Riesgos crecientes

El mes de septiembre ha sido pródigo en informaciones y previsiones sobre factores fundamentales para valorar la sostenibilidad del planeta y, en particular, hay que referirse a la reunión convocada por Naciones Unidas este septiembre, en New York, para presionar en la presentación de los Compromisos de las Partes (NDC) sobre Cambio Climático para 2035, antes de la COP30 que se celebrará en noviembre en Brasil.

Los distintos países que asumieron la Agenda de París, de 2015, deberían haberlos presentado antes de marzo de este año. Pero solo la cuarta parte de los obligados lo había hecho antes de esta reunión de septiembre, mostrando el alejamiento que se está produciendo de los compromisos de la Agenda de París, de 2015, no solo por parte de Estados Unidos ante el negacionismo del cambio climático de su Presidente, sino también, de forma generalizada, en países que, como la UE, están apreciando la incidencia de los costes de los compromisos asumidos de reducción de gases de efecto invernadero (GEI) no sólo económicos, sino también políticos.

Cala en la UE la idea de que, con su reducida participación en las emisiones totales (situadas en el orden del 6% del total) el esfuerzo de descarbonización puede estar teniendo unas consecuencias económicas y políticas desproporcionadas a la incidencia que el mismo puede tener en la reducción del calentamiento global. Y, en paralelo, crece la preocupación y la idea de que hay que reforzar las medidas de adaptación y de resiliencia socioeconómica ante la indudable incidencia de unos esperados fenómenos extremos catastróficos.

En este sentido, es bueno empezar este artículo valorando lo que la multinacional del seguro AON recogía en su último “Climate and Catastrophe Insight”[1] respecto a la dinámica de riesgos naturales y ambientales que están incrementado, exponencialmente, las pérdidas económicas mundiales asociadas, tal y como apreciamos en la Figura siguiente, donde el récord en costes alcanzado en 2024 se asocia con el hecho de que éste haya sido un año especialmente caluroso, con una anomalía térmica en 2024, sobre la media de 1850-1900, que sitúan en 1,55ºC, y superando mensualmente los datos históricos de calentamiento entre julio de 2023 y agosto de 2024.

Dinámica en la que destacan, en lo que afecta a España, la DANA de Valencia y sus costes (estimados en 16.100 millones de dólares en el Informe) y las elevadas consecuencias mortales de la misma (231 fallecidos).

Pero esta tendencia al agravamiento de los daños por catástrofes, a corto, medio y largo plazo, se incrementa en cada estimación que se modeliza por distintos centros de investigación cuando se tienen en cuenta las evaluaciones económicas previsibles para los Escenarios de calentamiento considerados por el IPCC en sus diversos informes.

La última estimación de estos costes[2] sitúan su efecto macroeconómico, si no se realizan esfuerzos sustanciales de mitigación y adaptación, en una reducción de hasta el 24% en el PIB per cápita global para 2100, si se alcanzan los 4ºC de calentamiento. Cifra que para el caso de España sitúa en niveles máximos del orden del 20%.

En todo caso, estas cifras vienen asociadas a hipótesis y modelizaciones que han ido cambiando en el tiempo, pero que, en las últimas estimaciones, tienden a incrementar el valor de las pérdidas asociadas a cada nivel de calentamiento, tal y como apreciamos en la Figura siguiente.

Combustibles fósiles y calentamiento global

Una primera constatación es que sigue la dinámica de calentamiento global como consecuencia de que continúan creciendo la utilización de fuentes energéticas fósiles emisoras de gases de efecto invernadero (GEI). Y el problema es que las previsiones derivadas de las políticas y compromisos de inversión vigentes en 2025 presentan escenarios a corto y medio plazo no precisamente optimistas, tal y como señala el Informe GAP2025[3] respecto a las previsiones de producción y consumo de combustibles fósiles, que se recogen en la Figura siguiente, y sus consecuencias sobre el previsible calentamiento global y los desastres por fenómenos climáticos extremos asociados al mismo.

Como apreciamos, y concluye el propio Informe (Key Findings Pág.2), la suma de los planes de los gobiernos mundiales vigentes llevan a un incremento de la producción de combustibles fósiles cuyas consecuencias están muy lejos de la producción nula de carbón para 2050, estimada como necesaria para mantener, en media, el calentamiento en 1,5ºC, para 2050; multiplica por cuatro la necesaria de petróleo para ese año; y por tres la de gas. que sería consecuente con el logro de los objetivos del Acuerdo de París de 2015.

Además, como se aprecia en la Figura anterior, desde las planificaciones vigentes en 2023 a las actuales, aumentan sensiblemente las previsiones de producción de carbón hasta 2035, principalmente por los nuevos planes de China (+15,0%) que tratan de cubrir una situación de actual importador neto de carbón para cubrir su demanda. No obstante, en la última reunión de septiembre en New York, China presenta una NDC (Nationally determined contribution) comprometiéndose a reducir sus emisiones respecto al máximo de esta década, entre un 7 y un 10% para 2035, aumentando la participación de las energías renovables en su mix energético como sustitutas de los combustibles fósiles.

