Como muchos espaĂąoles, he pasado las vacaciones de verano en una playa del levante espaĂąol. Regreso de allĂ deprimido y un tanto horrorizado de los comportamientos humanos que he tenido la desdicha de padecer.
Mi apartamento disponĂa de una pequeĂąa terraza que daba a un jardĂn comunitario, adonde tambiĂŠn daban las terrazas de los otros apartamentos. Durante el dĂa, los niĂąos de mis convecinos jugaban incansables en dicho jardĂn. Nada que objetar, si no fuera porque lo hacĂan gritando a toda la potencia de la que eran capaces sus infantiles pulmones y, en un tono tan agudo, que rozaba el lĂmite de lo que un tĂmpano humano puede soportar. Mientras, a sus padres parecĂa no importarles los muchos y agudos decibelios producidos por sus tiernos retoĂąos. Ellos mismos âsus padresâ eran protagonistas de no menos decibelios âpor suerte, no tan agudosâ a las horas de los aperitivos, las comidas y las cenas, las cuales realizaban en sus respectivas terrazas. No era fĂĄcil concentrarse en la lectura ni, en ocasiones, simplemente oĂr el sonido de tu propio televisor.
El dormitorio daba afortunadamente a la calle, por lo que durante el descanso podĂa escapar de las tertulias nocturnas que resonaban en el jardĂn hasta altas horas de la noche. Pero la fortuna duraba solo hasta las tres de la madrugada, hora en que los adolescentes del lugar me despertaban gritando al pasar camino de sus botellones o de vuelta de ellos. Eso, si no les daba por continuarlos debajo de mi ventana.
Algunas maĂąanas me gustaba caminar por la playa al amanecer para disfrutar de la belleza y del ruido del mar antes de que la arena se llenara de seres humanos. AllĂ podĂa presenciar cĂłmo los servicios de limpieza se afanaban en eliminar los restos de los botellones nocturnos: botellas de ron y de ginebra, vasos de plĂĄstico y todo tipo imaginable de residuos yacĂan esparcidos por la arena.
A lo hora del baĂąo, decenas de piraguas asesinas conducidas por inexpertas manos salĂan del punto de alquiler hacia mar abierto, o volvĂan de allĂ, atravesando la zona donde nadĂĄbamos los baĂąistas. PresenciĂŠ varios atropellos a cargo de las piraguas y yo mismo desarrollĂŠ un sexto sentido, consistente en nadar con un ojo fuera del agua, para poder esquivarlas a tiempo.
Cerca de los apartamentos, el ayuntamiento tenĂa dispuestos numerosos contenedores de basura de todos los colores âazules para el papel, verdes para el vidrio, amarillos para los envases, etc.â para que los vecinos depositĂĄramos allĂ nuestros residuos, ya que el tamaĂąo del pueblo no permite una recogida puerta a puerta. DĂa tras dĂa, comprobaba el nulo compromiso de muchos veraneantes, no ya con lo que entendemos por reciclaje, sino con un mĂnimo de civismo a la hora de depositar su basura. HabĂa muchas bolsas y todo tipo de objetos esparcidos por doquier fuera de los contenedores y, en estos, estaban presentes todas las combinaciones imaginables del binomio contenedor/contenido de la bolsa: botellas en el contenedor de papel, papel y cartones en el de los envases, envases y vidrio en la basura orgĂĄnica, etc. En algunos momentos, imaginĂŠ una intenciĂłn malĂŠvola en estos comportamientos: se pretendĂa no solo no reciclar, sino tambiĂŠn impedir que otros sĂ lo hicieran.
Acostumbrado a analizar las cosas desde un punto de vista polĂtico, le di algunas vueltas a cuĂĄles podrĂan ser las causas de tan incĂvicos comportamientos: Âżbajo nivel cultural? Âżsimple falta de educaciĂłn? Lo primero lo descartĂŠ porque el turismo del pueblo es mĂĄs bien de clase media alta, a juzgar por los buenos restaurantes de la zona y por algunas boutiques de ropa elegante que ofrece el lugar. La falta de educaciĂłn es indudable, pero, dado que afectaba por igual a niĂąos, adolescentes y adultos, la causa debĂa ser mĂĄs profunda.
