La metodología de la revista Forbes para realizar su lista de milmillonarios del mundo es una instantánea de la riqueza, utilizando los precios de las acciones y los tipos de cambio del 11 de marzo de 2022. Para entrar en ella, se necesita un patrimonio neto estimado de mil millones de dólares por persona, valorando una variedad de activos, incluidas empresas privadas, bienes raíces, y arte, entre otras cuestiones.

Este año, el número de milmillonarios es de 2.668 personas frente a las 2.755 del año pasado. Esta reducción del número total obedece a las consecuencias de la pandemia, la guerra y la caída de los mercados bursátiles. En total, 329 personas han salido de la lista, la mayor cantidad desde la crisis financiera de 2009. Y 236 personas han entrado en ella. Aunque 1.050 milmillonarios son más ricos que hace un año.

En lo que respecta al valor conjunto de las fortunas, también se ha reducido. Este año es de 12,7 billones de dólares frente al récord de 13,1 billones de dólares del año pasado.

En este contexto, la revista Forbes destaca que:

  • La invasión de Ucrania y las sanciones que se han impuesto a Rusia ha provocado que 34 milmillonarios rusos salgan de la lista, y que la fortuna de los 83 rusos que están en ella haya caído en 264.000 millones de dólares. De los 584.000 millones de dólares en 2021 a 320.000 millones de dólares este año.
  • Hay 87 ciudadanos chinos menos en la lista de 2022, según Forbes, como consecuencia de la represión del gobierno contra las empresas de tecnología, los problemas en el sector inmobiliario, y la bajada de las acciones. Las 607 personas que permanecen tienen 540.000 millones de dólares menos que hace un año, al pasar de 2,5 billones de dólares en 2021 a 1,96 billones de dólares este año.
  • Por países, Estados Unidos continúa en primer lugar con 735; China sigue en segundo lugar, con 607 (incluidos Hong Kong y Macao); India (166); Alemania (134) y Rusia (83).
  • Hay 327 mujeres multimillonarias en la lista, lo que supone el 12 por ciento del total. Y 86 personas menores de 40 años.
  • De las 10 personas más ricas, 8 son estadounidenses, una francesa y una india. Elon Musk, 219 mil millones dólares; Jeff Bezos, 171 mil millones de dólares; Bernard Arnault, 158 mil millones de dólares; Bill Gates, 129 mil millones de dólares; Warren Buffett, 118 mil millones de dólares; Larry Page, 111 mil millones de dólares; Serguéi Brin, 107 mil millones de dólares; Larry Ellison, 106 mil millones de dólares; Steve Ballmer, 91,4 mil millones de dólares; y Mukesh Ambani, 90,7 mil millones de dólares.

La desigualdad continua creciente y la concentración de la riqueza también. A pesar del cambio de rumbo de organizaciones como el FMI, que afirma que está preocupada por la desigualdad y demanda su reducción para generar oportunidades y hacer más progresivos los impuestos y que paguen más los que más tienen. O de propuestas, como las de los países del G-20 de implantar un impuesto mínimo de sociedades a escala global, para que la economía “se desarrolle con más igualdad de oportunidades” y “estimule la innovación, el crecimiento y la prosperidad”.

La falta de voluntad en algunos casos, la lentitud de actuaciones que reparen las desigualdades, y, en otros casos, la pandemia o las consecuencias de las guerras, están multiplicando las protestas a lo largo y ancho del planeta.

El malestar causado por la desigualdad cotidiana tiene que corregirse, porque si no se hace con urgencia, vamos encaminados, más temprano que tarde, hacia un estallido social global y hacia una debilidad extrema de la democracia como sistema político que ordena nuestra convivencia. Debilidad que concluirá con la muerte de una democracia que no puede sobrevivir sin libertad ni igualdad.

Hay que hablar claro y sin tapujos. La fiscalidad hay que hacerla justa, progresiva y suficiente, si se pretende conseguir un modelo económico y social donde el bienestar sea una realidad en la vida de todas las personas. Y donde, las administraciones públicas cuenten con recursos para atender las necesidades de la población más vulnerable y de sectores que se pueden ver afectados por coyunturas temporales adversas, como una pandemia o la guerra.

Hay que repetirlo una y otra vez. Cuando la minoría más poderosa económicamente se siente desvinculada del contrato social y del resto de la sociedad, y utiliza su riqueza solo para su propio beneficio individual y para proteger sus privilegios, hay un periodo histórico de anestesia social, donde se sufren e incrementan las desigualdades, sin ningún tipo de respuesta o con una respuesta minoritaria.

Pero llega un momento, en el que ya estamos, que de no ser corregida la insoportable desigualdad que padecen capas cada vez más amplias de la población, la ruptura del sistema está servida. Y con ella, el conflicto social, y quien sabe si el fin del mundo de privilegios en los que esta minoría ha vivido las últimas décadas.

¿Porqué? Porque si estas elites no respetan la parte del contrato social que les vincula, la mayoría, que solo quiere vivir dignamente, puede decidir que ellos tampoco se sienten vinculados. Con lo cual, el desastre está servido.

La desesperación y la indignación crecen, porque además miles de millones de personas, que sufren penurias, ven en directo la ostentación y cómo viven en la opulencia unos pocos. ¿Cómo es posible que no se reaccione ante una realidad donde el hambre mata a 2,1 millones de personas al año, según Oxfam? ¿Cómo es posible que la desigualdad contribuya a la muerte de una persona cada cuatro segundos y como si nada? ¿Cómo es posible que 155 millones de personas pasen hambre en el mundo?

La mayoría de la población quiere cambios urgentes que mejoren su bienestar diario. Y si la democracia no se los da, los buscaran en otros caminos. De ahí, la necesidad de actuaciones urgentes ahora, ya, a nivel global, nacional y local para corregir las graves consecuencias que están provocando el incremento exponencial de la desigualdad y la exclusión en el mundo desigualdad.

La acumulación de la riqueza en un número tan reducido de personas sin que existan contrapesos impositivos tiene consecuencias destructivas para la sociedad, tanto desde el punto de vista social como económico. Y son la evidencia de un debilitamiento de la democracia que puede acabar con ella.

El cambio de rumbo que se necesita en estos momentos nos lleva ineludiblemente a un nuevo contrato social o habrá conflictividad global. ¿Qué nuevo contrato social? Uno que ponga la dignidad de las personas y su bienestar en el centro de las decisiones, junto con la conservación del planeta y el control del capitalismo globalizado y de su variante de capitalismo de vigilancia que está emergiendo.

El planeta y todos los habitantes del mundo saldrán beneficiados, especialmente los más pudientes que podrán disfrutar de su riqueza con mayor libertad y seguridad. ¿Entonces? a que esperamos.