También hay un incremento en las previsiones de producción de gas, donde es EEUU el que registra mayores incrementos (+4,3%), cosa que también hace en sus previsiones de producción de petróleo (+3,1%), aspectos ambos muy ligados a su intento de sustituir a Rusia como fuente de suministro a las economías desarrolladas y, en particular, a la UE. El resultado es que se hace inviable que, con las políticas actuales, la demanda de carbón, petróleo y gas de todo el mundo alcance su máximo antes de 2030.

Con otras consideraciones adicionales que no podemos olvidar. Así, con valores homogeneizados para el año 2023, el Cuadro siguiente nos muestra que EEUU no solo es el que acumulaba mayores emisiones históricas de gases de efecto invernadero (GEI), sino que era el que presentaba unas mayores emisiones per cápita, muy lejos de las del resto de los países del mundo. Pese a lo cual, está lejos de llevar a cabo los cambios que permitirían corregir significativamente esa incidencia, que va a agravarse muy significativamente con las políticas puestas en marcha por Trump.

Lo cual no va a ser positivo para una dinámica global que, desde 2021, se ha estancado, tanto en la asunción de nuevos compromisos y puesta en marcha de medidas de mitigación de emisiones por parte de los distintos países, como en la reducción neta de emisiones de GEI. Seis partes (China, Estados Unidos, India, la Unión Europea, Rusia y Brasil) fueron responsables del 62% de las emisiones de 2023 y del 59% de las históricas globales de GEI acumuladas hasta 2023 y el conjunto del G20 (sin la Unión Africana) del 77% del total.

La ausencia de mayores compromisos en las políticas reales de estos países y, en particular, el nefasto ejemplo de EEUU, que es el máximo responsable histórico de la actual concentración de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera, da como resultado que las previsiones tendenciales en el incremento medio del calentamiento para el año 2030 tienda a mantenerse muy por encima de lo necesario para el logro de los objetivos de la Agenda de París de 2015.

Hasta ahora la correlación entre las crecientes emisiones de gases de efecto invernadero y el calentamiento global registrado como el incremento medio de la temperatura en la superficie terrestre y marina, han quedado claras, como se aprecia en las dos figuras siguientes.

En 2024 el incremento medio de temperatura global superficial sobre la media del período 1951-1980 se situó en +1,9ºC, y el de la superficie marítima en +0,92ºC, habiéndose superado, en media, ya en 2024, los 1,5ºC establecidos como objetivo para el 2100 por la Agenda de París, con el que se habían comprometido prácticamente todos los países del planeta. Calentamiento que cada vez está más claro que está íntimamente relacionado con la mayor amplitud, en frecuencia e intensidad, de los fenómenos meteorológicos extremos de creciente incidencia sobre la salud y el bienestar de la población.

Por otra parte, las últimas mediciones confirman que la concentración de gases de efecto invernadero continúa en récords históricos[4]. En agosto de 2025, se superaron las 425 ppm de promedio mensual en Manua Loa, con un incremento del 0,6% sobre la cifra de 2024, en una dinámica general media peligrosamente ascendente, como se aprecia en la Figura siguiente para la media mensual desde 2020 a 2025, con el récord de más de 430 ppm de mayo de 2025, que ha marcado, por ahora, el nivel más alto de su registro histórico.

Este incremento se debe principalmente al uso de combustibles fósiles y a la falta de avances en políticas ambientales. De hecho, el seguimiento que realiza Climate Action Tracker[5] de los 40 países, o partes, que representan el 85% de las emisiones de GEI mundiales, muestra que, a mitad de 2025, sólo 11 habían presentado sus NDC con los compromisos para 2035; y ninguno de ellos ha reforzado sus objetivos para 2030. Y solo uno tenía un objetivo compatible con la senda de mantener el calentamiento por debajo de 1,5ºC, estando el resto muy lejos de los objetivos pretendidos. Salvo que el 81% de los países o partes que no habían presentado sus NDC hasta junio de 2025, definan objetivos y escenarios radicalmente restrictivos de emisiones, lo que es poco compatible con los planes de inversión en combustibles fósiles antes señalados, las previsiones son de una aceleración del cambio climático y de sus negativos efectos globales.

Reflexiones finales

Si para la COP29 de 2024 señalábamos que 107 países responsables de alrededor del 82% de las emisiones mundiales de GEI habían asumido compromisos de cero emisiones netas por ley (28%), o mediante documentos normativos como una CDN o una estrategia a largo plazo (56%), o bien formalizándolos a través de un anuncio público por parte de funcionarios gubernamentales de alto nivel (17%), también destacábamos que eran los países del G20 los primeros cuyos compromisos hacían poco viable la senda de reducción de emisiones necesaria para lograr el objetivo del 2ºC de calentamiento para el 2100, ya que la mayoría de ellos no asumían cumplir sus compromisos de mitigación de emisiones para 2030 con las políticas vigentes antes de la llegada de Trump a la presidencia de EEUU.

