Lo mÔs moderno que se despacha ahora en el mercado de la modernidad es la disrupción, por lo que no ser disruptivo se estÔ convirtiendo en un antiguo signo de antigüedad.
La disrupción es, en sà misma, disruptiva respecto del desarrollo de la especie humana que siempre ha sido evolutiva. Trata, como su nombre indica, de romper o interrumpir abruptamente algo y se ha puesto de moda, también abruptamente. Algo disruptivo es lo que antes se llamaba rompedor, pero en moderno, ya que lo que sonaba a destructivo, ahora pretende ser creativo y, mientras cuela, cuela.
Como no podĆa ser de otra forma, esta modalidad de expresión ha sustituido a tópicos como āquĆ© fuerteā, āpara nadaā, āva a ser que noā, āun poquito de por favorā y cosas por el estilo como dibujar virtualmente las comillas en el aire con dos dedos de cada mano como si se estuvieran poniendo banderillas en un gesto muy taurino. Todo eso ha quedado tan demodĆ© como el propio tĆ©rmino ādemodĆ©ā y ahora lo disruptivo es la disrupción
Lo que no se sabe es si, en polĆtica, dejaran, tras esa disrupción, tĆ©rminos tan consolidados como pactos de estado, comisiones de investigación, servicio pĆŗblico o administración mĆ”s cercana al ciudadano, hasta ahora expresiones en cabeza del ranking de los lugares comunes.
Pero, no solo en el Ć”mbito polĆtico, sino en el cultureta, lo que en otros momentos se pudo conocer como latiniparlamentarismo, el uso de estos neologismos hace fortuna. Los espaƱoles, por ejemplo, nos hemos pasado procrastinando durante mucho tiempo sin saber que lo hacĆamos. Nos limitĆ”bamos a dejar las cosas para maƱana. Y, de pronto, empezamos a darnos cuenta de que esa falta de actividad era, en realidad, una actividad, la de procrastinar. Eso ha significado una disrupción en nuestras vidas.
En los Ćŗltimos tiempos estĆ”n surgiendo disruptores como hongos. Y, como estos, aparecen despuĆ©s de una lluvia de efectos nocivos en algĆŗn sector de la actividad humana. Es entonces cuando a alguien, despreciando el catĆ”logo de remedios tradicionales, se le ocurre dar una solución disruptiva al problema. Las mĆ”s de las veces, dicha disrupción consiste en un vino viejo en odres nuevos, pero, otras las menos apuntan vĆas para, efectivamente, revolucionar el asunto. Es entonces, cuando la masa social se agita.
Porque la disrupción no es fĆ”cil. Que se lo digan a Tezanos. El ser humano, y humana, son animales de costumbres y no les gusta que les rompan nada y, menos, la forma de hacer las cosas. El aprendizaje, es decir, el conocimiento, es un bien muy preciado y cuando se vuelve obsoleto, pierde valor. Por eso, como el resto de las cosas que tenemos las personas, nos gusta conservarlo. Se puede ir actualizando, lo que se llama evolución, pero llegar a convertirse en inĆŗtil por una disrupción sĆŗbita, es superior a lo que los humanos estamos dispuestos a soportar pacĆficamente.
De ahĆ la resistencia al cambio, pese a la cual progresa la especie debido a la tenacidad de los pioneros. Pero lo de los disruptores es algo distinto. Es como si un cirujano quisiera operar sin anestesia cortando por lo sano.
Yo sĆ© que estas ideas no son muy disruptivas y que serĆa mejor oponer soluciones disruptivas, aĆŗn a costa de su extravagancia, a ideas viejunas que es como se llaman las que tienen una antigüedad superior al del sujeto, o sujeta, que las denuncia. Pero me gustarĆa almacenar en el mismo recodo cerebral donde se guarda eso de que no es oro todo lo que reluce, lo de que no es nuevo todo lo que acaba de descubrir cualquier lumbrera.
Y luego, no sĆ© si la disrupción es de izquierdas porque se trata de un ejercicio no convenientemente igualitario. ImagĆnense a todo el mundo, todo, rompiendo cosas abrupta y permanentemente. Yo mĆ”s bien creo que los disruptores se sienten seres extraordinarios que quieren tener la exclusividad de hacer eso y a mĆ, francamente, eso me parece de derechas. La otra posibilidad, si se pretendiera la igualdad de disrupción, es que estuviera patrocinada por el maligno para acelerar la destrucción del mundo sin necesidad de esperar los efectos del cambio climĆ”tico.
Asà pues, ojo con la disrupción. Cuando oiga usted hablar de algo disruptivo, abra el baúl de sus recuerdos y compruebe a ver si se trata de algo con la misma antigüedad de la tos o se trata, simplemente, de una chorrada.