Mis teorĂas sobre el particular van en tres direcciones. La primera de ellas es una explicaciĂłn compartida con otras sociedades capitalistas desarrolladas y se refiere al creciente individualismo que se observa en casi todas ellas. A fuerza de ofrecernos objetos para consumir y de prometernos todo tipo de placeres si los compramos, el sistema nos ha hecho hedonistas y ha conseguido que nos centremos demasiado en nuestro propio deleite. A partir de un cierto nivel de desahogo econĂłmico, la buena comida, la abundante bebida y la posesiĂłn de artilugios âlanchas neumĂĄticas, motos de agua, piraguas, bicicletas, etc.â son los objetos de deseo mĂĄs frecuentes del ocio veraniego de la clase media. Y el disfrute de estos bienes se hace en muchos casos de forma atolondrada y en detrimento del derecho de los demĂĄs al descanso y a la seguridad.
La segunda tiene que ver con nuestra historia. Los espaĂąoles hemos estado guerreando unos contra otros durante los dos Ăşltimos siglos y hemos sufrido gobiernos despĂłticos o corruptos durante amplios periodos: monarcas absolutos, democracias ficticias durante la RestauraciĂłn y dos dictaduras, la segunda de ellas de cuarenta aĂąos de duraciĂłn. Eso ha dificultado, en mi opiniĂłn, el desarrollo de un sentido ciudadano de naciĂłn compartida que, sin embargo, sĂ estĂĄ presente en otras sociedades como la estadounidense, la britĂĄnica o la francesa. TambiĂŠn ha fomentado una falta de cuidado hacia lo pĂşblico y una desconfianza hacia el poder polĂtico en general. Sin una nociĂłn de sociedad compartida con otros, se hace mĂĄs difĂcil preocuparse por los derechos de los demĂĄs.
La tercera es, en mi opiniĂłn, la poca atenciĂłn que han prestado nuestros poderes pĂşblicos a la educaciĂłn cĂvica. Por ejemplo, es muy raro que en un restaurante britĂĄnico alguien levante la voz mĂĄs de lo debido y eso se debe a que, desde pequeĂąos, se les enseĂąa a hablar bajo en pĂşblico. Y, si alguno se propasa, enseguida es reconvenido por el resto de comensales. Otro ejemplo: en los parques y lugares de recreo suecos, estĂĄ perfectamente seĂąalizado por dĂłnde han de circular las bicicletas y por dĂłnde los peatones. En EspaĂąa, nuestros representantes, por lo general, no se ocupan de esto y el resultado es que cada cual campa por sus respetos e invade el espacio del otro. O se preocupan de elaborar complejas normativas y reglamentos, pero no ponen los medios para vigilar y sancionar los incumplimientos.
La calidad de vida de una sociedad no se mide solo por el PIB per cĂĄpita. Otros factores tales como un bajo grado de desigualdad, la atenciĂłn sanitaria a toda la poblaciĂłn, la igualdad de oportunidades educativas y una mejor esperanza de vida son tal vez mĂĄs importantes. Entre estos indicadores, el nivel cultural y los valores cĂvicos son muy relevantes para hacer la vida en sociedad mĂĄs amigable y permiten distinguir a las sociedades mĂĄs avanzadas de las mĂĄs primitivas.
Cada vez vivimos mĂĄs en grandes ciudades y nos apiĂąamos en los lugares de vacaciones. Sin practicar un cuidadoso respeto por los derechos de los que nos rodean, la vida se vuelve hostil. Tan solo se necesita entender una sencilla norma: mi libertad es maravillosa, pero la de los demĂĄs tambiĂŠn lo es para ellos; mi libertad no debo ejercerla a costa de reducir la de los otros que conviven a mi alrededor.
