Un 44% de los votos es lo que ha obtenido AfD (Alternativa para Alemania), el partido de ultraderecha alemán, con una participación histórica de casi un 78%. Desde 1990, nunca se había registrado una participación tan alta en unas elecciones regionales.
Es cierto que Sajonia-Anhalt es un estado pequeño en dimensiones y población. Sin embargo, este resultado no debe obviarse porque es la antesala de lo que pueda ocurrir en próximas elecciones.
El ciclo electoral que viene es denso: elecciones generales en Brasil (4 de octubre), elecciones legislativas de medio mandato en Estados Unidos (3 de noviembre), elecciones parlamentarias en Suecia, Letonia, Italia, España, Grecia y Polonia entre 2026 y 2027, elecciones presidenciales en Francia en la primavera de 2027 y elecciones regionales en Alemania, que irán mostrando el ánimo electoral de un país con grave decadencia industrial, falta de liderazgo y un creciente malestar ciudadano y descontento con la Unión Europea.
No olvidemos que la presidenta Ursula von der Leyen es alemana, pertenece a la CDU —partido que ha sido derrotado ampliamente por AfD—, fue ministra en varias ocasiones —entre otras competencias, ministra de Defensa— y pertenece al Partido Popular Europeo. Esto significa que la crisis de las democracias liberales-socialistas europeas hunde sus raíces en los dos partidos esenciales.
No solo es una crisis de la izquierda, sino que la derecha democrática europea vive sus peores momentos, bailando entre el desconcierto y la falta de liderazgo. Es un aviso a un PP español que ha perdido su responsabilidad de Estado, que es incapaz de articular un discurso creíble y razonable, que no tiene alternativas y cuya única actividad es eliminar a Sánchez —por encima incluso del PSOE—, imitando lo más posible a Vox. Y debería ver que quien recoge las simientes de tan improductiva e irresponsable actitud es la ultraderecha.
La otra cuestión que se presenta en las elecciones venideras es la polarización y división de las naciones. No hay confrontación electoral que no se produzca en una fragmentación tan dañina que imposibilita el diálogo político y parlamentario. No hay espacio para el debate de ideas o para la confrontación dialógica de propuestas. Mucho menos para los pactos y los consensos.
La polarización enfermiza, que agita el odio y la violencia, se ha instalado en las sociedades democráticas, acusándolas de ineficaces y manipuladoras por parte de quienes mueven los hilos de un fascismo ideológico y de unas potencias económicas tecnológicas.
Porque resulta sorprendente ver la simpatía mutua y la alianza de intereses que se produce entre el poder global tecnológico —Elon Musk, Peter Thiel…— y el nacionalismo patriótico más rancio que encarna la ultraderecha. El eslogan de Trump (Make America Great Again) no puede aplicarse por igual a todas las naciones. Con el egoísmo por bandera no hay comercio global ni win-win —eso lo sabe y practica muy bien China—.
Resultará interesante —además de preocupante— observar cómo se sale del laberinto creado por la ultraderecha global y las ultraderechas nacionales. No todas las puertas conducen a la misma prosperidad.
Tan sorprendente como resulta que los resultados de Sajonia-Anhalt agraden a Trump y a Putin al mismo tiempo. Lo único que les une es la maldad y el ansia de poder para uno mismo. AfD reivindica ser amiga de Putin, añora la antigua República Democrática Alemana —la Alemania Oriental— y defiende una vuelta al pasado eliminando fundamentalmente derechos y libertades, como los otorgados a las mujeres y los homosexuales.
¿Puede Sajonia-Anhalt ser al mismo tiempo antieuropeísta, pro-Trump y pro-Putin? ¿A qué nuevas características responde este nuevo movimiento político?
¿QUIÉN HA VOTADO A AFD?
La AfD se ha impuesto en todos los municipios del estado federado, incluidas las ciudades universitarias. Es decir, se ha impuesto en los 218 municipios, obteniendo más de la mitad de los votos en 94 de ellos.
Por tanto, como dicen en Alemania, la AfD se consolida como un Volkspartei («partido de masas») en toda regla, capaz de imponerse en todas las regiones y en todos los grupos demográficos.
Destaquemos que Sajonia-Anhalt es un estado sobre todo rural, en el que la mitad de sus municipios tienen menos de 5.000 habitantes. La despoblación y el abandono de lo rural son problemas que envuelven a toda Europa.
