Si como dice Walter Benjamin el capitalismo es una religión, en la versión postconciliar del neoliberalismo español, Cristina Cifuentes es su María Magdalena. Un personaje evangélico secundario pero de notable importancia. Teniendo sus momentos de gloría, que la hicieron pasar a la historia: dar cobijo a los apóstoles perseguidos; encontrar el sepulcro vació y recoger el sudario, convirtiéndola así en testigo privilegiada del milagro de la resurrección.

Cristina Cifuentes, según dice, está viviendo “el sacrificio” en primera persona por haber intentado ser la purificadora del Partido Popular, donde algunos “pecadores del pasado” han convertirlo al hasta ahora partido mayoritario en la marca más asociada a la corrupción política.

Cifuentes ha crecido en el entorno del Partido Popular de Madrid, generando sobre ella una imagen política difícil de creer. Persona vinculada estrechamente a la dirección del partido en Madrid desde la adolescencia, es ahora difícil dar crédito a que no haya visto todos los tejemanejes que se han venido produciendo a pocos metros. El suyo ha sido un liderazgo emergente y fulgurante, surgido desde los medios de comunicación y no de su buen hacer en la eficiencia en la gestión pública o en el mantenimiento de un discurso político convincente sobre el presente y futuro de una compleja Comunidad como es Madrid. En este momento a apenas un año de las próximas elecciones regionales y cuando la dirección nacional de los populares tiene que afrontar una palmaria crisis de liderazgo le ha saltado un serio manchón en su inmaculada túnica blanca, por una cuestión aparentemente anecdótica pero que hace ver una vez más que nos encontramos ante liderazgos impostados, vacíos de contenido y donde la dialéctica entre la verdad y la mentira política vuelve a no ser un ejercicio de transparencia, sino un juego de apariencias que intentan dejar satisfecho a un electorado cautivo predispuesto a pensar que los malos siempre son los otros y haciendo uso de la perpetua querella catalana contra los medios de comunicación y los profesionales que denuncian los hechos.

La regeneración democrática de una sociedad, que viene sufriendo desde hace años un embate tras otro a la calidad de la democracia, se tiene que producir rápido para no seguir progresando en una crisis de la representación política que terminará afectando al sistema y extendiendo la creencia en la ciudadanía de que todos son iguales y no hay solución posible. El hecho de que un presunto fraude académico, con la connivencia y beneficio de responsables políticos institucionales de primera línea, no haya tenido una respuesta clara y contundente, unido al obstruccionismo para no dar explicaciones en sede parlamentaria, todo esto hecho desde la convicción de que saltará, en unos días, un nuevo caso que lo entierre, ha convertido la anécdota en grave problema. Es una negación plena de los procedimientos democraticos.

En un esquema de lógica democrática de la responsabilidad ante la no dación de explicaciones veraces y convincentes la dimisión de Cifuentes se tenía que haber producido ya. Ello significaría un grave problema para el PP que daría por perdida su emblemática Comunidad de Madrid y a buen seguro la absoluta pérdida de confianza de los operadores económicos y mediáticos muy preocupados por perder la joya de la corona como ya sucedió en el 2003.

Para Ciudadanos la situación también es complicada. Ante una dimisión de la firmante del Pacto de Gobierno no habría muchas posibilidades de encontrar un nuevo candidato, pues significaría que su apuesta por apoyar al PP en Madrid fue una operación de alto riesgo y repetir con otro candidato, aunque sea por un año más, es evidenciar que no es un partido, para nada, regenerador como pretende ser sino el tactismo político en su versión más descarada.

De no ser la dimisión la opción elegida, y el mantearse hasta ver si escampa convierte igualmente a los de Rivera en un partido rentista del descalabro ajeno, pero no preocupado ni ocupado en buscar la gobernabilidad inmediata de una Comunidad esencial para restructurar el modelo territorial español junto a Andalucía y al País Vasco.

La única opción para que los cinco millones de electores de Madrid y los casi 37 millones de toda España comiencen a recuperar el crédito en su sistema institucional es que las fuerzas políticas de oposición en la Asamblea de Madrid ejerzan los mecanismos de control para mostrar su descontento y repudio al modelo de la política que se está haciendo. Es decir, la presentación de una moción de censura y la formación de un gobierno de gestión hasta la celebración de las elecciones autonómicas.

La decisión para Ciudadanos es igualmente difícil pues le va a significar un enfrentamiento con el que espera que sea su aliado estratégico político, el PP, como con los financieros y económicos que han venido dictando la política en Madrid  desde hace tiempo.

Igualmente, Podemos está ante la disyuntiva de asumir un rol político que no ha estado hasta ahora en sus intenciones y prácticas realizadas: dejar que el PSOE asuma el liderazgo del cambio desde la izquierda. 

En todo caso, el deterioro político que se ha venido produciendo en la Comunidad de Madrid, que no deja de ser fiel reflejo, corregido y aumentado, del existente en España obliga a evidenciar que ni todas las formas de desarrollar el ejercicio público del poder son iguales ni el sistema es inservible. Que la moción de censura triunfe o no es indiferente, poner encima de la mesa la posibilidad de aspirar a un buen gobierno es razón suficiente  para asumir el riesgo y colocarse delante de los ciudadanos demostrándoles para qué sirve la política.