La constitución de la nueva Asamblea de la República ha pulverizado las encuestas: el Nuevo Frente Popular, capitaneado por Melenchon, es el grupo mayoritario, seguido por el grupo de Macron y quedando el Reagrupamiento Nacional de Le Pen en tercer lugar. Le siguen los Republicanos o gaullistas, partido fundador de la V República. Un cuadro indicativo de cómo en Francia el conservadurismo electoral se ha ido diluyendo en la última década a favor de otras fuerzas políticas tanto de derecha radical o rupturista como de una izquierda equivalente. Me refiero al Nuevo Frente Popular, izquierda radical, y al Reagrupamiento Nacional, derecha rupturista. Ambas fuerzas, que representan a la Francia disconforme, han sumado el 58% del voto emitido y están en constante crecimiento, como así lo acredita su elevada representación en la Cámara legislativa, 325 diputados, en contraste con el declive de las demás fuerzas presentes en la misma. Y, sin perjuicio de las decisiones políticas que se produzcan en días venideros, sin descartar, entre ellas, otro cordón sanitario en la Asamblea alrededor de parte del Frente Popular, creo que ello debería mover a la autocrítica en el seno del stablishment francés y de la Unión Europea con el fin de realizar una profunda reflexión para realizar los cambios necesarios que mitiguen el descontento y restauren los equilibrios en una sociedad muy radicalizada.

 Desde mi punto de vista, lo ocurrido en Francia tiene tal trascendencia que no puede ser despachado con farisaicos rasgados de vestiduras ni afirmando que esos dos grandes grupos de la Asamblea son ultraderechistas o xenófobos, los unos, y peligrosos izquierdistas anarquizantes, los otros, porque parece claro que la extensión social de ambos, la composición de su electorado y su presencia significativa en todo el territorio francés indican que hay mucho más, que es lo que habría que analizar para, en su caso, corregir el rumbo de la política francesa, y me atrevo a decir que europea en general. Desde luego, para los españoles, lo que está ocurriendo en el país vecino tiene un gran interés, debido a que Francia es la segunda potencia de la UE con la que tenemos lazos importantes de todo tipo, aunque esas elecciones francesas no hayan merecido aquí la atención debida por causa de nuestras propias desavenencias políticas.

DEL EJE FRANCO-ALEMÁN A LA DECADENCIA DE FRANCIA

El entendimiento de Francia y Alemania, que estuvo en el origen del proyecto común europeo, pretendía desterrar del Continente el enfrentamiento entre ambas potencias y las secuelas dramáticas del mismo caracterizadas por las derrotas militares de Francia, iniciadas con la Guerra Franco-Prusiana de 1870 y culminadas con la Segunda Guerra Mundial en la que el país galo fue ocupado íntegramente por su vecino germano. Y es por eso que dicho entendimiento fue recibido con grandes esperanzas en la Europa que tenía que ser reconstruida en aquella época, finales de los años 50. El proyecto dio sus frutos y alumbró un modelo político y económico que actuó como una locomotora para establecer las bases de la libertad y el bienestar en un Continente víctima de las querellas de sus potencias principales. De hecho, se exhibía como ejemplo y alternativa democrática en los años duros de la Guerra Fría.

Pero el mar apacible de ese proyecto común europeo empezó a alterarse a principios de los años 90 del siglo pasado por causas diversas de las que quiero destacar tres: el final de la Guerra Fría con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, la reunificación de Alemania y la influencia creciente de las doctrinas y prácticas del capitalismo financiero importado del mundo anglosajón. Desde entonces nada iba a ser igual y Europa en su conjunto entró en una deriva de políticas neoliberales, que conspiraron para corroer la estabilidad política y social que había sido la divisa de las décadas anteriores. Y la clase dirigente francesa, republicanos o gaullistas y socialistas, no quiso o no pudo evitar la ejecución de tales políticas sin calibrar que, con ellas, su país perdió el estatus de igualdad con Alemania, convirtiéndose en vicario de los intereses germanos.

MANTENER LA CEGUERA NO ES SOLUCIÓN

Aunque Alemania continuó tratando a Francia con deferencia, sobre todo como imagen hacia el exterior, la decadencia de su país pasó a ser una preocupación creciente de los franceses, que observaban cómo sus valores, los tan traídos y llevados valores republicanos, eran puestos en almoneda por la mundialización y las políticas comunitarias. El proceso ha sido constante hasta acelerarse a principios de este siglo con la crisis de 2008 y las políticas de la Unión Monetaria sin que los gobiernos franceses consiguieran evitar los malestares sembrados en amplias capas sociales de la población, que son las que han terminado por poner sus ojos en las propuestas de las dos fuerzas más importantes de la Asamblea francesa recién elegida. Al principio, ese viraje no se tomó demasiado en serio y se le combatió en 2017 con la plataforma que promovió Macrón, aprovechando la crisis de socialistas y republicanos con el fin de crear la República en marcha, que era el lema prometedor de cambios para mejorar la vida de los franceses.

A la vista está que eso no ha sucedido y ya hubo un aviso muy serio en las elecciones presidenciales del año 2022, en las que Macrón fue salvado por la ayuda inestimable de gran parte de la izquierda francesa. Ayuda que tampoco le ha faltado ahora para no sufrir una derrota humillante. Pero el Presidente y su frágil mayoría no han sido capaces de evitar que las dificultades de los franceses hayan crecido en lugar de menguar, adobadas ahora con la inseguridad que atenaza a toda la nación, pero especialmente a sus clases medias y populares. En consecuencia, los electores disconformes, que han continuado recibiendo los mensajes tecnocráticos, trufados con la jerga financiera perteneciente a un mundo incomprendido para la mayoría, han optado por apoyar mayoritariamente a dos opciones que se salen de ese marco general. Esas son las evidencias que apuntan hacia un horizonte de cambios en ese país con un probable efecto multiplicador en otros en el seno de la UE. Por eso creo que los dirigentes franceses y europeos harían bien en despojarse de anteojeras y de los latiguillos al uso, para ponerse a analizar con rigor las consecuencias de tantos desvaríos, abandonando valores y políticas que en verdad hicieron prósperas y seguras a las democracias del Continente. Mantener la ceguera ya nos está indicando adónde se va.