El 66,2 por ciento de los españoles cree que España podría verse involucrada en una guerra en los próximos años, y señalan a Rusia, un 57 por ciento; Marruecos, un 42,2 por ciento, o Estados Unidos, un 30,4 por ciento, como potenciales adversarios, según la encuesta sobre “miedos e incertidumbres” realizada, en noviembre de 2025, por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).
¿Qué está pasando para que dos de cada tres españoles piense así? Pues diciéndolo en lenguaje castizo, que “están al loro” de lo que está pasando en el mundo.
El Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock) fue creado por la Junta del Boletín de Científicos Atómicos en 1947. Su origen está ligado a científicos que habían trabajado, directa o indirectamente, en el entorno del Proyecto Manhattan, que tuvieron la intención de advertir a la sociedad sobre los peligros de la nueva era tecnológica y militar.
El reloj utiliza la “medianoche” como símbolo de la destrucción global provocada por la acción humana (guerra nuclear, colapso climático, crisis biológicas o fallos tecnológicos sistémicos) y el tiempo que queda, en segundos o minutos, antes de la medianoche como un indicador que alerta de lo cerca que nos encontramos de la extinción, o de una catástrofe global.
Cada año el reloj se reajusta o se mantiene, tras un proceso de deliberación del Science and Security Board del Boletín, en consulta con su Board of Sponsors, que incluye premios Nobel, donde se evalúan las tendencias y hechos del último año.
Esta semana, el Boletín de Científicos Atómicos (Bulletin of the Atomic Scientists) movió las manecillas del Reloj del Juicio Final hasta los 85 segundos para la medianoche. 85 segundos para la media noche supone el punto más cercano jamás registrado desde que el indicador se creó en 1947, incluso más cerca que en los años más tensos de la Guerra Fría, cuando llegó a situarse a dos minutos.
En 1947, en su inicio, el reloj del Juicio Final se situó a siete minutos de la medianoche. Un comienzo alarmante, que sin embargo llegaría a su primer punto de casi no retorno en plena Guerra Fría, cuando en el año 1953 el reloj se situó a 120 segundos, es decir, dos minutos, en pleno carrera nuclear. Ese año fue durante décadas el símbolo máximo de proximidad al desastre de la humanidad.
El tiempo para la medianoche se ha ido ajustando al compás de los grandes cambios en la política internacional: la firma o ruptura de tratados, las crisis y las carreras armamentísticas. Y, desde comienzos de este siglo, su cálculo también incorpora factores como el cambio climático, las amenazas biológicas y los avances tecnológicos disruptivos.
En este sentido, en 1963, el reloj se situó en los 12 minutos, como consecuencia del Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares. Una distención que llevó en el año 1991 a los 17 minutos con el fin de la Guerra Fría. Sin embargo, con la llegada del nuevo siglo, y especialmente durante esta década, la tendencia ha cambiado peligrosamente hasta acercarse en estos momentos al peor escenario desde su creación. En 2020, el reloj estuvo a 100 segundos; en 2023 a 90 segundos; en 2025 a 89 segundos; y en este 2026 a 85 segundos.
85 segundos para la medianoche en 2016 ¿Por qué?
La Junta del Boletín de Científicos Atómicos llega a esta conclusión por distintos factores que agrupan en cuatro bloques, y donde una mala interpretación, o error de cálculo puede llevar al desastre:
- El riesgo nuclear. El mayor riesgo en un escenario de escalada armamentística, con conflictos como la invasión de Rusia a Ucrania, los ataques fronterizos entre India y Pakistán, o el deterioro de la situación en Irán.
- La crisis climática continuada, que se ha convertido en un gran multiplicado de riesgos al desplazar población, tensionar a los Estados y aumentar la fragilidad social.
- Las amenazas biológicas, donde enumeran cuatro desarrollos que, en conjunto, elevan el riesgo de una bio-catástrofe: investigación en “mirror life” autorreplicante (vida espejo); herramientas de IA capaces de facilitar el diseño de amenazas biológicas; riesgo vinculado a programas estatales de armas biológicas, y desmantelamiento o debilitamiento de esfuerzos de salud pública, señalado explícitamente el contexto estadounidense.
- Las tecnologías disruptivas: IA en decisiones críticas y un ecosistema informativo degradado. Se alerta del crecimiento de aplicaciones en procesos críticos, en especial en ámbitos militares, y del problema adicional que supone la incertidumbre sobre la fiabilidad de modelos que pueden “alucinar” o errar con una confianza engañosa.
Un elemento que también destaca la junta es el hecho de que en Estados Unidos se revocó una orden ejecutiva previa sobre seguridad de IA, y lo interpreta como una señal de que la carrera por innovar puede ir por delante de las garantías. Junto a lo anterior, también señalan la capacidad de la IA para potenciar desinformación y manipulación, dificultando el debate público y la gestión de riesgos tan serios como la guerra, las pandemias o el clima.
La Junta del Boletín de Científicos Atómicos, con el Reloj del Juicio Final, nos ha puesto frente a un espejo de marca 85 segundos para la medianoche. 85 segundos para la extinción. Pero junto a ello, también pide medidas concretas como limitar los arsenales nucleares, actuar frente a la crisis climática, firmar acuerdos multilaterales frente a las amenazas biológicas, y crear directrices internacionales sobre el uso de la IA.
En 1953, el mundo temía que dos bloques se destruyeran mutuamente y a la humanidad. En 2026, el peligro ya no depende de uno o dos botones, sino de un conjunto de crisis (nuclear, climática, biológica y tecnológica), que interactúan entre sí y se refuerzan mutuamente.
Por ello, en un contexto caracterizado por las rápidas transformaciones, por la convergencia de amenazas diversas, por una mayor agresividad y nacionalismo en los países más fuertes, y por una cooperación internacional muy debilitada, la humanidad, debe realizar una reflexión profunda y una adaptabilidad sin precedentes. De lo contrario, la extinción.
