La cultura de defensa constituye un componente esencial para la supervivencia de cualquier sociedad democrática.

En las últimas décadas el concepto de cultura de seguridad y defensa se ha ido ampliando. Por una parte, implica a todos los ámbitos de la sociedad y la comprensión y el compromiso de la población con los objetivos de seguridad nacional y defensa de un país, en este caso España. Y por otra, no se trata solamente de conocer los riesgos y amenazas, sino de desarrollar una conciencia colectiva que promueva la participación ciudadana en la protección de la seguridad y la defensa.

Aun así, es importante contar con unas Fuerzas Armadas bien dotadas y entrenadas. En este sentido, ¿qué opinan los españoles?

Recientemente, en el mes de febrero, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), en el estudio sobre temores en la sociedad actual, trató esta cuestión, a través de la siguiente pregunta: “¿Cree Ud. que, en estos momentos, tener unas Fuerzas Armadas bien dotadas y entrenadas es una garantía necesaria para evitar ser objeto de una agresión o abuso por parte de otro país?”

Los resultados obtenidos muestran una posición mayoritariamente favorable a esta idea. Un 67,7 por ciento de la población española si lo cree, frente al 29,6 por ciento que responde en sentido negativo. Por su parte, los porcentajes correspondientes a duda, con un 2,2 por ciento, y a no contesta, con un 0,5 por ciento, resultan residuales.

Estos datos ponen de manifiesto que, en un contexto actual percibido como más incierto, una amplia mayoría de la población española considera legítimo que el Estado disponga de capacidades militares suficientes para garantizar la protección frente a amenazas externas.

Algo significativo, porque los españoles no identifican necesariamente la defensa con el militarismo. Más bien ocurre lo contrario. La preparación militar aparece legitimada sobre todo como instrumento de protección, prevención y disuasión.

En términos generales, los temores geopolíticos no están generando un rechazo a los instrumentos defensivos del Estado. Lo que aparece es una visión más pragmática. Si el escenario internacional se vuelve más inestable, contar con medios de defensa suficientes se considera una forma de reducir la vulnerabilidad.

La lógica dominante no es ofensiva, sino disuasoria. Es decir, no se apoya tener unas fuerzas Armadas bien dotadas y preparadas para expandirse o imponerse, sino para evitar agresiones y preservar la estabilidad.

Otro elemento para destacar de los resultados de la pregunta realizada por el CIS es que, aunque la posición favorable es mayoritaria, no todos los grupos sociales la comparten con la misma intensidad. Existen matices importantes según el sexo, la edad, el nivel educativo, la clase social y, sobre todo, la ideología.

Por sexo, los hombres, con un 70,1 por ciento, muestran un apoyo algo mayor que las mujeres, con un 65,6 por ciento, a tener unas Fuerzas Armadas bien dotadas y preparadas. Aunque lo relevante es que la mayoría favorable se mantiene en ambos casos.

Por edad, el apoyo tiende a aumentar conforme avanzan los años. Mientras que entre las personas de 25 a 34 años el respaldo se sitúa en el 62,3 por ciento, entre quienes tienen 75 o más años asciende al 74,5 por ciento. Con todo, incluso en los grupos más jóvenes la opción afirmativa sigue siendo mayoritaria.

Por nivel de estudios, el respaldo a unas Fuerzas Armadas bien dotadas es más elevado entre los niveles formativos bajos y medios, y desciende entre quienes tienen estudios superiores, donde aun así continúa siendo mayoritario con un 61,1 por ciento.

Por clase social, la aceptación vuelve a ser amplia en casi todos los grupos, pero aparece una excepción llamativa. Entre la clase alta y media alta, el apoyo alcanza el 73,2 por ciento; en la clase media-media, el 70,9 por ciento; en la clase media-baja, el 69,4 por ciento; y en la clase baja o pobre, el 68,2 por ciento. Sin embargo, entre la clase trabajadora, obrera o proletaria el apoyo baja hasta el 52,3 por ciento, mientras que el rechazo sube al 46 por ciento. Es el grupo más dividido. En cualquier caso, el resultado muestra que la relación entre clase social y cultura de defensa no es simple ni lineal.

La diferencia más clara aparece en el terreno ideológico y partidista. Aquí sí puede hablarse de una fractura muy marcada, que muestra que la defensa continúa siendo en España un asunto atravesado por identidades políticas e ideológicas.

La auto ubicación ideológica muestra que el apoyo crece según se posicionan hacia la derecha. En la posición 2 de la escala ideológica, solo un 38,3 por ciento considera necesarias unas Fuerzas Armadas bien dotadas y entrenadas, mientras que en las posiciones 8, 9 y 10 el respaldo supera ampliamente el 80 por ciento, alcanzando un máximo del 90,1 por ciento en la posición 9. Aun así, incluso en la izquierda más extrema hay segmentos donde la opción favorable sigue siendo relevante, como ocurre en la posición 1, con un 51,9 por ciento.

El recuerdo de voto confirma esta polarización. Los niveles más altos de apoyo se registran entre los votantes del PP (89,1%) y Vox (87,6%). El electorado del PSOE ocupa una posición intermedia, con un 67,8 por ciento. En cambio, el respaldo cae entre los votantes de Sumar (41,2%) y entre varios electorados del nacionalismo o independentismo periférico, como ERC (31,8%), Junts (30,3%) y EH Bildu (21,6%). En el caso del EAJ-PNV, además, destaca un porcentaje elevado de duda.

En definitiva, se puede afirmar que en España la defensa nacional goza de una legitimidad social importante, aunque está influida por sensibilidades ideológicas, trayectorias sociales y referentes culturales distintos. El apoyo existe, pero no es idéntico en todos los sectores ni responde a las mismas razones. Y por eso, entender la cultura de defensa exige mirar no solo cuánto apoyo hay, sino también cómo y desde dónde se construye.