En los debates suscitados en torno a las encuestas del CIS y sus resultados, uno de los comentaristas habituales en la crĂtica al CIS, que por cierto ni es periodista ni es sociĂłlogo, acusaba al CIS de haberse apartado del consenso existente en torno a los datos sobre intenciĂłn de voto. La acusaciĂłn, amĂ©n de carente de cualquier sustancia analĂtica seria, no deja de resultar insĂłlita si la analizamos con detalle. Es decir, este comentarista parecĂa entender que los pronĂłsticos sobre tendencias electorales eran –y debĂan ser– fruto de un consenso. Consenso surgido de los directivos de ciertas empresas demoscĂłpicas. Aunque en realidad no se trata de un consenso, sino de una concertaciĂłn a la que se llega por vĂas similares a las de aquellos que maquinan para alterar el precio de las cosas.
Aunque en este caso al comentarista le traicionĂł el subconsciente, lo cierto es que con esta argumentaciĂłn desvelaba una situaciĂłn que ha intentado imponerse en los medios de comunicaciĂłn social más vinculados a las fuerzas de derechas, que desde hace años están tejiendo redes de influencia que transmitan –e impongan– a la opiniĂłn pĂşblica un mapa de opciones polĂticas condicionado por determinados parámetros de inclinaciĂłn electoral previa.
Si analizamos con algĂşn detalle la realidad de las previsiones demoscĂłpicas en muchos paĂses, vemos que efectivamente hay determinadas empresas y analistas, vinculados a sectores ideolĂłgicos y econĂłmicos muy concretos, que tienden a dar exactamente los mismos pronĂłsticos demoscĂłpicos. Lo cual conduce al fenĂłmeno paralelo de que cuando se equivocan lo hacen todos al unĂsono –errores en “manada”– y, por lo tanto, parece que con tal proceder colectivo se diluyen las responsabilidades de unas malas prácticas analĂticas y profesionales.
Algunas personas bienintencionadas pensaban que este comportamiento era fruto básicamente de un instinto de conservaciĂłn, que llevaba a ciertos empresarios poco peritos en estas cuestiones a gastar poco dinero en hacer investigaciones realmente rigurosas, y de esta manera se vacunaban y autoprotegĂan, absteniĂ©ndose de publicitar cualquier pronĂłstico o tendencia previsible, hasta comprobar si otras empresas más o menos “hermanadas” pensaban publicitar tendencias similares. Esta es la versiĂłn benĂ©vola de la cuestiĂłn, que sitĂşa el fenĂłmeno del que hablamos en un terreno primordialmente econĂłmico.
Sin embargo, nos encontramos tambiĂ©n con una lectura más maquiavĂ©lica que atiende a estrategias de poder bien especĂficas. En este caso, se trata de algunos empresarios –no muchos– vinculados a partidos polĂticos bien conocidos (como afiliados, como dirigentes, como asesores, o como “negros” a sueldo) que intentan propiciar coincidencias y alianzas estratĂ©gicas orientadas a influir a la opiniĂłn pĂşblica en una direcciĂłn concreta. Y para ello mueven sus redes, sus datos y sus análisis en una direcciĂłn coincidente, y coordinada de antemano, constituyendo una especie de oligopolio con el cual intentan encorsetar las posibilidades electorales en una direcciĂłn predeterminada. Y ¡ay de aquel que intente salirse del consenso establecido! Es decir, mientras que algunos oligopolios maquinan para prefijar el precio de las cosas, otros maquinan –a veces con ardor y persistencia guerrera– para prefigurar –¿consensuadamente?–  las orientaciones preelectorales.
Desde luego, como procedimiento de actuación económica tal comportamiento presenta todas las disfunciones e irregularidades propias de cualquier propósito oligopolista, que siempre es antitético a los intereses generales.
Pero lo más grave son los efectos que se producen desde el punto de vista cientĂfico, ya que en este caso lo que se intenta es condicionar y limitar el libre proceder profesional y cualquier dinámica rigurosa de investigaciĂłn. Es decir, se anatemiza y se persigue sistemáticamente al que se sale o intenta salirse de los cauces preestablecidos por la trama oligopolista. Se trata de comportamientos que tienen una larga historia en el pensamiento ultraconservador, e incluso autoritario. Y cuyas Ăşltimas raĂces están, entre otros muchos, entre los que condenaron a los muchos Galileos, y a cualquier heterodoxo del pensamiento que se saliera de las lĂneas del ordeno y mando y de la fe (o el “consenso”) establecida.
En las sociedades de nuestros dĂas estos comportamientos suelen anidar en determinadas sociedades, especialmente durante los ciclos de predominio conservador, al amparo de concepciones y estrategias que intentan por todos los medios –incluida la calumnia y la difamaciĂłn– evitar que las cosas se salgan de los cauces fijados por algunos.
Lo curioso en el caso de España es que la ingenuidad y el ardor que algunos ponen en estas cuestiones les lleva a explicitar sus propósitos. En este caso, el de los oligopolios sociológicos.
No está mal, por lo tanto, que las cosas queden claras y que empecemos a ser conscientes de qué se esconde detrás de algunos debates sobre conocimientos, pronósticos y adivinaciones. Y en algunos casos de ciertas obsesiones personales que rayan lo enfermizo.
Frente a todo esto la Ăşnica respuesta es la ciencia, la libertad, el rigor, la transparencia, la profesionalidad y, consecuentemente, la erradicaciĂłn de los oligopolios. Sean de la naturaleza que sean.
