En estos dos meses de presidencia de Donal Trump da la sensación de que los aliados históricos de EE.UU, los países atlantistas que forman parte de su estructura militar para defender el “mundo Libre”, la OTAN, se han convertido en enemigos a batir, en compañeros de viaje molestos a los cuales se les puede ningunear, amenazar, marginar, y hasta obviar en asuntos fundamentales de la actual geoestrategia mundial. Somos patéticos según él mismo manifestó el pasado día tres de abril ante el mundo.
La UE molesta a la administración Trump, no solo por la competencia económica, por la fortaleza del euro frente al dólar o por tener criterio propio en temas como la guerra de Ucrania o el multilateralismo impuesto después de la segunda guerra mundial; les molestamos por nuestra capacidad para combinar bienestar económico y estado social con un sistema democrático basado en normas, derecho y justicia. En su camino hacia la destrucción de algunos principios fundamentales de la democracia estadounidense, como la garantía del derecho a no ser detenido arbitrariamente, la independencia de la justicia, el acatamiento de las decisiones judiciales, la libertad de expresión de numerosos medios de comunicación, la coacción a instituciones fundamentales como las universidades, el espejo de una UE con normas y derechos de la ciudadanía, les molesta, les deslumbra. Su modelo de populismo, nacionalismo y autocracia como única forma de mejorar la vida de los ciudadanos, es insostenible con la forma de vida y convivencia en 27 países que además conforman una de las tres grandes economías del mundo.
La UE ha pasado numerosas crisis, desde el chantaje de la “silla vacía” protagonizado por De Gaulle, a causa de la PAC de entonces, (1965), hasta la imposibilidad de conseguir que una constitución aprobada en el Tratado de Niza, y rechazada por el referéndum francés y de Países Bajos, fuese el eje garantista de la democracia, la paz y la libertad, en una parte fundamental de nuestro continente. De todas ellas ha resurgido como un “ave fénix”, y a pesar de ellas y de los enemigos exteriores, hoy día, sigue siendo un espacio de paz y de concordia.
En gran parte, el mérito de esta forma de vivir y convivir, además del desarrollo económico, se debe, a la “carta de los derechos fundamentales”, que se publicó en el Diario Oficial de las Comunidades Europeas el 18 de octubre del año 2000.
Dice en el preámbulo, “Conscientes de su patrimonio espiritual y moral, la Unión está fundada sobre los valores individuales y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y el Estado de Derecho. Al instituir la ciudadanía de la Unión y crear un espacio de libertad, seguridad y justicia, sitúa a la persona en el centro de su actuación”.
No son palabras huecas, es el documento de la ciudadanía europea, nuestro DNI, que algunos fuimos adquiriendo a partir de la entrada de nuestro país en el Mercado Común Europeo y hoy, desde hace decenas de años, se asume al nacer. Ser europeo conlleva tener derecho a estos principios, que son el aire imprescindible para respirar en libertad.
Sus disposiciones vinculantes, de acuerdo con el artículo 6 del Tratado de la Unión Europea tienen el mismo valor jurídico que los tratados de la UE. En sus seis capítulos y 50 artículos más cuatro disposiciones generales, queda perfectamente definida nuestra identidad. La dignidad, la igualdad, la libertad, la solidaridad, la ciudadanía y la justicia quedan perfectamente claros.
Es inaceptable que desde las más altas instituciones norteamericanas se critique y difame a la UE, el respeto institucional es fundamental para mantener y mejorar la convivencia y el bienestar en el mundo, si a eso le añadimos los intentos de desgarrar la unión desde dentro, protagonizado por la extrema derecha y la autocracia rusa, defender nuestros valores se ha convertido en una necesidad ciudadana de la cual ningún europeísta se debe marginar, es el momento para pasar a la acción, para decirles que el europeísmo es algo más que unas instituciones y tratados, es una forma de vida que vamos a defender y que no queremos perder.