Los ultras son más votados por los hombres, un 50% —sobre todo de mediana edad, entre 35 y 59 años—, que por las mujeres. Pero el porcentaje de voto femenino —un 39%— es suficientemente elevado para preguntarse por qué votan a quien defiende la vuelta a la familia tradicional. Incluso oímos discursos más atrevidos pidiendo anular el voto, algo que hace una década hubiera sido imposible de imaginar.
Los votantes con bajo nivel de estudios suponen el 57%, pero sin olvidar que los universitarios son un 30%. Hay que destacar que los habitantes de esta parte de Alemania se sienten «ciudadanos de segunda» —lo mismo he oído últimamente entre los españoles de Ceuta—.
Y, como último elemento, los votantes que se sienten mal económicamente, con problemas laborales y con falta de perspectivas de futuro se encuentran de forma transversal en todos los sectores, sexos y edades, siendo el 65%.
Hasta en el voto de los mayores de 70 años ha conseguido un 31%, frente al 30% de los votos de la CDU. Pero resulta significativo que es este segmento de edad quien ha frenado que AfD obtuviera la mayoría absoluta. Quizás porque ellos sí tienen memoria, recuerdos e historia, y pueden comparar la nostalgia que algunos proclaman sin haber conocido la etapa anterior con lo que realmente fue y se vivió.
AfD encarna un partido joven, nuevo, alternativo. Eso es lo que está calando, ese es el nuevo proyecto: la agonía de una Unión Europea que ha sido el mejor experimento político y social de la historia de la humanidad.
Y ¿qué propuestas tiene AfD? ¿Cómo solucionará la vivienda, la educación, la creación de puestos de trabajo, la industrialización equilibrada con el mundo rural, los valores tradicionales con los derechos sociales, la mejora de la sanidad, la subida de las pensiones o las oportunidades de progreso para los jóvenes? ¿Cuál es su programa? ¿Qué medidas ha aportado que han convencido a los alemanes?
Ninguna. La ultraderecha no presenta propuestas, solo hace críticas negativas y destructivas. Su programa es ir contra lo establecido sin ofrecer una alternativa mejor. No hay programa y nadie lo pide.
¿Hemos escuchado una sola propuesta del PP respecto a cómo solucionaría lo de Ceuta? Ninguna. Solo Figaredo, de Vox, ha sido claro: cazarlos, pescarlos, mientras hacía gestos violentos.
Porque solo hay un mensaje que cala en todos los sectores y votantes. Solo hay un mensaje que ondea las banderas de la ultraderecha de cualquier país y que da votos: ir contra la inmigración.
No más inmigrantes. No más extranjeros. No más pobres. Exaltando la animadversión más atávica del ser humano: «nosotros» contra «ellos». No hay nada de racionalidad en ello, pero sí de tribalismo.
La línea que une a todos ellos y que agrupa a los votantes es la antimigración.
Pero no solamente une a la ultraderecha. Hace poco vimos a la presidenta de Dinamarca, Mette Frederiksen, del Partido Socialdemócrata, posicionándose contra España y la inmigración sufrida en Ceuta, declarando «la amenaza» que supone la inmigración.
Y en Alemania, el partido que puede dar la presidencia a AfD es BSW, que lleva el nombre de su fundadora, Sahra Wagenknecht. Un partido de extrema izquierda, escisión de Die Linke —creado por el exsocialdemócrata Oskar Lafontaine y marido de Sahra—. Sahra Wagenknecht llegó a ser miembro del Partido Socialdemócrata alemán y eurodiputada por este partido.
Con un ideario ecléctico y disruptivo, se muestra en contra de ayudar a Ucrania, se niega a sancionar al Kremlin, está en contra de la Ley de Autodeterminación de Género y desprecia el activismo medioambiental.
Y esta hija de padre iraní, morena de cabello y ojos, con piel ligeramente oscura para ser alemana, coincide con AfD en sus posiciones antiinmigración.
No estamos ante el mundo conocido.
Y, volviendo a la pregunta del artículo, ¿qué hacer con un 44% de los votantes a la ultraderecha? La cuestión exige una reflexión seria que supera la paradoja de la tolerancia de Popper.
No hay fuerza suficiente para frenar la oleada ultra ni está dando resultado el «cordón sanitario». Lo cierto es que no se auguran buenos tiempos para las democracias occidentales.
Y cada vez resulta más preocupante y asfixiante ver el acoso a los periodistas, la violencia callejera, la mala educación, los brazos en alto y los cantos fascistas.
Solo una curiosidad histórica: Sajonia-Anhalt fue el primer estado donde Hitler ganó sus primeras elecciones democráticas en 1932.
