Las campañas electorales en Madrid siempre son especiales. Esta es la capital política, económica y mediática de España. El signo del gobierno se dirime con márgenes muy estrechos de votos. Y la contraposición de modelos es intensa, en lo ideológico, en lo político, incluso en lo moral.

En Madrid siempre se juega fuerte.

Esta campaña de 2021 tampoco ha defraudado. Vuelve a haber mucho en juego, en emociones y en razones. Ayuso convocó estas elecciones para consolidar su alianza con la ultraderecha que no esconde su nostalgia del franquismo. El odio sembrado en discursos y en carteles comienza a fructificar en agresiones muy serias.

Es lógico que la emocionalidad se dispare de cara a la votación del 4 de mayo. Ya no se trata solo del gobierno de Madrid. Se trata de defender la propia convivencia democrática, nada menos.

Pero junto a las emociones también hay buenas razones para apostar por el cambio en esta comunidad, cuya razón de ser se encuentra precisamente en la prestación de servicios y políticas públicas.

Diez razones, al menos.

Somos la última comunidad en gasto público por habitante en sanidad y la primera en gasto destinado al aseguramiento privado. La salud de los madrileños, por tanto, depende de la cuenta corriente de cada cual, en mayor medida que en cualquier otro territorio de España.

Somos también la última comunidad en gasto público educativo y una de las regiones con las tasas universitarias más caras. La relación entre enseñanza de calidad e igualdad de oportunidades, entre igualdad de oportunidades y justicia social, es muy directa.

Madrid no puede seguir confiando su modelo productivo y su capacidad de generar empleo a los servicios sin cualificación. Cada año perdemos músculo industrial en favor de la especulación inmobiliaria y financiera, y esta involución afecta a la calidad de los puestos de trabajo.

Esta es la comunidad de las grandes desigualdades. La comunidad de la Moraleja y de la Cañada Real, del dispendio millonario y de los niños sin calefacción, de los ricos sin impuestos y de las colas del hambre. De los jóvenes sin vivienda social y de la venta de vivienda social a los fondos buitres.

La comunidad también de los desequilibrios territoriales, en la que todo lo que queda más allá de la M-30 parece no existir ni importar a su gobierno. Alcaldes y alcaldesas que no son recibidos en Sol, municipios ignorados por su pequeñez, infraestructuras y equipamientos postergados año tras año, lustro tras lustro…

La comunidad de la corrupción por doquier. No hay región europea con más cargos públicos por metro cuadrado investigados, procesados, condenados, encarcelados… La nomenclatura policial y judicial agota el surtido de títulos para los sumarios: gurtel, púnica, lezo, bárcenas…

Problemas para los más jóvenes, con educación desigual, con universidad cara, con empleo precario, con vivienda inaccesible… Y problemas para los más mayores, con listas de espera en la sanidad, con servicios sociales depauperados, con residencias sin medicalizar…

Entre la displicencia y el negacionismo en lo relativo al medio ambiente. A juicio de la derecha gobernante, vivir a la madrileña debe incorporar la inhalación inexorable de los malos humos.

El mayor estímulo cultural de nuestros gobernantes autonómicos consiste en invitar a su gente a salir de cañas, por eso se da la espalda al formidable tejido de creadores y creadoras en nuestra región.

Y la creciente influencia ultra afecta a las políticas de igualdad. Negar un problema es la primera condición para no resolverlo. Lo pagan las mujeres madrileñas.

Son buenas razones para el cambio.

Y el cambio o la continuidad dependen de un solo factor: de cuántos progresistas vayan a votar el día 4.

Está en nuestra mano.