Por otra parte, ya hemos señalado que los documentos (NDC) que se están presentando para la próxima COP 30 de Cambio Climático, a celebrar en Brasil este año 2025, dejan claro que, salvo escasas excepciones, no se están cumpliendo los Compromisos adoptados por la inmensa mayoría de países para limitar el calentamiento global, no ya a 1,5ºC, cifra ya superada en 2024, sino incluso para evitar superar la barrera de los 2ºC, pese a las negras perspectivas que ello implicaría para una parte muy sustancial de la población mundial.

Negras perspectivas que inciden sobre muchos de los países en desarrollo que –aunque no son los únicos- están soportando las graves consecuencias de sequías, monzones, huracanes o incendios cada vez más relacionados en su intensidad y frecuencia con el calentamiento registrado. Países que reclaman ayudas para la descarbonización y la adaptación a las consecuencias de este calentamiento global, atendiendo a cuál ha sido la historia y situación de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) del que se ha derivado el mismo.

Cara a la COP30 de Brasil, el Secretario de Naciones Unidas señalaba que ésta debe concluir con un plan de respuesta global creíble que nos permita reducir las tendencias de calentamiento actuales, con cinco áreas cruciales para la intervención:

  • Primero, la energía. Los combustibles fósiles siguen dominando el mix energético y es necesario impulsar la transición hacia la energía limpia. Invertir en redes y almacenamiento para liberar todo el potencial de las energías renovables. Reducir los costos de capital en energías renovables y redes para los países en desarrollo. Y redirigir los subsidios a los combustibles fósiles hacia una transición justa.
  • Segundo, Es esencial hacer recortes drásticos en las emisiones de metano en esta década, cuya mayoría se pueden lograr de manera rápida y económica (es posible reducir el 40% de las emisiones de metano sin ningún coste neto), reduciendo su fuerte incidencia en el calentamiento global.
  • Tercero, los bosques. Debemos poner fin a la destrucción de los mayores sumideros de carbono de la naturaleza, lo que podría generar una quinta parte de las reducciones de emisiones necesarias para 2030.
  • Cuarto, la industria pesada. Se han producido avances importantes en las tecnologías para reducir las emisiones del acero, el cemento y el transporte pesado que hay que poner en aplicación urgentemente.
  • Quinto, la justicia climática. Los países en desarrollo que menos contribuyeron a provocar la crisis son los que más sufren. Los desastres climáticos están causando daños que superan el PIB de algunas islas pequeñas. Las sequías y las inundaciones están cobrando vidas, alimentando el hambre e inflamando los conflictos. Mientras tanto, las brechas financieras impiden inversiones en adaptación y resiliencia.

Complementariamente, también es necesario corregir las tendencias que se detectan en los nuevos NDC respecto a:

  • Incluyen los sumideros de carbono (pese a su todavía discutible viabilidad técnico-económica) como vía para reducir el saldo neto de las crecientes emisiones que se asumen.
  • Cada vez más países recurren a la compra de compensaciones internacionales a través del Artículo 6 del Acuerdo de París para compensar mayores emisiones de GEI, pese a que el Acuerdo de París exige que ese Artículo 6 se utilice únicamente para aumentar la descarbonización, no para viabilizar mayores emisiones.

Por último, en el próximo artículo recogeremos la posición y situación de la Unión Europea, tanto en lo que respecta a su futuro NDC, que se ha comprometido a presentar en la COP de Brasil, como en lo que se refiere a su descarbonización en relación con su evolución ambiental. Aspectos ambos recogidos en la publicación del Informe quinquenal de la Agencia Europea de Medio Ambiente sobre el estado ambiental de la UE[6], donde se incluye, igualmente, el análisis sobre España[7].

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[1] AON (2024) https://www.aon.com/en/insights/reports/climate-and-catastrophe-report

[2]Kamiar Mohaddes, Mehdi Raissi (2024) “Rising temperatures, melting incomes: Country-specific macroeconomic effects of climate scenarios” PLOS Climate September 24, 2025 https://journals.plos.org/climate/article?id=10.1371/journal.pclm.0000621

[3]SEI, Climate Analytics, & IISD. (2025). The Production Gap Report 2025. Stockholm Environment Institute, Climate Analytics, and International Institute for Sustainable Development. http://productiongap.org/2025report

[4] https://gml.noaa.gov/ccgg/trends/ Datos extraídos el 5 de octubre de 2025.

[5] https://climateactiontracker.org/publications/mid-year-check-on-2035-climate-plans/

[6] EEA (2025) Europe’s environment 2025 Published 29 Sept 2025 https://www.eea.europa.eu/en/europe-environment-2025

[7] https://www.eea.europa.eu/en/europe-environment-2025/countries/spain