La crisis de este verano en Ceuta ha tenido un amplio eco exterior. Pero las reacciones y comentarios, por lo general, se han centrado en el asunto migratorio y menos en el impacto que un deterioro de la situación de convivencia pueda tener para el Norte de África, una región que vive un agravamiento notable, por encima de lo que, desgraciadamente, allí es habitual.
Todos los países del Magreb atraviesan momentos que bien pueden ser calificados de críticos. Marruecos, el más involucrado en la crisis de Ceuta, parece, a primera vista, el que goza de mayor estabilidad. Pero es un espejismo. La aparente mejoría de la situación económica y la engañosa solidez de su sistema político pueden inducir fácilmente a la confusión.
MARRUECOS: LOS CÁLCULOS DEL RÉGIMEN
Marruecos se ha beneficiado siempre de un apoyo occidental innegable, en sucesivas etapas de la historia reciente. Por no irnos muy atrás, desde comienzos de este siglo, al ofrecerse a Estados Unidos y Europa como gendarme contra el islamismo radical después de los múltiples atentados del 11 de septiembre. La retórica de la seguridad que proporcionaba Marruecos frente a otros Estados supuestamente más débiles o menos eficaces en la lucha contra el radicalismo islamista saltó por los aires al conocerse la procedencia de algunos de los responsables de los atentados de Madrid en 2004.
Posteriormente, Marruecos supo mantenerse como referencia indispensable para Occidente al sumarse al grupo de países árabes dispuestos a entablar relaciones plenas con Israel, en el marco de los Acuerdos de Abraham, auspiciados por Trump al término de su primer mandato presidencial.
El gesto de Marruecos no era gratis. A cambio, la Administración Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, pese a las resoluciones vigentes de la ONU. Esta decisión de Washington supuso un giro en la política de sus aliados europeos, que, con Alemania y Francia a la cabeza, compraron el Plan de Autonomía marroquí sobre el territorio, «pendiente de descolonización». España, potencia administradora, fue la siguiente pieza que se ganó Marruecos, en una decisión muy controvertida y nunca explicada satisfactoriamente por el Gobierno.
El Sáhara es la piedra angular de la política exterior de Marruecos. Presiona a los países que puede presionar, con sus armas, poderosas, pero no tanto como al régimen real le gustaría que fueran, y se muestra sumiso y solícito con quienes no puede hacer otra cosa.
Trump se ha convertido en un protector muy conveniente para Rabat. Otros presidentes u otras administraciones han sido igualmente favorables a Marruecos en las últimas décadas, pero ninguna había llegado a cuestionar el proceso de descolonización ni a dar por muerto el derecho de la población saharaui a pronunciarse sobre su futuro.
Lo que ofrece ahora Marruecos a Trump es un alineamiento con Israel, en un momento de convulsión de las alianzas regionales. Junto con los Emiratos, el reino alauí va muy por delante de otros Estados árabes en la senda de la conciliación con el Estado judío.
Ante las complicaciones que está ocasionando la estúpida guerra contra Irán, la actual Administración se ha visto obligada a reconsiderar el peso de sus aliados en la región y a presionar a favor de fórmulas que incorporen a Israel en una red de alianzas bilaterales o multilaterales solventes. Marruecos no va a regatear su apoyo si consigue resolver de una vez el dossier saharaui (1).
El silencio de la Administración Trump en la crisis de Ceuta resulta ensordecedor. Las referencias a posibles interferencias directas o indirectas de los servicios de inteligencia israelíes resultan compatibles con estos realineamientos en la amplia región del Norte de África y Oriente Medio.
Los vecinos de Marruecos también arrastran situaciones internas muy pesadas.
ARGELIA: UN DIFÍCIL EQUILIBRIO
Argelia, en una permanente dialéctica de conflicto/entendimiento con los dos países europeos más cercanos —Francia y España—, contempla con inquietud la creciente revalorización de su enemigo marroquí (2).
En Argel, principal valedor de los independentistas saharauis, el giro de París y Madrid hizo mucha mella. Con mucha paciencia y trabajosa diplomacia, las dos capitales europeas han subsanado el daño infligido, pero no sin dejar un reguero de resentimiento y desconfianza, más profundo e intenso con Francia, debido a otros asuntos conflictivos nunca resueltos, que datan de la época colonial.
El caso es que el régimen argelino, que juega a un equilibrio con las potencias occidentales, la emergente China y su tradicional aliada Rusia, no termina de resolver sus problemas económicos endémicos ni de legitimar un sistema político corroído por el autoritarismo y la corrupción.
Las sucesivas crisis argelinas desde los noventa han arruinado la legitimidad originaria de la revolución anticolonialista. En el otrora Tercer Mundo —hoy Sur Global—, Argelia ha perdido el poder de atracción del que gozó en un tiempo ya muy lejano.
