En tan sĂłlo 48 horas, la arrogancia de los mĂĄs ricos del deporte universal se ha tornado en ridĂculo. El anuncio, el pasado domingo, de una Liga europea alternativa de fĂştbol sĂłlo para un puĂąado de clubs de ĂŠlite, provocĂł un revuelo inusitado, aunque en absoluto fuera una sorpresa. Los capitostes de la UEFA amenazaron con represalias de toda Ăndole. Los lĂderes polĂticos del Reino Unido, Francia y EspaĂąa se opusieron contundentemente a la OligoLiga  y prometieron combatirla con todos los medios a su alcance, apelando al espĂritu deportivo, el legĂtimo interĂŠs de los aficionados y la sana competencia. Con el fĂştbol no se juega.
A Ăşltima hora del martes empezaron a producirse abandonos en el bando secesionista, con peticiĂłn de disculpas y lĂĄgrimas de cocodrilo, en algĂşn caso. La jugada maestra que iba a cambiar y salvar el fĂştbol europeo se convirtiĂł en un gol en propia meta. En esta ocasiĂłn, una defensa bien pertrechada se ha impuesto a un ataque poderoso pero demasiado impulsivo.
No es la primera vez que fracasa este proyecto de Liga europea sĂłlo para la ĂŠlite. Este Ăşltimo intento preveĂa una competiciĂłn con 15 clubes fijos (seis britĂĄnicos, tres italianos, tres espaĂąoles y otros cinco aĂşn por fijar) y sĂłlo cinco por mĂŠritos deportivos, y de forma rotatoria.
El capitalismo futbolĂstico ha alcanzado su mĂĄxima expresiĂłn. No es baladĂ que el primer financiador conocido de esta OligoLiga fuera el banco de inversiones JPMorgan, con 3.500 millones de euros. Cada club contaba con embolsarse mĂĄs de 300 millones. MĂĄs lo que obtuvieran por unos derechos televisivos carentes ya de la mĂnima cordura. Florentino PĂŠrez, uno de los motores del proyecto, aseguraba que pretendĂan salvar el fĂştbol de la ruina provocada por el COVID. En realidad, es la codicia y el gasto astronĂłmico en fichajes y sueldos multimillonarios lo que ha colocado a los clubes en esa situaciĂłn crĂtica.
UN PROYECTO NEOLIBERAL
Desde los aĂąos 80, en pleno auge del neoliberalismo econĂłmico y el conservadurismo polĂtico, se acaricia este objetivo excluyente. Si no habĂa fraguado hasta ahora ha sido, en gran parte, porque las estructuras del fĂştbol se han ido adaptado a los intereses de los mĂĄs poderosos, dejando migajas a los modestos para neutralizar el malestar.
En las Ăşltimas dĂŠcadas los clubes han dejado de ser entidades sociales con arraigo local, regional o nacional. El caso Bosman, un jugador belga que gano un pleito en los tribunales invocando la libertad de movimientos de trabajadores a primeros de los 90, dio cobertura jurĂdica a la liberalizaciĂłn total y cambiĂł el fĂştbol europeo. Los equipos mĂĄs poderosos pudieron contratar a los jugadores mĂĄs destacados, vinieran de donde vinieran.
A esto se uniĂł la liberalizaciĂłn de capitales. Los clubes dejaron de ser propiedad horizontal de los socios, aunque ya entonces unos cuantos magnates tuvieran el control efectivo de la entidad (generalmente protegidos por el poder polĂtico). Las sucesivas crisis econĂłmicas europeas favorecieron la entrada de capital extranjero, hasta acaparar el control total de las entidades. La caĂda del comunismo en Rusia y en Europa del Este y las delincuentes privatizaciones subsiguientes incubaron fortunas no sĂłlo inmensas, sino tambiĂŠn caprichosas. El fĂştbol se convirtiĂł en la pasiĂłn de algunos oligarcas rusos. Abramovich, el patrĂłn actual del Chelsea (uno de los miembros de la OligoLiga), es un caso emblemĂĄtico, pero no el Ăşnico.
