Los precios de los combustibles fósiles siguen al alza. La guerra de Irán no se está resolviendo como preconizaba Donald Trump: su alargamiento, sin visos de salida, no solo pone en cuestión los resultados electorales en Estados Unidos, sino que impacta de forma directa sobre las economías del planeta. A esto cabe añadir la preocupación de los inversores por el avance de las deudas: inquietud por la situación fiscal de países como Francia y Estados Unidos, lo que infiere subidas en las primas de riesgo. Y el cóctel se complica cuando se pone en la ecuación la vertiente económica que se relaciona con la Inteligencia Artificial (IA).
En este punto, los datos que se van conociendo, derivados de investigaciones muy recientes, aumentan la preocupación. Stijn Van Nieuwerburgh, economista de Columbia Business School, acaba de publicar un trabajo (Financing the AI Buildout: https://www.brookings.edu/articles/financing-the-ai-buildout/) en el que señala una inversión prevista en IA del orden de los 10,3 billones de dólares hasta 2032. En ese monto se incluyen elementos clave para este sector, desde la construcción de centros de datos, procesos de refrigeración, nuevos instrumentos en microelectrónica, redes eléctricas, etc. Un sistema complejo que requiere costes financieros e, igualmente, costes ecológicos, por el elevado consumo de agua. Y que no está exento de riesgos. En definitiva, se ha de recurrir a la deuda para encarar el desafío previsto de inversiones.
Ahora bien, para ello el sector empresarial de la IA deberá generar entorno a 4 billones de dólares anuales para 2032; pero las variables disponibles hasta este momento arrojan resultados muy limitados, del orden de cien mil millones (aquí figuran empresas como Anthropic y OpenAI, de manera que estamos ante potentes consorcios). Difícil alcanzar esa suma, a pesar de que se insiste en estimular al máximo las inversiones, llegando a lo que podríamos calificar como sobreinversiones en este sector. Porque ese proceso se está realizando a partir de mecanismos financieros de perfil más opaco, menos regulado, un crédito privado en el que se fragmenta el riesgo y se oculta entre múltiples inversores. Todo esto nos remite a factores similares que desencadenaron la Gran Recesión en 2008; es decir, en el caso de la IA y revisando la historia económica más reciente, la formación de una posible burbuja tecnológica, atendiendo a unos factores concretos: valoraciones cada vez más elevadas de esos activos tecnológicos –sin que sepamos si existe acoplamiento con los ingresos empresariales–; y un elevado endeudamiento una parte del cual no es transparente.
Pero, además, otro aspecto no se debería ignorar: como indica Van Nieuwerburgh la dinámica del sector de la IA induce a riesgos de obsolescencia relativamente rápida de la tecnología programada, en un marco en el que las inversiones vía deuda son de largo término, no de corto. En ese escenario, las pérdidas podrían ser notables. Urge regular este sector, antes de que se produzca lo que la historia económica nos enseña con las burbujas: que explotan, con consecuencias muy negativas para la economía.
