El ascenso de las fuerzas nacionalistas de derecha y extrema derecha en la Unión Europea y el mundo responde al malestar de amplios sectores de las sociedades. Éstos han visto como las políticas de austeridad y recortes de los gobiernos han generado un crecimiento inferior de la riqueza y de la productividad. Han producido grandes desigualdades y han disminuido las rentas de los trabajadores y trabajadoras, mientras aumentaba la especulación financiera e inmobiliaria, y los beneficios de las élites.

El ascenso de las derechas nacionalistas y de la extrema derecha en Alemania, Suecia, Italia, Dinamarca, Francia, Hungría, Austria y Polonia no es un fenómeno pasajero y sí es muy preocupante para el sistema democrático.

«La excepción alemana» ya no existe, comenta Enzo Traverso en su libro Las nuevas caras de la derecha. Opina este autor que estas fuerzas de la derecha exhiben todos los rasgos del «posfascismo», una mezcla de autoritarismo, nacionalismo, conservadurismo, populismo, xenofobia, islamofobia y desprecio del pluralismo. No son partidos clásicos fascistas, pero es imposible definirlos sin relacionarlos con el fascismo, una experiencia que marcaría la historia del siglo XX y ha quedado grabada en nuestra memoria histórica.

Un informe del Instituto Sindical Europeo (ETUI), de la Confederación Europea de Sindicatos (CES) denunciaba el «aumento de las desigualdades sociales, el debilitamiento de los mecanismos de solidaridad nacional y el desmantelamiento de los modelos sociales nacionales».

Cuando aumentan las desigualdades hay muchos perdedores, pero también ganadores. Oxfam Intermón publicaba: «la concentración de las riquezas alcanza un nivel inigualado desde los años 20, del siglo pasado. El 1% de los más ricos tiene el 48% de la riqueza mundial. La distancia social entre los ricos y el resto de la población no ha dejado de aumentar. Las políticas económicas, sociales y políticas, neoliberales aplicadas en los últimos años son las causantes de la actual situación.

Desde la OCDE hasta la Comisión Europea, a sabiendas del cinismo que les caracteriza están de acuerdo: las desigualdades sociales se han multiplicado exponencialmente.

La globalización capitalista ha jugado un papel esencial. El aumento de la competencia internacional, la caída de los salarios, el aumento de las desigualdades, junto a las deslocalizaciones, la desregulación, la reducción de la protección social, la escasa intervención del Estado, y el paro, la precariedad y la pobreza han generado un descontento social, que hace que los perdedores a causa de estas políticas voten por los programas xenófobos y racistas de los partidos de derecha extrema y extrema derecha.

No es la primera vez que ocurre en la historia. En el siglo XX, se produjeron dos guerras mundiales y triunfaron el nazismo y el fascismo.

Del ascenso de los nacionalistas conservadores y de la extrema derecha son directamente responsables los gobiernos que han aplicado las políticas de austeridad, en primer lugar, las fuerzas de derecha, pero también han sido responsables los partidos que se reclaman de la socialdemocracia.

Estos partidos socialdemócratas no han sido capaces de construir una alternativa de izquierda a la política que el capitalismo alemán ha impuesto a los gobiernos de la Unión Europea.

No se debe dejar pasar por alto, que en estos años, el cargo de mayor rango institucional en la UE, la presidencia del Eurogrupo ha estado ocupado por un político socialdemócrata holandés, que desde postulados muy de derechas, castigó al pueblo griego. Los resultados de este mandado concluyeron en un incremento de la deuda pública griega, duplicando el índice de paro, sin respetar los resultados de las elecciones democráticas.

Y esto, a sabiendas de que en 2015 «un 61,3 % de griegos votó en contra del plan de adelgazamiento de Bruselas, que se les impuso igualmente» cita Jack Dion, en «Les marchés contre les peuples».

La concepción de la democracia de las élites y de los comisarios de la Comisión Europea queda bien expresada por Wolfgang Schäuble, anterior Ministro de Finanzas alemán y hoy Presidente del Bundestag, cuando ante el caso griego: «Las elecciones no deben permitir que se cambie de política económica», como destacan Serge Halimi y Pierre Rimbert en Le Monde Diplomatique de Setiembre de 2018, en su artículo «Liberales contra populistas, una división engañosa».

