Ha habido mĂşltiples comparaciones de Mariano Rajoy con Chauncey Gardiner, alias Mister Chance, personaje protagonista de la Ăşltima pelĂ­cula de Peter Sellers (Bienvenido Mr. Chance), en la que los dirigentes del Partido Conservador norteamericano ven, en este jardinero, el ideal para candidato a la presidencia por la simplicidad de sus expresiones, basadas en los anuncios de televisiĂłn, Ăşnico punto de conexiĂłn con la vida real que este absurdo tipo, salido de la nada, tiene.

Ahora bien, ha llegado el momento de que los demĂĄs dejemos de ser absurdos y de reĂ­rnos de las jocosas ocurrencias de nuestro Presidente pensando, quizĂĄs, que lo mejor es que nos gobierne un tonto y laso antes que alguien que tenga ideas propias. Rajoy ha terminado siendo un personaje mĂĄs listo de lo que nos creemos y un avezado alumno del cinismo filosĂłfico que se fundamenta en la creencia de que la sinceridad humana no existe, por ende la bondad. Nada es verdad y los principios son falaces; asĂ­, la ironĂ­a, el sarcasmo y la burla son las mejores pautas de comportamiento para quien dirige la sociedad.

El cinismo polĂ­tico ha sido la pauta de actuaciĂłn de Rajoy y con ĂŠl de todos aquellos que le rodean y ensalzan. Lo peor para los demĂĄs es que esta forma de pensamiento y acciĂłn ha encontrado un caldo de cultivo frondoso en una sociedad perdida.

Rajoy llegó al Gobierno burlándose, desde la oposición, de las actuaciones del gobierno para salir de la crisis económica. En ningún momento tuvo el más mínimo interés en apoyar al anterior partido gobernante y colaborar en la salida de la crisis. Distinto es el respaldo que ahora solicita para sus presupuestos. Construye su discurso en lo fatal que lo hacen los otros gobernantes y esa es cantinela constante; acomete la gestión de la crisis de la manera más simple: que los más débiles paguen las consecuencias; fundamenta sus logros en una descarada utilización de datos, dándole lo mismo lo que diga la sociedad insignificante, que en las calles manifestará su malestar con demandas sanitarias, pensiones, educativas…; dejó crecer el populismo para luego decir que él era el único capaz de combatirlo; su desinterés hizo que estallara el problema catalán con su mayor acritud y virulencia, sin levantar un dedo para impedirlo, y ahora espera que los jueces o la Guardia Civil le resuelvan el problema, aunque sea a costa de profundizar en la crisis política y alejándose cada vez más las posibilidades de solución.

De todo, lo peor es que ha propiciado la degeneración del sistema democrático, dudo, cada vez más, que crea en él, solo en su formalidad. ¡Ello le va bien mientras siga gobernando! Ha ido por múltiples acciones, y todas las omisiones pensables, dejando hacer creer que toda la sociedad está igualmente podrida y ante este hecho, él es el mejor garante de tranquilidad y aparente felicidad. Recuerden las broncas a aquellos que se han atrevido a criticar, lo que fuera, tildándoles de agoreros y antipatriotas. Dejémonos de tonterías, los casos de corrupción que le han rodeado hubieran hecho dimitir a cualquier dirigente político mundial, varias veces. Él responde con ironía y sarcasmo.

OĂ­rle decir ante todos: “Consejos vendo que para mĂ­ no tengo”, es el colmo del cinismo polĂ­tico. Intentar utilizar a los medios afines (afinidad no gratuita) para rebuscar en la vida de los oponentes y no resolver los problemas institucionales creados por el uso deliberado y consciente de la mentira, trasladando la carga del hecho felĂłn a los demĂĄs. Es una forma que utiliza de manera reiterada para exculpar la responsabilidad propia. Es ya cansino, cuando la realidad nos descubre otra cosa, hacer creer a una sociedad compleja y desmotivada que la mentira estĂĄ en los otros, mĂĄs aĂşn forzar a otros a mentir por ti y falsificar documentos para cubrir la incredibilidad de unas explicaciones hechas sin pruebas de convicciĂłn, con arrogancia y prepotencia. Es una vieja y eterna cuestiĂłn, el gobierno es el Ăşnico que tiene derecho a marcar con su sello las mentiras polĂ­ticas.

La seudologĂ­a (o mentira patolĂłgica) polĂ­tica es consustancial al cinismo polĂ­tico y ambos son claramente la marca de identidad del Presidente del Gobierno y de su alumna, matriculada o no, Cifuentes. Convertir su falta de escrĂşpulos en problema del otro es inmoral. No es nuevo, ni inocuo. Salvando las distancias de tiempo y consecuencias, GĂśring no dudĂł en incendiar el Reichstag y culpabilizar de ello a los comunistas para fundamentar su ilegalizaciĂłn y la suspensiĂłn de derechos fundamentales.

Las declaraciones y actitud de Rajoy sobre “la trama Cifuentes”, y los propios hechos conocidos, son una clara llamada de atención de que estamos ante una situación de emergencia democrática. Da lo mismo que todo esto lleve a hundir electoralmente al PP. Es irrelevante que ya tengamos callo de que siempre, ante cualquier hecho, los malos sean los que lo denuncian. Es absurdo que intenten crear miedo a la ciudadanía con el “que vienen, que vienen”; llueve sobre mojado “el todos son iguales”.

No hay capacidad patria para mĂĄs cinismo, mĂĄs sarcasmos, mĂĄs burla a una sociedad. Es el momento, como ciudadanos, de dejar de estar impasibles, pues lo que pasa estĂĄ pasando.