Los universos paralelos, o las realidades paralelas, no son solo ficción, existen. Todos tenemos conciencia de que nuestra vida cotidiana discurre por realidades paralelas. Lo que vemos en la televisión, oímos en la radio o leemos en la prensa, a veces nos parece que poco tiene que ver con nuestra vida real, la que se compone de las actividades básicas, laborales, familiares y sociales. Aunque sea motivo de nuestra atención y comentario, lo «vivimos» como un argumento de cualquier obra de ficción con la que nos solacemos.

Como también parecen realidades paralelas los ámbitos de la atención telefónica u on-line a las que tenemos que acudir indefectiblemente cuando se produce alguna variación en nuestra vida, la real, bien porque se nos haya estropeado algo o bien porque queramos adquirir algún bien o servicio. Vivimos entonces esa sensación de que, como líneas paralelas que nunca llegan a encontrarse, esos caminos no convergen muchas veces con lo que pretendemos, por lo que es fácil tener la sensación de que estamos, en esas ocasiones, inmersos en realidades paralelas.

Y qué decir de la que vivimos en nuestros smartphones comunicándonos con otros congéneres a través de eso llamado «las redes sociales». Para algunos es tan importante esta realidad, que parecen estar dispuestos a renunciar a cualquier otra.

Los catalanes están montando otra realidad paralela Y no me refiero a Tabarnia que, de momento está en el terreno de la broma. Me refiero a ese estado virtual que, con capital en Waterloo y presidido por Puigdemont, están creando en el imaginario popular. En sentido contrario al camino tradicional, que va desde el concepto pueblo al de estado pasando por el de nación, aquí han empezado por el final.

Pretendiendo tener un estado virtual, ahora necesitan una nación y un pueblo también virtuales. Y, con ello, toda clase de cosas virtuales que definen un colectivo virtual, incluidas relaciones de todo tipo, moneda para facilitar las transacciones, tribunal de justicia o votaciones on-line, por ejemplo, todo ello virtual. Estado del bienestar no necesitan porque, con un smartphone en la mano, cualquiera puede participar del hecho virtual y, en caso de que se quede sin batería, puede acudir a un amigo o a un pc café.

Y que nadie dude de que todo eso es posible. Si hay millones de personas en el mundo dedicándose a juegos on-line, ¿por qué no va a ser posible la República Virtual de Cataluña? Si hay jugadores ¡profesionales! de minecraf, por ejemplo, ¿Por qué no va a vivir de esto Puigdemont? No creo que el tema dé para una nueva religión, pero si para un modo de vida de unos cuantos y para mantener la ilusión de muchos cientos de miles de catalanes, a lo mejor cerca de dos millones, que sueñan con una Cataluña independiente de España.

Esto último puede justificar también el invento. Así como hay simuladores de vuelo que sirven para evitar que los futuros pilotos estrellen aviones durante su aprendizaje, la República Virtual de Cataluña puede evitar que se estrelle el país catalán.

Porque, mientras una parte de la población catalana puede estar jugando con ese simulador político, el país sigue funcionando, ya que la realidad «real» no se ha detenido y la gente sigue levantándose cada mañana para ir a sus botigues, a sus oficines o a sus fábriques. Sigue consumiendo, eso sí, con la racionalidad que siempre les ha caracterizado, y sigue confiando en que el Estado Español, a través de sus instituciones entre las que está la Generalitat, le proporcione los distintos servicios que presta.

Al fin y al cabo, hasta ahora esa doble realidad paralela no ha causado la decadencia económica anunciada y la herida social se terminará cronificando porque a todo se acostumbra uno.

Sin embargo, de vez en cuando, alguno de los que pasan mucha parte de sus vidas en esa otra realidad paralela, se encuentra con una citación judicial y vuelve a la realidad terrestre, ese mundo en el que existen leyes aprobadas democráticamente y jueces de carrera que las aplican. Entonces, cuando despiertan del sueño y se encuentran en situación de haber incumplido esas leyes, tienen que elegir entre someterse a las mismas o huir al encuentro de la realidad virtual en la que vivían. Pero, por si acaso, se van de España.