecho a decidir en comunidades distintas de las que ya se aplica. Y eso que los estándares democráticos son muy superiores a los que existían hace un siglo.

Otra característica de ese periodo que se inició en 1918 fue la aparición de proyectos políticos que, digámoslo suavemente, pretendían superar la democracia mediante la aplicación de verdades incontestables. También la Segunda Guerra Mundial quebró el desarrollo de una parte de esos proyectos y el simple paso del tiempo, el del otro.

Hoy, cien años después, asistimos también al desarrollo de proyectos políticos de ese tipo en varios de los principales países europeos y, como entonces, algunos de ellos se presentan como alternativas de gobierno. Con la ventaja, para los nuevos emprendedores, de que habrán aprendido algo de sus fracasos anteriores.

Y, si nos encontráramos en una situación parecida de tensiones prenatales de nuevos países y de partes importantes de población que recelan de los partidos tradicionales ¿No estaríamos reproduciendo el momento político de 1918?, ¿No habremos retrocedido cien años en el calendario?

Claro que puede resultar exagerado el paralelismo. En Europa, ni hay riesgo de guerra, ni se le espera. Al fin y al cabo, ahora no se asesinan herederos imperiales, como entonces, y solo hay quien se limita a quemar retratos de monarcas que no quieren y, además lo hacen en el ejercicio, oficialmente reconocido, de sus derechos de opinión, expresión y manifestación. Pero no crean que en Berlín, Moscú, Viena o Estambul pensaban en 1914 lo que iba a pasar años después. Sus pensamientos iban desde que librarían «la guerra que acabaría con todas las guerras» hasta el «por Navidad todos de vuelta a casa», pasando, naturalmente, por la seguridad de que iban, todos, a consolidar sus Estados y a mantener, si no aumentar, sus territorios.

Estas cosas se sabe cómo empiezan, pero es difícil predecir como acaban. Ni siquiera con la ayuda de los libros de historia, que nos recuerdan que las varias guerras balcánicas (las dos que recibieron ese nombre y las demás) se produjeron entre nuevos países no conformes con su primera definición. O que, también es bueno recordarlo, la democracia es el peor sistema político conocido, si se exceptúan todos los demás.

 

Y, para colmo de males, quizás no disponemos de los suficientes big data de 1918 para hacer ahora un pronóstico fiable. ¿O sí?