Las encuestas son una herramienta importante en una sociedad democrática. Bien realizadas, es decir, hechas con criterios científicos, permiten conocer qué piensa la ciudadanía en cada momento, cómo evoluciona la opinión pública y cuáles son las preocupaciones y las necesidades sociales. Sirven tanto a los poderes públicos, para orientar sus políticas, como a la sociedad en su conjunto, para comprenderse y conocerse mejor a sí misma.

Sin embargo, en los últimos años, y especialmente en los procesos electorales, las encuestas se han convertido en n arma, en un instrumento de lucha política, más orientado a influir o a intentar imponer una supuesta realidad, que a informar o reflejar objetivamente la realidad.

Este fenómeno, que cada vez es más intenso, se ha vuelto a poner de manifiesto en las elecciones autonómicas celebradas en Extremadura, dentro de una estrategia política y mediática de intento de acoso y derribo al gobierno de España, donde lo de menos era lo que pensaran los extremeños. Una estrategia que, como ya es habitual, ha venido acompañada del insulto y el menosprecio hacia el trabajo que realiza el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y su presidente, José Félix Tezanos.

La deslegitimación sistemática del presidente del CIS y de la propia institución, realizada desde el minuto uno de su nombramiento, mediante la difamación, la calumnia y el insulto permanente en algunos medios de comunicación tradicionales, plataformas digitales y por actores institucionales y otros vinculados a las empresas demoscopias privadas, queda empíricamente desmentida en cada ciclo electoral, cuando los resultados confirman lo acertado de las estimaciones del CIS.

Sin embargo, la ausencia de cualquier tipo de responsabilidad por parte de quienes promueven y ejecutan están campañas de descredito e intimidación, que llega incluso a denuncias en los tribunales porque se “acierta mucho en los resultados y eso no es posible”, o a comisiones de investigación en el Senado porque no se acierta según ellos, consolida un proceso de violencia verbal, de matonismo institucional y mediático, y de amenaza personal que atenta, contra el honor del presidente del CIS y la credibilidad institucional, y contra la convivencia democrática al intentar imponer un relato en la sociedad.

Esto no puede seguir así. En una democracia avanzada con la española esto debería revisarse, corregirse y evitarse. Es preciso que quienes promueven este tipo de campañas, asuman sus responsabilidades y rindan cuentas ante la sociedad y ante otras instituciones. No todo vale por derribar un gobierno democráticamente elegido. No todo vale por un puñado de euros. No vale callar un día, y al siguiente continuar insultando, amenazando e intimidando.

¿De verdad era necesario que Narciso Michavila, de GAD3, dijera en el programa de “Herrera en Cope” textualmente que “va a caer un invierno sobre los analistas que han construido su realidad en las encuestas de Tezanos”? Considero que no. A lo mejor se dio un atracón de la serie Juego de Tronos y por eso lo de “caer el invierno”. Aunque las que se han vuelto a caer, como el 23J, son todas sus encuestas.

Pero lo que tiene poca explicación sociológica, aunque puede que la tenga en alguna rama de la medicina, es cuando en esas declaraciones, y como recoge la página web de la Cope, Michavila critica “duramente al CIS de Tezanos por publicar una única encuesta un mes antes de la cita, un movimiento que interpreta como un intento de “no poder demostrarle que está inflando a partidos”.

Vamos, que, si el CIS publica una encuesta, malo, y si publica varias peor, porque en uno u otro caso lo que ocurre en el fondo, es que las encuestas del CIS publican lo que dicen los ciudadanos frente a un consenso demoscópico fraudulento, desde el punto de vista científico y democrático, al no reflejar la realidad sino los intereses particulares de ciertas élites.

¿De verdad era necesario que Narciso Michavila, de GAD3, dijera en el programa de “Herrera en Cope” que la candidata del PP “puede llegar incluso a los 34 escaños”? ¿Qué primó más en estas afirmaciones el negocio o la ciencia?

Con los votos contados en Extremadura se pueden realizar tres afirmaciones relacionadas con las encuestas. La primera, es que las estimaciones de la encuesta Preelectoral del CIS son las que más se aproximaron a los resultados finales. La segunda, es que las encuestadoras privadas no “acertaron con sus pronósticos”, incluso las de algunos inquisidores datistas que pretenden inventar un nuevo juego de trileros con sus gráficos de colores.

