“Lo peor de la peste no es que mata a los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso” (La peste, Albert Camus). Los investigadores sociales tienen un desafío fundamental. La distinción entre la apariencia y el ser. La vida en sociedad es esencialmente apariencia (Goffman). Ya sea porque lo socialmente deseable obliga a ser Jekyll (ocultar a Hyde) y en el fondo todos tienen un cuadro estilo Dorian Gray (algunos una pinacoteca), o dado que para estar es mejor no ser ya que el siendo puede molestar. Si el mundo fuera plano el mercado de escalas psicométricas estaría de cierre.

Llegó la pandemia y desnudó. Las mascarillas se utilizan para proteger al otro. Al menos las baratas de bolsillo doméstico. Y ahí se lió el lío. Hay quienes llevan las mascarillas (yo por ti, tú por mí) a pesar del calor, la semiasfixia, la incomodidad y qué le voy a decir que no sepa ya. Otros van que no. Puede que crean que es un acto de valentía, lo evidente es que se percibe como un acto de agresión. Ahora vas por la calle y los que no las llevan despiertan antipatía y un le voy a decir algo. Aparece como una muestra externa de egoísmo. Y sube la marea. Ya van apareciendo noticias de reacciones violentas contra los desenmascarados que reparten la muerte como las palomas en la edad media. Como la ira no irá a menos ya hablaremos más.

Ya de cuerpo parlamentario presente, continúa la derecha buscando el cuerpo a cuerpo. Y ya no da más de sí tanto ensimismamiento, incluido su significado en alemán: “en-sí-misma-miento”. Dado que las competencias quedaron donde quedaron los gobiernos autonómicos están donde están. Y ya la prensa solo va de abanicarse los sofocos, dado que ni enrollados (y a los de opinión les va el rollo) les vale para dar al central en la cabeza. Como estamos con mi querido Camus, diremos aquello de “buscar lo que es verdad no es buscar lo que uno desea”. Aunque se desee mucho, mucho, mucho.

Con los cines a medio pistón, por suerte nos queda el canal parlamentario. Ya llevan tiempo que solo emiten zarzuela, algo de “Fast and furious”, la saga de “Misión imposible” y cine de catástrofes. Parece en ocasiones que han puesto un vídeo en bucle mientras están atracando el debate parlamentario. No obstante, sí se deben destacar algunas interpretaciones. Decía Nicholson en la película “Mejor imposible” (recordemos que estaba en tratamiento) el esfuerzo que le suponía parecer y actuar como una persona normal. Analizando la interpretación de la derecha y el “plus ultra” hay que subrayar como se esfuerzan. Pensé nuevamente en Albert y su “Nadie se da cuenta de que algunas personas gastan una energía tremenda simplemente para ser normales”. En este caso más para parecerlo. Pero eso según mi humilde parecer.

Para terminar, un recuerdo de la transición española, que compartimos con Camus: “Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa”. Desde el punto de vista de las fuentes del derecho hay un problema constitucional, que quedó enterrado cual fosa común. Lo expresaré en forma de cadena argumental para que se entienda. Francisco Franco fue un dictador por la gracia de Dios y solamente a él rendía cuentas. Juan Carlos I fue rey de España por la gracia de Francisco Franco, que lo fue por la gracia de Dios y solo a él rendía cuentas. Llegó el 23F y la democracia lo siguió siendo por la gracia de Juan Carlos I (gracias, gracias) que lo fue por la gracia del dictador. Si la lógica formal acompaña, Felipe González fue presidente de España por la gracia de la democracia que lo fue por la gracia de Juan Carlos I que lo fue por la gracia del dictador que lo fue por la gracia de Dios. Todo tremendamente gracioso para los agraciados.

 

Fotografía: Carmen Barrios