Es el código de la nomenclatura internacional de la UNESCO (campos de ciencia y tecnología) para la Sociología Matemática. Qué decir. Vivimos unos tiempos en modo Lina Morgan: emocionados y agradecidos. Por fin no solamente nos hacen algún caso. También parece que nos entienden y proponen, desde todos los flancos, mejoras y preferencias. ¿Cuándo soñó ningún científico social vivir un debate tan férreo, público y excitado sobre las ventajas e inconvenientes de los sistemas de ponderación e imputación en los modelos de estimación electoral? Aún me pellizco y no me lo creo. Por lo general, cuando en alguna reunión de investigadores o académicos preguntaban: ¿en qué investigas?, ya sabía yo de antemano la reacción. “Trabajo en diseño y testado de modelos de estructuras y dinámicas sociales. Especialmente modelos de prospectiva”. Si era comida, poco tardaba en girarse quien fuera para hablar con el/la de al lado sobre la desigualdad de género, la interculturalidad, la propaganda de los medios o el que sé yo sobre cualquier movimiento social, protesta o revolución burguesa. Lo reconozco. Pertenecía al círculo “friki” de la reunión, junto al que estuvo veinte años contando caracolas en Borneo, nadie sabe con qué fin.

Por suerte, a mi pareja de va para más de treinta años la conocí cuando me dedicaba al análisis cualitativo y llevaba pelo. Entonces sí que se apreciaba la diferencia. De cualitativo y joven se tiene conversación y haces el análisis semiótico del segundo plato, los campos de connotación de la injuria verbal y la categoría animal (Leach), y qué bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas. Era lo más cuantitativo que se podía llegar. En ocasiones me pregunto qué soledad la mía de haber empezado mi carrera sociológica pasando temprano bajo la puerta de Platón (“Nadie entre aquí que no sepa Geometría”). Cuando te dedicas al número se pierde en género. Son las reglas de la gramática.

Pero, colegas, los tiempos melancólicos y de incomprensión ya terminaron. En Whatsapp, Facebook, prensa, televisión y radio, todos opinan. Poco importa que opinen contra mí. Por fin se han dado cuenta que existe algo: la necesidad de expresar y traducir mediante procedimientos estadísticos y matemáticos un fenómeno social. Que solamente cuando lo comprendes, y conoces las dinámicas y sus presunciones teóricas, lo explicas y modelas en todas sus variantes, en todas sus condiciones de posibilidad. Aunque el interés sea la preferencia de voto. Aunque no está muy claro si han salido de lo oscuro. Aunque lo perciban y valoren como cambalache y no como actividad científica. Aunque hablen de artículos en Nature sobre la mejora de las estimaciones sin la menor capacidad crítica (pues no hay tela que cortar: no va nada en la macedonia de modos, países, sistemas electorales, sistemas de partidos, variedad de modelos, en fin, ya quisiera yo haber evaluado por pares el artículo, que le saldría nones). ¿En todos los países mejora la prospectiva? ¿En todos los sistemas electorales? ¿En todos los sistemas de partidos? ¿Para todos los métodos? ¿En todos los modos? ¿En cualquier clima político? Mejor dejarlo.

Pero al lío. Estamos felices y contentos. Pocos entienden nuestra especialidad, pero, mira, están mirando como si sí. Décadas de esfuerzo, formación, estudio e investigación (en teorías para especificar e identificar indicadores, en métodos para valorar estrategias de medición, en técnicas para la aplicación de modelos, en estudiar estadística y matemáticas, en fin, en todas las razones para dedicarse a otra especialidad) pueden hacerte sonreír ante tanta presunción “naive”. Los defensores del modelo “piedra filosofal pondera”, que ya sabemos que vale para todo y si no te gusta te pasan por ella o te la tiran a la cabeza. Pero “emocionados y agradecidos” solo podemos decir, gracias por venir. En poco, volverán cualitativos de los medios sus nidos a colgar, pero aquellos interesados por hablar el lenguaje de los números, esos, en otra se entretendrán. Los echaremos de menos lo mismo que antes los echábamos de más (Kiko Veneno). Vaya, se coló el hilo musical…

En Cataluña tienen un problema. Han construido una densa niebla a su alrededor, en la que los demás españoles se perciben como sombras amenazantes, dispuestas a salir de las nubes rastreras y morderlos. Han sido décadas de socialización en ello. Su problema es que el monstruo no aparece por ningún lado. Sean cuales fueran los motivos de Rajoy, sean cuales fueran los motivos de Sánchez, nunca dieron una ocasión real para dar forma y consistencia a la supuesta amenaza. Ya saben. Dos no discuten si uno no quiere, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio y no ofende quien quiere, sino quien puede. En esa onda, la desesperación de los independentistas es no tener una represión que justifique su existencia. Andan hablando solos, de no ser por los medios feroces, vagando de idea en disparate y vuelta a empezar. Esto se disipa con tiempo y paciencia y ley.

El drama vendrá si aparece el lobo feroz sacando pecho y policía. Dando cuerpo (y no solo de seguridad) a las amenazas. ¿Tan débil es el Estado español que le ofende los postureos e insultos de Torrá o Rufián? ¿Hay alguna duda de quién es el fuerte aquí? Es la esperanza de los independentistas, que sus acciones que caen ahora en el vacío encuentren una reacción represora. Intercambiar la nada por algo, que les ayude a tomar consistencia. Cataluña tienen un problema, y es que los demás españoles no son sus enemigos ni comparten sus ideas. Y las dos cosas juntas les desorientan su radar democrático.

El problema lo tendremos todos si Casado o Rivera llegan al gobierno y, con la gran valentía del que tiene un Estado detrás, reparten carnets de patriotas. Le dan razón y sentido, antítesis a sus tesis independentistas. En definitiva, encarnan la amenaza hasta ahora fantasma en la que apoyan sus razones de ser.