La disponibilidad y el precio del diésel -este consecuencia en gran parte de aquel- se han convertido en la clave de las dos guerras con mayor foco de atención en el mundo en la actualidad, ambas en fase de estancamiento.
La Administración Trump es la mayor responsable del caos energético actual, por acción, omisión o interferencia. Su última ocurrencia ha sido levantar parcialmente a Rusia, de forma unilateral, sin acuerdo con los aliados, la prohibición de exportar fuel en los mercados internacionales.
Los argumentos aducidos por el extravagante inquilino de la Casa Blanca son cuestionables. Ucrania -ha asegurado- está causando un daño a agricultores y consumidores norteamericanos al atacar las refinerías rusas que producen diésel, provocando escasez en el mercado y la subsiguiente subida de precios. Trump denominó esta iniciativa como “tregua energética”. En pocas palabras, se trata de propiciar ingresos a Moscú, a cambio de un alivio indeterminado para los consumidores mundiales.
El problema es que los contendientes no forman parte de la decisión americana. Zelensky la rechazó de forma expresa y con ironía. El Kremlin reaccionó primero con un silencio sepulcral y luego con hechos. Los ataques rusos continúan: el último, este martes contra una planta en Kiev.
Para mayor descrédito de la medida trumpiana, estudios independientes acreditan que el impacto de la guerra de Irán en los mercados energéticos es algo mayor que el del conflicto ruso-ucraniano. En algo más de un año han salido de circulación un millón de barriles diarios de diésel (1).
Trump trata inútilmente de esconder su responsabilidad en una guerra que sólo él y su cómplice Netanyahu provocaron. Acostumbrado a tratar de tapar una mentira con otra mayor, Trump se termina enredando y parece fiar todo a que el pudrimiento de la crisis obligue a una salida para la que espera, llegado el momento, encontrar otro argumento falaz.
La guerra está congelada en Ormuz. Si algo ha conseguido el mando militar norteamericano es bloquear la salida de petróleo iraní, provocando una presión aún mayor sobre su economía. Esa fue la segunda fase de la guerra contra el régimen de Teherán: al no conseguir su derrumbamiento por medios militares directos, se optó por la asfixia definitiva de sus finanzas.
Los análisis más objetivos indican que Irán está sufriendo y que parte de sus élites recomienda con cierta impaciencia más flexibilidad con Washington. Pero, al parecer, en el círculo del fantasmal Mojtaba Jamenei se ha impuesto un círculo de radicales al que él se siente muy unido por trayectoria e ideología: su Consejero de Seguridad Nacional, Moshe Rezaei, y el nuevo Jefe de las Fuerzas paramilitares represivas, Hossein Taeb (2).
Según algunas fuentes, la estrategia iraní estriba en reforzar el sistema de resistencia económica contra las sanciones occidentales, que el régimen implantó hace 15 años, y provocar una derrota republicana en las elecciones de medio mandato a primeros de noviembre, que imprima un cambio de guión en la administración estadounidense. Cálculos arriesgados, si es que son ciertos.
YEMEN, DERIVA COMPLICADA DE LA GUERRA CONTRA IRÁN
La cuestión es que la guerra de Trump/Netanyahu excede la solapa iraní. Uno de los principales aliados de Teherán, y desde luego el más solvente, los huthíes yemeníes han puesto en jaque al aliado hasta ahora preferente de Washington en la región: Arabia Saudí.
Esa guerrilla de inspiración chií heterodoxa lleva más de diez años desafiando el orden en la Península arábiga. Ha ido conquistando y estabilizando posiciones en Yemen, ninguneando al Gobierno oficial y humillando a las dos potencias zonales: las petromonarquías saudí y emiratí. El mayor éxito de los huthíes ha sido quizás haber propiciado la quiebra en las relaciones entre Riad y Abu Dhabi, ya muy tensionadas por sus diferencias en otros conflictos cercanos y, en particular, en el Mar Rojo y África Oriental.
