“La escuela sigue pesando sobre mí con mucha más intensidad que el ejército”

Ernst Jünger

A Ernst Jünger (1895-1998) se le puede considerar uno de los intelectuales más sugerentes y prolíficos del siglo XX. Cierto es que su figura no ha dejado de seguir siendo polémica después incluso de su muerte, pero sus libros constituyen una sempiterna meditación sobre el hombre, la civilización y sus crisis.

Con frecuencia se le recuerda sobre todo por sus diarios. “Tempestades de acero”, “Radiaciones I y II” y “Pasados los setenta I, II y III”, son muy buenas muestras este género literario del ya pasado siglo XX. Hasta el punto de que casi logran ensombrecer su obra ensayística (“El trabajador”, “La paz”, “Sobre el dolor”, “El libro del reloj de arena”, “Acercamientos”, “La emboscadura”) y sus libros de ficción, entre los que destacan novelas que han marcado una época, como “Sobre los acantilados de mármol”, “El tirachinas”, “Juegos africanos”, “Eumeswil”, “Heliópolis” y “Abejas de cristal”.

Vengaza tardía se inscribe en dos géneros cultivados por la literatura alemana: la novela escolar y la novela de formación del artista. Para leerla es preciso ubicarse en el escenario de una tradición a la que también pertenecen, entre otras, Bajo las ruedas de Hermann Hesse, “Las tribulaciones del estudiante Törless” de Robert Musil o “Jacob von Gunten” de Robert Walter. En estos géneros, en ocasiones de raíz autobiográfica, los autores sitúan al protagonista en los años de aprendizaje escolar, en un lugar concreto –la escuela- y rodeado de compañeros y profesores con los que mantendrá importantes conflictos personales.

En “Venganza tardía”, breve relato póstumo en el que se recoge una historia simple y sutil, Jünger recuerda sus experiencias escolares a través de la figura de un niño excepcional, idealista y soñador, que comienza a sentir los primeros síntomas de la inadaptación. Frente al convencionalismo de formas periclitadas y el aprendizaje memorístico, un niño inteligente y con los sentidos a flor de piel como Wolfram siente una pasión arrolladora por acercarse a la naturaleza y sus misterios.

Vivo, idealista y curioso, Wolfram posee un mundo interior enriquecido por la imaginación y las lecturas nocturnas que le conducen a frecuentes “éxtasis”, “ausencias”, “ensoñaciones” y “desdoblamientos”. La realidad de colegio, la dureza de los profesores, prestos a regañar y poner en ridículo a ese alumno introvertido y soñador, la inquina de los adultos rencorosos que se ensañan con la debilidad de Wolfram, le aterran hasta el punto de hacerle enmudecer. Sólo conjurando sus miedos podrá Wolfram seguir siendo él mismo sin necesidad de renunciar al asombro ni al misterio.

El final de este relato, en el que la prosa de Júnger está marcada por su reconocido ritmo pausado, claridad y elegancia, no tiene desperdicio. El libro tiene mucho de autobiográfico: cualquiera que lo lea puede entender que quien ajusta cuentas con su pasado y se venga no es solo Wolfram; también lo hace el propio Jünger, que desde la extrema senectud mira a la infancia.