Categoría: Tiempos Complejos

LA PIEDRA DEL FIN DEL MUNDO Y LOS PARTIDOS POLITICOS

Un cuento popular sudamericano dice más o menos así: Pedro Urdemales vio a un huaso (campesino) que venía a caballo hacia él. Agarró una piedra muy grande que había en la falda de un cerro. Cuando el huaso llegó, Pedro le dijo: “Si esta piedra se cae, el mundo se acaba, yo estoy muy cansado; ¿por qué no se pone usted en mi lugar mientras voy a buscar gente que nos ayude y la sujete?”. Desmontó y se colocó en el sitio de Pedro, este se subió al caballo y le pidió que aguantara un ratito. Lo dejó agarrando la piedra y esperando hasta el día de hoy la vuelta del caballo.

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¿ORGULLOSO DE SER ESPAÑOL?… NO, AHORA MISMO MUY PREOCUPADO

Empezar un escrito pidiendo disculpas no es lo más ortodoxo, pero cuando se está perdiendo la costumbre creo que no viene mal. Pido disculpas por escribir desde el sentimiento, pero es que cada vez el cuello de la botella se nos está haciendo más estrecho y tal vez solo mirando dentro de nosotros mismos seamos capaces de encontrarnos y de paso ser capaces de llegar a saber si somos capaces trazar la longitud y la latitud del rumbo perdido.
En los últimos meses del invierno de 1992, cuando tras el frio llegaba la primavera y el cambio climático era algo que se creía muy lejano, me encontraba en los Estados Unidos en plena campaña de primarias y cuando la sociedad americana esperaba la elección del joven demócrata Billy Clinton, que llenaba a todos de esperanza de que con él llegará un nuevo tiempo cargado de cambio. En el centro empresarial de Charleston fui invitado a un desayuno con empresarios de la ciudad, al final del encuentro el Presidente de la Cámara me invito a que me dirigiera a los presentes para hablarles de cómo era la España del momento, las noticias que les llegaba no tenía nada que ver con el pasado, para ellos era un pasado confuso y contradictorio de un país atrasado que había llegado a la democracia hacia poco y que estaba superando mil surcos históricos de enfrentamiento civil y pobreza. Fue todo un gusto poder subirme a la tribuna y poder hablar de España, de un país que no sólo estaba ganando la batalla al tiempo sino que se está situando en la cabeza de los países europeos. Que ello además lo íbamos a celebrar ofreciendo al mundo nuestra mejor imagen con los JJOO de Barcelona y la Expo de Sevilla, reflejando que España había ha pasado a ser un país vertebrado de Sur a Norte, que se estaba dotando de unas infraestructuras modernas para posibilitar su crecimiento armónico y distribuyendo su riqueza nacional en un gran ejercicio de solidaridad interterritorial y personal que garantizaba una cohesión social sostenible. Una sanidad universalizada, una enseñanza que ahora llegaba a todos los ciudadanos, con una organización del poder político profundamente democrática y descentralizada a semejanza de sus Estados Federados. El único “pero” el terrorismo, cuando se acabe con él contaríamos en el mundo como un país de referencia. Por encima de todo teníamos una fuerza muy especial: 40 millones de ciudadanos que después de mucho tiempo se sentían profundamente satisfechos de ser españoles. “¿Muy orgulloso de su país?” Me dijo al final de la intervención el Presidente. ¡Si, mucho!, le respondí. Terminó diciendo a los convocados: “Señores, España es un país al que tenemos que poner en la agenda a partir de ahora”.
Hoy si me preguntaran por aquel orgullo diría que se ha tornado en seria preocupación.
Visto lo que estamos viendo a diario, y de forma acelerada, podemos poner el dedo en la llaga de los errores cometidos en la política, en el cambio social, en los efectos de la evolución tecnológica, en un sinfín de causas. Como todos tengo mi propia teoría que me gustaría sintéticamente enunciar. Hemos confundido el desarrollo ciudadano, garrafalmente, pensando que es lo mismo enseñar que educar. No estamos ante un problema semántico.
Educar es transmitir valores, ideas y creencias. Es estimular la conciencia crítica, nunca adoctrinar, menos manipular. Es formar en el esfuerzo, el respeto, en la ciudadanía, en lo veraz, etc. Es el aprendizaje de donde empieza mi libertad y donde la tuya, es saber que todo derecho contrapone una obligación, es saber que el objetivo es convivir y no coexistir. Educar, lo ha de hacer esencialmente los padres, la familia, el entorno inmediato. El maestro es un colaborador necesario pero no es su función principal. Sin embargo hemos pensado que la educación es la misión de la escuela. El trabajo acelerado, la vida del éxito inmediato, del dinero mucho y fácil, el bienestar personal por encima de todo, el consumo como forma de satisfacer las necesidades vitales, ha llevado a delegar plenamente en la escuela la responsabilidad de educar. ¡“Es la obligación del maestro para eso pago mis impuestos y al colegio”!
Enseñar, por el contrario, es transmitir conocimientos, saberes, habilidades establecidos normativamente y programados por edades, especialidades y orientaciones de desempeño. Esta si es la responsabilidad de maestros y profesores. Esos profesionales de los que nos preocupa que le suministren al niño la medicina a la hora convenida (“yo no puedo venir a dársela”) y que “no se estrese pues el pobre es muy nervioso”. Además de que obtenga buenas calificaciones en el bachillerato pues se quiere que sea ingeniero como el padre y sino que el sistema educativo genere una titulación que pueda esgrimir. Creyendo que en un moderno modelo de enseñanza lo esencial es que aprenda en el Ipad, ya que es mejor que en los plúmbeos libros de texto de SM que teníamos nosotros. Es adaptarse a un nuevo tiempo. Y por favor que no le ponga deberes que por las tardes le gusta jugar con la consola.
Es cierto que la educación, no la enseñanza, también llega por un círculo más amplio donde un entorno más complejo y plural también influye y, sobre todo, por los medios de comunicación (en su sentido más amplio) y las redes sociales que penetran fácilmente desde la infancia a la juventud configurando “valores” y actitudes que se diluyen en un entorno social de lo inmediato.
Ello ha hecho posible que ciudadanos educados puedan escuchar, dando crédito, a mesías que hablan de realidades inexistentes, de cielos llenos de borrascas y que se interprete la historia, la antigua y la moderna, como si fuera una serie de televisión donde se está obligado a posicionarse entre los, aparentemente, buenos frente a los, tendenciosamente, malos. Todo ello sin nadie que indique el camino cierto que, no es uno, es muy plural y obligando a decidir cual se sigue y como pero desde el criterio.
Hemos querido vivir en una sociedad “liquida” pues era lo más placentero, se han aceptado los mensajes mayoritarios, unas veces unos y otras otros, pues es la forma de no sufrir. Tenemos adquiridos muchos conocimientos pero no hemos aprendido a colocarlos en su correspondiente estantería para saber cuál hay que tomar en cada momento. Las instituciones han estado para pedirles que nos resolvieran los problemas pero no para exigirles en qué dirección queríamos que fueran resueltos, valga como ejemplo una crisis económica, un sistema de pensiones o el sentimiento de pertenencia nacional.
Educar a una sociedad, lo mismo que a los hijos, es hoy día una tarea colectiva, plena de responsabilidad no delegable. Como a los árboles si no le ponemos guía las ramas terminan venciéndose, las frutas caen y se las comen los bichos.