Arabia y los Emiratos ya no sostienen la misma estrategia en Yemen. Ambos quieren la derrota de los huthíes pero no defienden las mismas alternativas de poder. Riad sigue apostando por un gobierno mal llamado central (que es, en realidad un títere), mientras Abu Dhabi apuesta por unas guerrillas centrífugas sin que se perciba bien su estrategia, más allá de dañar los intereses saudíes.
Envalentonados por sus triunfos militares y políticos, los huthíes han seguido avanzando hasta conquistar el estratégico puerto suroriental yemení de Mokha, que es vital para el control del estrecho de Bab-el-Mandeb, punto de conexión de la salida del Mar Rojo al Océano Índico. Con el bloqueo parcial de Ormuz, este enclave se convirtió en la alternativa para asegurar la exportación parcial de crudo de los productores regionales al resto del planeta.
Irán ha degradado la victoria pregonada por Trump en una farsa. Aunque Teherán se cuida de no implicarse directamente en las operaciones huthíes, la alianza existe y funciona con un nivel de eficacia más que notable.
Los huthíes han alcanzado un umbral psicológico inaceptable al cobrarse éxitos militares en el interior de Arabia Saudí (zona marcada en rojo en el mapa). Refinerías e instalaciones petroleras han sido dañadas considerablemente. Pero lo que ha provocado un mayor efecto negativo en el ánimo de la población han sido los ataques con misiles contra el aeropuerto de Riad, que han provocado más de una docena de muertos y su cierre momentáneo, justamente cuando el régimen se disponía a inaugurar una Conferencia Internacional de inversores, clave para sus proyectos de futuro económico del país, el proyecto 2030, del Príncipe heredero y hombre fuerte de facto, Mohamed Bin Salman (3).
Sorprende que Arabia Saudí, octavo país del mundo en compra de armamento, cliente privilegiado de la industria militar norteamericana y poseedora de los mejores sistemas antiaéreos del mundo (los Patriots), no haya sido capaz de defenderse mejor frente a un adversario, que por muy apoyado que esté por Irán, no deja de ser una guerrilla, sin la capacidad de un Estado funcional.
El sentido de indefensión, humillación y desprestigio debe ser profundo en el Reino. Decía el Wall Street Journal hace unos días que el propio Bin Salman se movía por Palacio rodeado de escoltas por temor a un atentado. Sea esto cierto o no, parece evidente que hay una sensación de vulnerabilidad inédita en Riad.
Las cosas pueden empeorar si el Príncipe heredero no endereza la situación militar en Yemen. Es mal síntoma que la demanda de ayuda a Washington haya caído en saco roto. Se ignora por qué Trump ha vuelto la espalda a Bin Salman, cuando contaba con hacer negocios muy fructíferos con la petromonarquía.
Algunos analistas atribuyen este enfriamiento a la posición saudí en el conflicto palestino-israelí. Riad sigue dando largas a su incorporación al eje Abraham, muy insatisfecho con Washington por su gestión del posgenocidio en Gaza. En este asunto, se evidencia, y no es cosa menor, la quiebra entre Riad y Abu Dabhi. Los emiratíes le siguen el juego a Trump; los saudíes, con una vocación de líderes espirituales del mundo árabe e islámico sunní, no (4).
EL INFERNAL MAPA DE CONFLICTOS EN EL MAR ROJO
Hay otros factores que están operando en esta ruptura de antiguos socios en la región. Arabia Saudí y Emiratos apuestan por bandos distintos en las dos guerras más calientes y peligrosas de África en estos momentos, ambas en las cercanías del limítrofe Mar Rojo: Sudán y Etiopía. El siguiente cuadro sinóptico resumen el tablero de alianzas que están operando en esta zona:
Este tramado de conflictos y alianzas (informales más que formales) responde a una tradición muy inveterada en África: los enemigos de mi adversario son mis amigos. Si una pieza se altera, el tablero entero se modifica (5). En ningún sitio esto ha sido más claro que en Etiopía.