El maná del petróleo no ha servido ni para garantizar la prosperidad del país ni para favorecer un régimen de derechos y libertades.
Pero los focos más ardientes de la región hay que situarlos en Túnez y Libia.
LIBIA: UN CAOS RENTABLE PARA ALGUNOS
En Libia, quince años después del derrocamiento de Gaddafi, se vive tal situación de caos económico, vacío institucional e inseguridad crónica que no resulta extraño que algunos añoren los tiempos de la Jamahiriya —la República de las masas del coronel—.
Desde 2014, tras la primera fase de la guerra civil inicial, el país sigue dividido en dos, territorial, económica y políticamente. Y eso sin entrar en detalles, que nos llevarían a incrementar la pormenorización de las fracturas (3).
En la región occidental de Tripolitania —en torno a la capital, Trípoli— hay un Gobierno reconocido por la ONU en su momento y hoy carente de cualquier legitimidad, al prolongar su vigencia sus cabecillas sin respeto alguno de la legalidad internacional.
Está liderado por Abdel Hamid Dbeibah, pero solo formalmente; en la práctica, quien lleva las riendas es su sobrino Ibrahim, al frente de un tinglado clientelar establecido sobre el control de los pozos petroleros locales.
La región oriental de la Cirenaica, en torno a Bengasi, es el feudo relativo de un colaborador de la primera hora de Gaddafi y luego renegado y exagente de la CIA, el general Jalifa Haftar.
Pero, como ocurre con sus enemigos del otro lado del país, las segundas generaciones van asumiendo el poder cotidiano. Uno de los hijos de Haftar, Saddam, es el hombre fuerte de este clan, apoyado en un férreo control militar y, también como en el otro lado, alimentado por la exportación ilegal de petróleo.
De esta forma, la principal riqueza del país se convierte en la garantía de poder de los dos cabecillas, para desgracia del pueblo libio, que ha visto cómo a una dictadura de un iluminado le ha sustituido el caos tan africano de señores de la guerra sostenidos por la corrupción y el bandidaje.
No solo estos factores internos explican la interminable guerra libia. Las potencias extranjeras juegan un papel decisivo.
Haftar y su clan se han visto apoyados por Arabia Saudí y los Emiratos, desde el Golfo, y por el autoritario régimen militar —solo en apariencia civil— de Egipto. En su momento, también Rusia apostó por este general de fortuna, aunque últimamente, tras la reestructuración de la política del Kremlin en el Sahel, ha tomado alguna distancia.
Como hace cualquier autócrata de la zona, Haftar vendió a Occidente la póliza del seguro contra el islamismo. No le fue difícil. La Cirenaica era un hervidero de milicias inicialmente opuestas al régimen de Gaddafi, que degeneraron en bandas dedicadas a controlar pozos de petróleo y redes de abastecimiento.
Haftar ha puesto orden, pero no del todo, y aún se enfrenta a revueltas o amenazas de tales en el Fezzan y otras zonas meridionales del país.
Dbeibah goza del apoyo de Turquía como principal valedor, sin olvidar a las potencias europeas que han intentado mantener su influencia en el país —Francia e Italia, sobre todo—. Erdogan chocó con Putin en Siria y vio en Libia una plataforma importante para proyectar sus intereses en África.
La orientación islamista moderada del patrón de la Tripolitania le ofrecía claramente esa oportunidad.
En los años anteriores a Trump, Estados Unidos estuvo apoyando al nominal Gobierno de Trípoli. Pero el caprichoso presidente ha volteado las opciones. Ahora se ha erigido en promotor de una solución de conciliación entre los dos bandos, con su estilo de enviar a un próximo de la familia, el padre del marido de su hija Tiffany, Massad Boulos, para que forje un acuerdo entre los dos cabecillas.
Y, de paso, deje contratos suculentos sobre la explotación futura del petróleo libio. Las multinacionales Chevron y ConocoPhillips ya han tomado posiciones sobre el terreno.
Por el momento, y salvo unos ejercicios militares conjuntos antes impensables, no se han cosechado resultados prometedores de esta operación diplomática tan opaca y carente de legitimidad.
Solo una cosa parece clara: el pueblo libio no va a tener ocasión de pronunciarse sobre estos enjuagues (4).
Europa es, como en casi toda África, un actor cada vez más secundario. Libia, entre otras muchas cosas, es una plataforma de lanzamiento de la migración clandestina y ha sido, en los años del postgaddafismo, terreno especialmente propicio para las mafias del sector, como está suficientemente acreditado.
Ninguna de las dos facciones parece responder a la influencia europea, aunque los de Trípoli suenen más cercanos, aunque solo sea porque aducen su aval onusiano. Pero las pretensiones de la ONU sobre una consulta popular hace tiempo que dejaron de ser tenidas en cuenta.