Y la tercera es que, durante las noches electorales, al menos en las cadenas de televisión públicas, resultan imprescindibles dos cosas. Por una parte, si se quiere hacer una encuesta ese día en lugar de esperar ya al recuento que en España es rápido, se tendrían que hacer encuestas serias. No vale que las haga la empresa que presente el precio más bajo, porque eso significará menos calidad. Y por otra, resulta imprescindible una pluralidad ideológica de expertos cualificados, para evitar sesgos recurrentes o afirmaciones inexactas como sostener que ninguna encuesta anticipó el resultado de Vox, cuando la encuesta preelectoral del CIS si lo hizo. De este modo, se garantizaría un análisis riguroso y el derecho de los ciudadanos a una información veraz y plural.

Tras lo ocurrido en las elecciones en Extremadura, sería fácil reproducir los titulares de los medios de comunicación donde señalan que “La encuesta del CIS clavó el resultado electoral de Extremadura”, “El CIS de Tezanos acierta en Extremadura”, o “El CIS de Tezanos clava los resultados de las elecciones”. O preguntarse cómo de nuevo el PP se fía de la misma persona que los llevó al desastre en las últimas elecciones generales cuando les decía que tendrían mayoría absoluta con Vox.

Pero no es eso. España necesita que se vuelva a cultivar el respeto. España necesita más dialogo y menos polarización. Por ello, en relación con las encuestas, hay que decir que no se trata solo de si una encuesta acierta o falla, sino de cómo se hace y para qué se usa. Si para describir la realidad social en un momento determinado o para tratar de moldearla.

En una democracia sana, la función de una encuesta no es decir a la gente lo que debe pensar ni anticipar un resultado como si fuera inevitable, sino reflejar la opinión existente en un momento determinado, con todas sus dudas, matices e incertidumbres. El problema surge cuando algunos actores políticos y mediáticos convierten los datos en mensajes de campaña: “tendencia irreversible”, “mayoría social consolidada” o “fin de ciclo”, incluso cuando la realidad dice otra cosa.

Este uso de las encuestas para reforzar a los ya convencidos, atraer a los indecisos y desmovilizar a quienes perciben que su opción política “no tiene posibilidades”, hace que se hagan encuestas como churros, sin ningún rigor científico, porque lo que interesa es ejercer una presión sobre los votantes para que se encaminen hacia lo que determinadas élites desean.

Frente a esta realidad, hay que recordar que la democracia necesita ciencia. También a las ciencias sociales, donde las encuestas son instrumentos científicos cuando se realizan con metodología rigurosa, transparencia, muestras representativas y criterios éticos claros.

El problema no son las encuestas en sí, sino su degradación. Cuando se fabrican sondeos para confirmar relatos previos, cuando se ocultan datos incómodos o cuando se presenta una estimación como una verdad indiscutible, se está erosionando tanto la confianza en la investigación social como la calidad del debate democrático.

Defender la ciencia, también la demoscopia, es defender el derecho de la ciudadanía a recibir información veraz y contextualizada, no propaganda envuelta en gráficos. Por eso, en sociedades cada vez más complejas y cambiantes, en sociedades donde el negacionismo va en aumento, hay que ser conscientes que renunciar al conocimiento científico debilita la democracia.

Hay que recuperar el verdadero sentido de las encuestas, como herramientas para comprender la realidad social, no para imponer agendas ni fabricar climas de opinión. Eso exige responsabilidad por parte de quienes las elaboran, pero también de quienes las difunden e interpretan. Y exige, además, una ciudadanía crítica, consciente de que ninguna encuesta decide unas elecciones y de que la opinión pública no es un bloque homogéneo ni estático.

En estos tiempos de incertidumbre y de fragmentación política, las ciencias sociales no son un lujo ni un adorno académico. Son una infraestructura democrática básica. Por eso, utilizar las encuestas como arma electoral es un fraude informativo y una forma de empobrecer la democracia.

Hablamos de ciencia y de aplicar con rigor el método científico. No de suerte. No de juegos de poder e influencia. Ciencia, no poder ni negocio.