El otro foco de dominio capitalista sobre el fĂştbol europeo vino de prĂncipes y jeques de las petromonarquĂas del Golfo PĂŠrsico. Estos magnates no sĂłlo compraron estudios de cine, emporios de entretenimiento o cadenas de distribuciĂłn comercial. El dueĂąo del aclamado Paris Saint-Germain es el jeque qatarĂ Nasser Al-Jelaifi. Bajo su control, este equipo inicialmente de barrio de la capital francesa, ha pasado de ser un segundĂłn francĂŠs y un don nadie europeo a convertirse en un eterno aspirante a campeĂłn continental, con un equipo construido a golpe de talonario, como el resto de sus concurrentes europeos.
Si, para sorpresa de muchos, el PSG no se habĂa apuntado a la OligoLiga, fue, probablemente, por un motivo polĂtico. Aunque participĂł en las negociaciones previas del proyecto secesionista, Al-Jelaifi es miembro de la familia que posee y dirige Qatar, paĂs que organiza el prĂłximo Mundial de FĂştbol. No era el momento de un enfrentamiento con la UEFA. Otro jeque, ĂŠste de Abu Dhabi, comprĂł el Manchester City con la ambiciĂłn de ser superar su condiciĂłn de segundĂłn y arrebatar a su rival de la ciudad el liderazgo futbolĂstico y econĂłmico.
El Manchester United, como el Liverpool o el Arsenal, tambiĂŠn dejaron hace tiempo de representar a sus comunidades. Hoy son propiedad de potentados norteamericanos que acumulan negocios deportivos en Estados Unidos. En una curiosa inversiĂłn histĂłrica, AmĂŠrica coloniza al Reino Unido.
Los chinos y otros potentados asiĂĄticos son los Ăşltimos llegados a este proceso de colonizaciĂłn del fĂştbol europeo. Dos magnates chinos se hicieron con el Inter y el MilĂĄn (aunque ĂŠste Ăşltimo es ahora propiedad de un fondo buitre americano). El tercer italiano, la Juventus de TurĂn, ha resistido el asalto extranjero. La vechia signiora sigue siendo la joya de los Agnelli, una familia noble que dejĂł hace tiempo de poseer en exclusividad la FIAT.
LA TRIADA ESPAĂOLA
El caso espaĂąol es singular. Los tres clubes en esa SuperLiga eran, por supuesto, los tres grandes (Real Madrid, Barcelona y AtlĂŠtico de Madrid). El Real ha sido uno de los promotores principales, si no el que mĂĄs. Florentino PĂŠrez, empresario de ĂŠxito y polĂtico fallido, iba a ser el primer lĂder de la OligoLiga. Un proyecto a la medida de su ambiciĂłn. Obsesionado por reunir en el club a los mejores de entre los mejores jugadores, PĂŠrez persigue un Real Madrid aĂşn mĂĄs glorioso que el de BernabĂŠu, divisa internacional del franquismo en el trĂĄnsito de la autarquĂa al desarrollismo. El Real es capricho personal y blasĂłn de sus negocios.
El Barça es un caso esquizofrĂŠnico de identidad polĂtica, ambiciĂłn deportiva y confusiĂłn social. Relegado a un papel secundario durante la mayor parte del franquismo, la apertura exterior a mediados de los setenta (llegada de Cruyff y luego de otras estrellas del exterior) le brindĂł la entrada en la ĂŠlite mundial. Cuando este primer esplendor se extinguiĂł, el club se volviĂł introspectivo y surgiĂł la ilusiĂłn del equipo de casa, de la cantera. La MasĂa fue garante de la segunda etapa dorada. Ahora, en el ocaso de Messi, el Barça intenta desesperadamente mantenerse en la ĂŠlite. Pero como no tiene dinero (el club estĂĄ endeudado hasta las cejas), sĂłlo una fĂłrmula oligopĂłlica puede salvarlo. El regreso de Joan Laporta (otro polĂtico fallido, ĂŠste con veleidades independentistas/oportunistas) personifica este empeĂąo de recuperar glorias perdidas.