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RECUPERAR LA LEGALIDAD CONSTITUCIONAL NO PUEDE HACER OLVIDAR TODO LO DEMÁS

“Anoche soñé que volvía a Manderley. Estaba ante la verja de hierro. Pero no podía entrar. Entonces, me imbuyó un poder sobrenatural, y atravesé la verja…”.El memorable inicio de la película de Alfred Hitchcock parece premonitorio del tema catalán; incluso conteniendo el perverso espíritu de la fallecida Rebecca vagando por el castillo, recordando que ella (cual república catalana) es el amor perfecto y cualquier otra cosa es transitorio y pernicioso para lo idílico.

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PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID

Existe una leyenda andina que viene a decir que un espíritu maligno castigaba a sus víctimas a que su tiempo se parara. Algún ignorante se felicitaba, “si no se pasa el tiempo: es la eterna juventud”, el quipucamayoc, que junto a los números guardaba las palabras, les explicaba que no es lo mismo parar que no pasar: “si se para, el futuro nunca llega y el presente placentero se diluye. Si no hay nada por venir, no hay sueños ni esperanzas y el ser humano se convierte en un ser insustancial que finaliza en la idiotez”.

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NEGOCIAR. ¿CON QUIÉN?

Negociar, dialogar, hablar, es el “huaca” donde parece que todos debemos encaminarnos en este momento. Fui alumno de los profesores Fisher y Ury, directores del Harvard Negotiation Project, en sus magistrales lecciones explicando su método de negociación lo iniciaban con unos rotundos presupuestos de partida: “Lo que se puede hacer simple no puede convertirse en complejo”, “no irse por las ramas” y tres, “si uno quiere realmente negociar no puede utilizar la dilación para engañar a la otra parte”.

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