El actual gobierno central del Premio Nobel Abiy Ahmed se enfrenta de nuevo a la rebelión de los secesionistas de la región norteña del Tigré. Una campaña militar anterior en 2022 concluyó sin resultados claros, aunque favorables al régimen de Addis Abeba. Previamente, Abiy había conseguido pacificar las relaciones con la vecina Eritrea, un país ahora independiente pero que hasta 1991 había formado parte de Etiopía. Se da la circunstancia de que Abiy lideró una coalición de partidos regionales opuesta a los gobernantes etíopes desde los años 70, originarios del Tigré. Abiy y el Presidente eritreo, Isaías Afwerki, fueron cercanos durante años. Pero las pretensiones del líder etíope de recuperar la salida del país al mar, perdida con la secesión eritrea, y otras pretensiones hegemónicas acabaron con esa amistad y puso al régimen de Asmara contra el de Addis Abeba.
Un enrevesado juego de tronos que ha implicado a los países vecinos del cuerno de África. Somalia ya era enemigo tradicional de Etiopía desde la guerra fría. En Addis Abeba, un gobierno militar marxista había derribado al Emperador Haile Selassie, mientras en Mogadiscio mandaba el prooccidental Siad Barre. Por contra, la región de Somaliland se separó de la caótica disciplina del gobierno somalí en 1991, acercándose a Etiopía por razones prácticas.
Egipto se ha convertido en un enemigo de Etiopía por la gestión del Alto Nilo. La gran presa del Alto Nilo perjudica los regadíos egipcio. El gobierno de Sudán se alineó con el de El Cairo en este conflicto. De ahí que cuando el Ejército sudanés, auténtico patrón del país, se fracturó entre las fuerzas regulares y las especiales, los rebeldes encontraran apoyo informal del gobierno etíope.
Y luego entraron los países de la Península Arábiga y sus aliados. Arabia Saudí se ha posicionado a favor del Presidente de facto y jefe del Ejército regular de Sudán Abdelfatah al-Burhan, debido a intereses compartidos desde hace mucho tiempo. En consecuencia, se ha situado en el bando contrario al gobierno central etíope. En cambio, Emiratos se posicionó claramente del lado de las Fuerzas especiales de Soporte Rápido (RSF), comandada por el general Dagalo, conocido por su apoyo (Hemedti), al que ha brindado dinero y armas.
El alineamiento opuesto de las dos petromonarquías del Golfo ha colocado a Israel junto a los Emiratos y el Gobierno central etíope (por lo demás contrario a una hegemonía musulmana en la región), mientras que Turquía se ve vinculada a Arabia Saudí por su afinidad sunní y, recientemente, por el Pacto de la Meca, que forja una imprecisa solidaridad defensiva entre ambos países y Pakistán.
Conclusión: Occidente se ve atrapado en las contradicciones de unas guerras estancadas que no puede o no sabe cómo terminar, mientras la trampa energética provoca empobrecimiento y malestar creciente en sus poblaciones.
(1) “Which war is having the biggest impact on diesel prices – Iran or Ukraine?”. BEN CHU. BBC, 12 de octubre.
(2) “Iran’s theory of Victory”. NARGE BAJOGHLI & VALI NASR. FOREIGN AFFAIRS, 9 de octubre
(3) “Why are the Houthis attacking Saudi airports and how are the missiles getting through”. JASON BURKE. THE GUARDIAN, 12 de octubre.
(4) “Why the Gulf’s most powerful countries are at odds. A feud between Saudi Arabia and the UAE will have far-reaching consequences”. THE ECONOMIST, 17 de febrero.
(5) “The New Red Sea Wars.Conflicts in the Middle East and the Horn of Africa Have Become Inseparable” ALAN BOSWELL. FOREIGN AFFAIRS, 6 de octubre.



