Mario Benedetti me presta sus versos, una empalizada de palabras para defender los derechos humanos como una trinchera, como se defiende la alegría. Defenderlos del «escándalo y la rutina, de las ausencias transitorias, como un principio, defenderlos del pasmo y las pesadillas, de los graves diagnósticos, defenderlos como una bandera (…)». Porque esa es la principal bandera de la humanidad. Porque la defensa de los derechos humanos es lo que diferencia una sociedad democrática de la selva fascista. Es defender la vida, como se defiende la alegría, como se defiende la risa, como se defiende la esperanza frente al miedo, que muta en odio puro y arrasador.
Los derechos humanos son un hecho civilizatorio de avance en el proceso evolutivo, que entronca con el primer hecho civilizatorio de la historia de la humanidad, que es cuidar, cuidar unas de otros y otros de unas, cuidar con profunda empatía humana a las personas que lo necesitan, sin mirar procedencia, clase social, raza, orientación sexual, género, ideología o religión. Y esto es lo que hace grande a una sociedad democrática, esto es lo que de verdad hace grande a España: cuidar a los que «no hay razón que los condene a andar sin manta». Cuidar es acoger.
Lo de Ceuta es ante todo un reto humanitario de dimensiones siderales en el que hubo 142 fallecidos en el intento de cruzar a nado a la ciudad autónoma y, en el transcurso de los días, un niño con diabetes severa ha fallecido en uno de los centros de acogida. Y se ha convertido, además, en un reto político enorme para este Gobierno de coalición progresista, cuyas consecuencias no sabemos todavía. Porque, por lo que se va conociendo, hay muchos actores implicados, externos e internos, bien coordinados y elementos oportunistas que se suman a la estrategia del «que pueda hacer, que haga».
Estamos asistiendo a un golpe de Estado elaborado paso a paso. De una crisis que se podría haber solucionado con la cooperación entre Administraciones −como se ha hecho con otras crisis− se ha pasado a una situación de bloqueo por parte de las Administraciones que gobiernan PP y Vox. Y en esta estrategia incluyo al Gobierno de la propia ciudad autónoma cuyo presidente, el señor Vivas, pone más palos en las ruedas que manos e intención para solucionar la crisis. Existe una intención clara de alargarla, deshumanizando a los migrantes para convertirlos en chivos expiatorios de todos los males.
La secuencia pone los pelos de punta. Se aprovecha una sentencia judicial para difundir un bulo masivo por las redes sociales y convocar a miles de personas desesperadas en la frontera sur de la Unión Europea frente a Ceuta. Todo apunta a que fueron convocados por las redes que manejan las «fuerzas oscuras del orden negro», que representan los Trump, Netanyahu, Musk, Putin, etc., y que los marroquíes bien ayudaron, bien fueron sobrepasados por el río humano. Ninguna agencia de inteligencia, ni nacional ni internacional, alertó a España de la magnitud de lo que estaba pasando. Estas fuerzas oscuras no tienen empacho en utilizar seres humanos desesperados; aunque, como en el caso de Ceuta, mueran decenas en el intento, para ellos son seres desechables. Los convierten en arma política para intentar dar el golpe definitivo a un país díscolo con los intereses hegemónicos del sheriff de dos pistolas del capitalismo global. Y es que Trump tiene prisa por rendir a España antes de las elecciones de medio mandato, porque nuestro país es la aldea gala que planta cara con un modelo democrático y humano. Y no lo soporta.
La posición de España de defensa del derecho internacional y los derechos humanos en el genocidio de Gaza, su negativa a aumentar el 5 % en gasto militar como país dentro de la OTAN, su negativa a que Estados Unidos use las bases americanas en España para su guerra ilegal de apropiación de recursos emprendida contra Irán, así como, en el plano interno, su defensa de los derechos humanos en la regularización reciente de migrantes en España, al igual que todas las políticas públicas de carácter socialdemócrata desplegadas para proteger y ampliar derechos democráticos en el empleo y multitud de ámbitos sociales, choca de forma frontal no solo con los intereses económicos del conglomerado empresarial de capitalistas furiosos que hoy gobierna los Estados Unidos, sino también con sus intereses ideológicos. Porque España en la actualidad, pese a todas las mentiras que digan, es un país de éxito cuyas políticas democráticas de inversión en derechos desmontan todos los mantras del fascismo, porque funcionan tanto en el plano económico como en el social, y es un espejo en el que puede mirar cualquier estadounidense y ver muy feo el reflejo de su país.