En los manejos de Trump y su consuegro, ha sido completamente marginada.
TÚNEZ: UNA TIRANÍA CONSENTIDA
En Túnez, estas inconsecuencias europeas se están pagando caras. El apoyo tibio al actual presidente, Kaïs Saïed, un profesor de Derecho convertido en dictador desde que disolviera todas las instituciones o las conformara a su antojo en 2021, se ha convertido en un fiasco notable.
En la actualidad, Saïed ni siquiera mantiene un contacto fluido con Bruselas ni con las principales capitales europeas. Hace dos años recibió a Von der Leyen y Meloni, como adalides de un control migratorio de dudosa legalidad y de miserable moral.
A pesar de las violaciones continuas de derechos y libertades, con más de un centenar de dirigentes de la oposición política y sindical en la cárcel o expulsados del país y el sofocamiento de cualquier iniciativa crítica en el país, la UE siguió enviando dinero al Gobierno tunecino durante al menos dos años desde la deriva dictatorial de Saïed (5).
Como ya ocurrió con el golpe del general Al Sisi en Egipto, en nombre del control del islamismo y, en este caso, de la migración irregular, cualquier déspota parece resultar útil a una buena parte de los dirigentes europeos.
Mientras el país se hunde en una miseria política y material, con la crisis económica más profunda de toda la región, se hace la vista gorda.
El verano ha sido especialmente tenso, con manifestaciones de protesta por los cortes de electricidad, las carencias de alimentos y de agua, el estrangulamiento de las redes de aprovisionamiento y una sensación de colapso en los servicios públicos, unido a una represión implacable.
La división de la oposición entre los islamistas, los partidarios del depuesto régimen militar de Ben Ali en 2011 y los sectores progresistas impide que se haya podido forjar una alternativa de poder creíble.
Los observadores creen que la situación es explosiva (6).
EGIPTO: AUTORITARISMO Y AMBIVALENCIA
De Egipto, ¿qué se puede decir? En el corregido sistema de alianzas en Oriente Medio —que siempre ha sido la referencia de las élites del país, y no el Magreb—, Egipto parece inclinarse por el lado no completamente entregado a los intereses israelíes.
Pero se trata de un espejismo. El Cairo no ha revisado en profundidad las relaciones con su vecino judío, ha participado oscuramente en la gestión del calvario de Gaza y, sobre todo, no puede permitirse incomodar en demasía a Estados Unidos, de cuya ayuda económica y militar depende la estabilidad del régimen.
Al Sisi es uno de los generales africanos que tanto gustan a Trump: autoritario y sin escrúpulos a la hora de machacar a quienes se le oponen o resisten.
La población egipcia aguanta a duras penas un vínculo diplomático cada vez más impopular con Israel. Pero tampoco se ha sumado, de momento y pese a las expectativas iniciales, al Pacto de la Meca —ver análisis de la semana anterior—, impulsado por Arabia Saudí, Turquía y Pakistán.
Estos tres países son también dependientes de Estados Unidos, de forma diferente y en distinto grado. Pero Egipto supera a todos ellos en debilidad política y estratégica.
Es una incógnita cuánto tiempo puede mantener Al Sisi esta ambivalencia regional (7).
(1) “Entre le Maroc et les Etats-Unis, une lune de miel diplomatique et militaire”. CÉLIA CUORDIFEDE. LE MONDE, 6 de febrero.
(2) “Entre l’Algérie et le Maroc, une inquiétante course aux armements”. ALEXANDRE AUBLANC. LE MONDE, 4 de febrero.
(3) “En Libye, quinze ans après la chute de Kadhafi, le modèle autoritaire du maréchal Haftar s’est étendu dans la majorité du pays”. NISSIM GASTELLI. LE MONDE, 2 de febrero.
(4) “Dans une Libye divisée, Donald Trump mise sur son ‘art du deal’ pour se poser en faiseur de paix”. FRÉDÉRIC BOBIN. LE MONDE, 7 de septiembre.
(5) “Twin protests erupt in Tunisia and Lybia”. NOSMOT GBADAMOSI. FOREIGN POLICY, 29 de julio; “En Tunisie, Kaïs Saïed, qui fait face à une forte colère sociale, s’isole sur la scène internationale”. MONIA BEN HAMADI. LE MONDE, 27 de julio.
(6) “Five Years After Saied’s Power Grab, Tunisia Is Isolated and Unmoored”. SABINA HENENBERG Y SARAH YERKES. CARNEGIE, 27 de julio.
(7)“Egypt’s Tightrope Walk Between Saudi Arabia and the UAE”. HAISAM HASSANEIN. THE WASHINGTON INSTITUTE FOR NEAR EAST POLICY, 23 de enero.