En este artículo, se cita a Pierre Moscovici, Comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, que se ha entrevistado recientemente con algunos ministros del Gobierno español. Este declararía con respeto a la crisis griega: «Veintitrés personas en total, con sus adjuntos toman -o no- decisiones fundamentales para millones de personas, los griegos en este caso, sobre parámetros extraordinariamente técnicos, decisiones que escapan de todo control democrático. El Eurogrupo no rinde cuentas a ningún gobierno, a ningún Parlamento, ni tampoco al Parlamento Europeo».

No están alejadas estas opiniones de las que declararon los magnates de la industria alemana cuando se reunieron con Göring, en Febrero de 1933, magistralmente recogida en El orden del día de Eri Vuillard.

La capitalización del descontento social por la derecha extrema nos pone ante el interrogante de si existe en la izquierda una política diferente a la aplicada por la Comisión Europea, o si por el contrario solo hay matices entre las dos posiciones.

El descontento social producido por las políticas emanadas de la Comisión Europea, el aumento de la pobreza y la desigualdad, lo está capitalizando la extrema derecha envuelta en la bandera del nacionalismo conservador y reaccionario y el populismo demagógico.

El poder directo de la extrema derecha y el indirecto que ejerce, condiciona la agenda política de los gobiernos y sobre todo aquellos elementos que tienen que ver con la redistribución de la riqueza.

Sectores muy amplios de las sociedades europeas no confían en las instituciones y comprueban que estas no tienen legitimidad democrática para adaptar decisiones que solo han servido para empeorar sus condiciones de vida y de trabajo. Además, estas decisiones han sido adoptadas de espaldas a los pueblos, burlando y evitando el debate democrático en los parlamentos. El fin de las políticas de austeridad es el elemento central para construir una Europa social.

Las políticas de austeridad, la Gran Recesión, ha puesto en crisis las democracias parlamentarias. Existe un debilitamiento de las instituciones democráticas en favor del capital.

La Unión Europea está en crisis.  Tiene poco que ver con lo que fue su proyecto original. Los países que la componen están sometidos a la soberanía de los mercados. Manda la economía sobre la política. Si examinamos la historia reciente de la Unión Europea, desde 2004 hasta hoy, sus actuaciones ante la crisis griega, la crisis de los refugiados, entre otras, podemos concluir que las principales fuentes de legitimación de la derecha extrema son las políticas emanadas de la Comisión Europea.

Con las políticas actuales de la Comisión es difícil contener el ascenso de la derecha extrema. Teniendo en cuenta que los acontecimientos históricos se repiten -apareciendo una vez como farsa y otra como tragedia- el ascenso de la extrema derecha podría resultar transitorio, y conducir a estas fuerzas extremas a ser los principales interlocutores de las grandes multinacionales y de las élites económicas y políticas.

La mayoría de las sociedades europeas están cada vez más decepcionadas de las políticas impuestas por las élites de la Unión Europea y del gran capital. Existe un rechazo profundo que puede derivar a una abstención masiva en los procesos electorales o a un voto demagogo a la derecha extrema y populista.

Urge romper con la austeridad, desde la soberanía de los gobiernos nacionales, que no es buscar una salida nacionalista. Urge de manera inmediata y urgente, como propone la Confederación Europea de Sindicatos: «un plan de inversiones para el crecimiento sostenible y la creación de empleo de calidad, y servicios públicos de calidad; una subida de los salarios y convergencia de los salarios al alza, mediante una negociación colectiva más fuerte, diálogo social y participación de los trabajadores; una transición justa a una economía baja en carbono, digitalización y automatización sostenible, globalización justa, una agenda comercial progresista y el futuro del trabajo; una Europa más social y derechos sociales más fuertes, mediante un Pilar europeo de derechos sociales sólido que haga la vida mejor para los trabajadores, y un Protocolo de progreso social; Acción para luchar contra el dumping social y salarial y lograr la plena igualdad de trato y la integración, a través de la movilidad y la migración justa en un mercado interior justo.»

El fin de las políticas de austeridad es el elemento central para construir una Europa social. Si, por el contrario, la Comisión Europea y los gobiernos nacionales siguen apostando por el recorte de los derechos sociales y económicos, la restricción de las libertades, la represión de la protesta y el vaciamiento de la democracia, el ascenso de la derecha extrema continuará.