Lo que muchos analistas llaman tecnofascismo se está manifestando en directo y a bombo y platillo en la crisis desatada en Ceuta. Naomi Klein señala a Trump y sus secuaces como los cabecillas de lo que ella denomina el «fascismo del fin de los últimos tiempos», porque en un mundo en el que «el calentamiento global se ha vuelto innegable, lo último que queda por negar es la humanidad de nuestros semejantes». Estos nuevos supremacistas, capitanes de élites empresariales aliados con sectores religiosos ultraconservadores de cristianos evangélicos, tienen en sus manos el hecho diferenciador de acaparar un poder tecnológico de control comunicacional arrasador, armas nucleares y más riqueza propia e individual que muchos Estados del planeta. Y lo quieren todo para sí, no ofrecen nada, porque nada les importa la casa común ni el planeta; todo es esquilmable para su beneficio.
En su locura depredadora «apuestan por un mundo en el que sobrevivan pequeños grupos», sus pequeños grupos. El propio Musk afirma «salvaguardar el destino de nuestra especie convirtiéndonos en multiplanetarios», solo si se es suficientemente rico. Basta poner como ejemplo la Argentina de Milei o la América de Trump para ver el destrozo ecológico y social y la profunda degradación democrática y humana que están sufriendo esos dos pueblos. A esto es a lo que nos enfrentamos las personas que amamos la democracia, y defendemos los derechos humanos como una trinchera. Humanidad o fascismo.
El presidente Sánchez ante el Parlamento
En la comparecencia parlamentaria del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, quedó bastante claro que PP y Vox pertenecen a esas fuerzas oscuras, se manifestaron como auténticos escuadristas del orden negro. Trabajan a pleno rendimiento para hacer un uso espurio de la crisis ceutí. La ciudadanía de Ceuta les importa un bledo. Buscan sacar rédito político por todos los medios. Quedó claro que se afanan en transformarlo en materia de posible impeachment contra la figura del presidente del Gobierno. Tanto Feijóo como Abascal se permitieron el lujo de amenazar al presidente Sánchez con nada menos que juzgarlo por traición a España. Y, a lo que parece, la jueza Tardón de la Audiencia Nacional (una señora que fue concejala del PP en Madrid cuando Álvarez del Manzano era alcalde de la capital, no conviene olvidarlo) ha admitido a trámite una denuncia que va en esa dirección. Encargó informes policiales –que pueden afectar a la seguridad del Estado– que dictó como secretos para el Gobierno y que, sin embargo, fueron convenientemente filtrados a medios afines a las posiciones ideológicas de las derechas españolas, en tiempo y forma perfectos, justo antes de la comparecencia presidencial. ¿Con qué fin se actuó de esta forma? Los tiempos importan. También importa saber los actores nacionales implicados en rendir a este país ante estos representantes de este fascismo del fin de los últimos tiempos.
Como decía en párrafos anteriores, tenemos un problema humanitario de primer orden cuando hay personas que se despojan de su humanidad para convertirse en elementos moldeados por el odio profundo a sus semejantes. Se escuchó en la tribuna del Congreso en las voces de Abascal y Feijóo, que trasladaron ese mensaje deshumanizador del migrante, que fueron señalados como «invasores» que vienen a arrasar haciendas y a violar mujeres, cuando no son más que personas indefensas y con las manos vacías que buscan una vida mejor. Se trasladan estos mensajes a una opinión pública machacada minuto a minuto de sus vidas con recursos discursivos de transmisión del virus del odio.
Por ello, el problema humanitario que tenemos no solo tiene que ver con la cantidad de personas que llegaron −la mayoría regresó durante las primeras 24 horas− o las que todavía permanecen allí. Tiene que ver también con la transformación de personas comunes, de ciudadanos y ciudadanas de a pie, de vecinos y vecinas convertidas en agentes odiadores de semejantes pobres de solemnidad, desposeídos y hambrientos, que pueden llegar a ser capaces de recurrir a la violencia, como tristemente hemos visto en algunas de las manifestaciones de apoyo a Ceuta en las que personas furibundas zarandearon a periodistas de Televisión Española mientras intentaban hacer su trabajo. Igual que también hemos visto cómo una turba, que regresaba de esa manifestación, intentó callar el concierto del grupo musical Tanxugueiras, que actuaban en Palencia, porque cantan en lengua gallega.
Lo que comenzamos a vivir es una insoportable tensión entre democracia o fascismo. Entre civilización o fascismo. Entre empatía humana o fascismo. Entre humanidad o fascismo.