El AtlĂŠtico de Madrid es el mĂĄs âpobreâ de los espaĂąoles, aspirante eterno a un trono esquivo. Bajo la senda del cholismo (apelativo de su carismĂĄtico entrenador argentino), el club se ha ganado un respeto internacional, con algunos tĂtulos secundario en su vitrina. En su dĂa fue objeto de codicia de un empresario aventurero y encausado por corrupciĂłn (JesĂşs Gil), cuya sombra aĂşn perdura en los dirigentes actuales. Su imaginario de club de los inmigrantes madrileĂąos es un tĂłpico mĂĄs del falsario mundo del fĂştbol. Cree haberse ganado una silla en la grand bouffe del futbol europeo y no estĂĄ dispuesto a perderla.
IMPOSTURA POR DOQUIER
En la protesta de los agraviados, perjudicados o marginados del proyecto oligopĂłlico hay parte de sincera y sensata indignaciĂłn, pero tambiĂŠn hipocresĂa, confusiĂłn e impostura. La palma se la llevan los ejecutivos de la UEFA, entidad gangrenada por la corrupciĂłn. Escandaliza que se rasguen ahora las vestiduras y apelen a la pureza de la competiciĂłn o a los derechos de las aficiones, cuando llevan dĂŠcadas incubando la codicia y fomentando la dictadura del dinero sobre el deporte. Si ahora han gritado al lobo es porque se sabĂan amenazados por un proyecto que los dejaba fuera.
El malestar de los clubes excluidos es tambiĂŠn discutible. Si no han formado parte de la trama oligopĂłlica no ha sido, en muchos casos, por falta de ganas, sino porque se han quedado cortos en su expansiĂłn. Temerosos del adagio del pez gordo devorador de los chicos, esos clubes han comido o debilitado a los pequeĂąos, sabedores de que era la Ăşnica manera de protegerse frente a los depredadores superiores.
En este punto, conviene destacar el caso alemĂĄn. El Bayern de MĂşnich ha sido, junto al PSG, el Ăşnico de los megaclubes que rehusĂł participar en la OligoLiga, aunque tambiĂŠn participĂł en su preparaciĂłn. Contrariamente a los ingleses o italianos, el Bayern presume de ser un equipo nacional o incluso regional (Baviera), de ser fiel a sus orĂgenes y a su aficiĂłn. Pero en Alemania ejerce una tiranĂa deportiva, acaparando a jugadores que despuntan en la Bundesliga. DifĂcilmente puede alardear de favorecer una competiciĂłn igualitaria.
Entre los futbolistas y tĂŠcnicos tambiĂŠn han destacado estos dĂas las voces crĂticas, con dudosas apelaciones al espĂritu competitivo y la meritocracia de ganarse en el cĂŠsped el privilegio de jugar las competiciones internacionales. Pero olvidan que ellos han sido cĂłmplices de esta deriva del fĂştbol, apuntĂĄndose a un darwinismo deportivo feroz, en el que los jugadores mĂĄs modestos son actores secundarios de la farsa. El futbolista de ĂŠlite se ha convertido en un rico sin escrĂşpulos, en un mercenario de lujo que elige el club que mĂĄs pague y olvida a los aficiones que otrora dijeron venerar, a la velocidad con que se incrementa su cuenta corriente. Salvo excepciones, reniegan de sus orĂgenes sociales por lo general humildes.
Finalmente, los aficionados constituyen un colectivo desigual y, por tanto, dividido. En Inglaterra, las encuestas reflejaron un rechazo al polĂŠmico proyecto de en torno al 70%. Pero si hay algo veleidoso es el fĂştbol. Y nada tan manipulable como su pĂşblico, ya sean supporters, tiffossi o hinchas. Durante aĂąos, el fĂştbol ha sido santuario del nacionalismo mĂĄs rancio (de cualquier signo y nivel) y el vivero de grupos extremistas fascistoides. A los aficionados, unos pocos violentos, muchos mĂĄs vociferantes, la mayorĂa indiferentes y solo unos pocos socialmente comprometidos, no parece haberles importado mucho que sus clubes fueran perdiendo esa identidad que ellos proclamaban defender. En esos clubes oligĂĄrquicos los futbolistas nacionales son minorĂa; y los locales, una especie a extinguir.
Nada o casi nada es limpio en el mundo del fĂştbol. Pero como dicen sus seguidores, al fin y al cabo eso mismo puede decirse de la vida en general.