Mientras el Gobierno de España está haciendo lo que exigen las legislaciones comunitarias y nacionales: atender a los migrantes que permanecen por múltiples razones –el hambre y la necesidad, huyen de guerras y del colapso climático, de la persecución política y social, etc.– y filiarlos para poder proceder, las fuerzas oscuras entorpecen todo lo que pueden. No solo, como señalaba más arriba, institucionalmente de forma descarada como hace el propio Vivas, que no colabora poniendo soluciones, como si él no formara parte del Estado que tiene que atender un hecho como el acaecido y más bien parece que trabaja a pico y pala para alargar la crisis y provocar un brote social. Se ha negado a todo. Al final el Gobierno central, a través del Ministerio de Transportes, ha tenido que hacer valer sus competencias para cerrar el puerto y habilitarlo para aliviar la situación. En la misma cerrazón e inacción que Vivas están las comunidades autónomas y ayuntamientos gobernados por el PP y Vox, que no quieren acoger a ningún menor, a pesar de que tienen legislaciones que blindan sus derechos (como afearon al PP y Vox los portavoces del PSOE y Sumar en el Congreso, así como el resto de las fuerzas progresistas), sino también toda esa nebulosa mediática que no tiene empacho en reproducir en moviola sin fin todos los mensajes de odio para instalar la idea fuerza del fascismo en la actualidad: las «invasiones fronterizas» de los no nacionales, no cristianos, no blancos, no ricos, no normativos que pretenden –lo que ellos denominan– el «gran reemplazo», así como la afirmación apocalíptica de que la inmigración es una forma de «suicidio» y de «borrado cultural», como explican acertadamente Naomi Klein y Astra Taylor en un artículo publicado en The Financial Times sobre el fascismo del fin de los tiempos. El racismo está servido.
Lo de Ceuta supone un reto humanitario que tensa todas las costuras, sobre todo las de nuestra propia capacidad de empatizar como ser humano ante el sufrimiento de un igual. Esta pulsión del capitalismo depredador a usar el fascismo como catalizador de un cambio de paradigma en el que naufrague el hecho civilizatorio fundamental, que supone el respeto a los derechos humanos, retorna de nuevo a sociedades golpeadas por machacones mensajes de odio que se usan para intentar enfrentar al penúltimo contra el último. Sin respeto a los derechos humanos las democracias morirán, y en este contexto dejarán paso a la selva fascista que en esta era nuclear y de autonomía tecnológica en manos de la IA puede conducir hacia el extremo de la extinción, del omnicidio.
Profunda desigualdad
España forma parte de un continente rico, no solo desde el punto de vista económico, sino, sobre todo, rico en derechos humanos democráticos de dignificación de la vida. Entre la frontera sur de Europa −y Ceuta forma parte de ella− y el continente europeo hay una desigualdad desbocada. Las personas mueren en África por las guerras, por las hambrunas provocadas por un capitalismo insaciable que lo mismo deglute recursos, que masacra derechos, arrasando de paso el medio ambiente, y aquejándolo de una enfermedad climática que se expresa en temperaturas furibundas y convierte la casa del común en un espacio invivible. Las personas que vienen de África arriesgan sus vidas en cada viaje que emprenden y muchas, miles, decenas de miles mueren en el mar. Son demasiados los cuerpos sin nombre que trae la corriente a nuestras costas. Y es insoportable presenciar la inhumanidad desatada. Al igual que es insoportable la falta de solidaridad de algunos de los países europeos que no han querido responder, como era su deber, con un socio de la Unión, puesto que esa frontera es una frontera europea.
Las personas que vinieron huían de todo ello, de las guerras, del hambre, de un medio ambiente profundamente degradado, de la persecución política y la falta de derechos de todo tipo. Nuestro deber, como sociedad, es cuidar, proteger, empatizar y ayudar.
Espeluzna saber que hay políticos, como el deshumanizado Figaredo, que anima a cazar a otros seres humanos en descarnados mensajes difundidos a través de las redes sociales. Espeluzna aún más saber que hay conciudadanos que se movilizaron para negar el pan a quienes «no hay razón que los condene a andar sin manta».
Este Gobierno de coalición progresista se ha caracterizado por usar la inteligencia política y toneladas de empatía e inteligencia emocional para proteger la vida y los derechos humanos en todas las múltiples crisis que ha conseguido atender con éxito a lo largo de dos legislaturas muy difíciles. Ríanse ustedes de las doce pruebas de Hércules: pandemia, volcán, guerra de Ucrania, genocidio en Gaza, inundaciones, guerra de aranceles, guerra en Irán, subidas de precios de la energía y los alimentos, incendios desbocados, olas de calor… y ahora esta crisis humanitaria en la frontera sur de Europa. Y todo ese despliegue titánico para actuar protegiendo vidas y derechos lo ha realizado con una oposición deshonesta, desleal y profundamente antipatriota. Son antiespañoles de libro, por mucho que se envuelvan en la bandera y se den golpes de pecho con el nombre de la ciudad autónoma llenando sus bocas. No están moviendo un dedo para ayudar a Ceuta. Son racistas y odiadores de la peor especie, que van contra los intereses de España como Estado y de la inmensa mayoría social, de la clase trabajadora que lleva sobre sus hombros el peso del país. Esta oposición antipatriota está dopada por una alianza mediático-política, judicial y empresarial que trabaja en el plano interno desde el inicio de la legislatura para derrocar al Gobierno por cualquier medio. Ahora además tiene al amigo nazi de pelo naranja conspirando a su lado.
Tengo la confianza puesta en que de nuevo este Gobierno, con el apoyo de todas las fuerzas progresistas, está haciendo gala de esa inteligencia política y de esa empatía humana para terminar de solucionar esta crisis. De hecho, creo que el camino tomado de combinación de diplomacia, diplomacia y diplomacia y respeto a la legalidad es la mejor fórmula para proteger las fronteras del territorio español y a su gente ante ataques híbridos como el sufrido. La diplomacia trabaja por debajo en múltiples ámbitos y capas y no descansa, y creo que la opinión pública debe ser consciente de ello. Es mucho más efectiva la protección del territorio con diplomacia y legalidad vigente que deshumanizándonos y utilizando la fuerza bruta entrando en una espiral que no se sabe cómo puede terminar. Y ahí coincido con el presidente Sánchez cuando preguntaba a la desleal oposición en el Congreso si lo que estaban insinuando era que habría que haber actuado con violencia sobre personas indefensas. Nunca es factible en democracia saltar por encima de la legalidad para solucionar un conflicto. En este sentido considero que este Gobierno está actuando con tremenda exquisitez y la opinión pública debe saberlo. Urge filiar y trasladar a la península a los y las menores, la ministra de Infancia y Juventud, Sira Rego anunció que tiene ya 500 plazas disponibles para acogerlos. Urge, asimismo filiar y trasladar a la península cuanto antes a todas las personas protegidas por derecho de asilo y acogida. El Estado tiene los medios. Porque Estado son comunidades autónomas, ayuntamientos y Gobierno central. Todos juntos ya mostraron una gran capacidad de acogida cuando miles de ucranianos salieron de su país como consecuencia de la guerra y fueron repartidos por toda Europa. España acogió en tiempo récord a más de 235 000 personas procedentes de Ucrania.
De igual modo, en esta ocasión estoy convencida de que en la actuación humanitaria está la solución de este problema. Tenemos capacidad suficiente para acoger a las en torno a ocho mil personas que quedan todavía en la ciudad autónoma. Desde luego la solución no está, como remarcó el presidente Sánchez en la tribuna del Congreso, en tirar a los seres humanos como fardos al otro lado de la frontera. Y mucho menos en utilizar la fuerza bruta y masacrar a los que vienen.
La solución sigue estando en preservar la vida y los derechos humanos como España ha hecho desde el principio. Lo otro es dejar que triunfe el ejército de los muertos que hoy representa el fascismo del fin de los tiempos.
Las personas demócratas tenemos que ser conscientes del dramático y difícil momento histórico que vivimos. Tenemos que estar, apoyar, actuar y no callarnos. Tenemos que llenar las plazas de sensibilidad humana, reclamando alegría, empatía y diversidad. Tenemos que seguir exigiendo más derechos, más democracia, más reparto de la riqueza, mejores servicios públicos, más inversiones en cooperación internacional. Hay que movilizarse, no podemos permitir que gane el odio que representan PP y Vox.
En España este Gobierno de coalición progresista es un dique enorme contra ese nuevo rostro del fascismo, con una gran carga simbólica además. España es una potencia media con determinación a la que el mundo está mirando, que tiene capacidad de acción y de arrastre de otros países. Es importante lo que está haciendo España, nuestro país se ha convertido en un referente de derechos para millones de personas en el mundo. Por eso es necesario resistir. Si España cae, caerá Europa. Este Gobierno debe aguantar, porque todo se juega en plazos breves. Por ello, nuestro deber democrático es defender este Gobierno y los derechos humanos que representa para millones como una trinchera.
