Las migraciones constituyen un fenómeno presente desde los albores de la Humanidad. A lo largo de la historia se ha tratado siempre lógicamente como un reto relevante para la organización del espacio público y de la convivencia. A veces se ha afrontado como un problema, y a veces como una oportunidad muy importante para el desarrollo económico, social y cultural. Grandes naciones, como los Estados Unidos de América, se forjaron migración tras migración. Y los españoles hemos sido protagonistas de migraciones extraordinarias, como emigrantes y como receptores de inmigración.
Durante los Ćŗltimos aƱos, sin embargo, son muchos los actores polĆticos empeƱados en interpretar la inmigración tan solo como una gran desgracia para Europa. Los datos demuestran lo contrario: ni la inmigración constituye una gran amenaza plausible, por su cantidad y cualidades; ni sus efectos son solamente de carĆ”cter negativo. No obstante, el espantajo de la amenaza migratoria estĆ” sirviendo como argumento falaz para que los nuevos populismos, y los fascismos de siempre, agiten entre muchos europeos los peores instintos de miedo y egoĆsmo, con el objeto de obtener un rendimiento polĆtico y electoral.
El reto migratorio debe gestionarse con determinación, aprovechando su vertiente positiva y neutralizando en lo posible sus efectos indeseables. Hay que hacerlo con planificación, con recursos y desde los valores de equidad y justicia que forman parte de la identidad europea. Hay que afrontar las consecuencias problemĆ”ticas que conllevan en la actualidad los flujos migratorios procedentes de Ćfrica y de Oriente Próximo, con eficacia y sin ingenuidades. Pero hay que hacerlo, sobre todo, atendiendo a las causas tambiĆ©n problemĆ”ticas de esas migraciones que tanto preocupan hoy a muchos europeos.
Las consecuencias problemÔticas que se subrayan tras cada patera, cayuco o balsa con inmigrantes que arriban a las costas europeas deberÔn abordarse bajo la responsabilidad del conjunto de la Unión. HabrÔ de hacerse coordinando actuaciones y compartiendo tanto los esfuerzos como los costes. Distinguiendo entre personas con derecho de refugio, y personas que migran buscando simplemente mejores condiciones de vida. Haciendo valer la legalidad vigente y combatiendo a las mafias que compran, venden y trafican con personas. Y, sobre todo, respetando y haciendo respetar los derechos humanos que nos distinguen como sociedades democrÔticas y desarrolladas.
A ningĆŗn paĆs, a ninguna región o localidad, puede forzarse a llevar su responsabilidad legal y su esfuerzo solidario mĆ”s allĆ” de lo razonable. Las instituciones que compartimos los europeos debieran asegurarse de ello. Pero ningĆŗn dirigente de paĆs o región alguna tiene derecho a negar el auxilio humanitario a aquellos semejantes que se hacen a la mar, jugĆ”ndose la vida, porque la vida vale poco allĆ de donde parten. NingĆŗn responsable institucional tiene derecho a saltarse las normas que nos hemos dado para asegurar la convivencia en condiciones de dignidad. Y ningĆŗn polĆtico tiene derecho a azuzar miedos y odios para conseguir votos y acumular poder.
Pero si afrontar responsablemente las consecuencias de las migraciones es importante, analizar y enfrentar sus causas resulta crucial. ĀæPor quĆ© se habla tan poco de las razones que llevan a miles de personas a abandonar sus hogares en Ćfrica y Oriente para llegar a Europa, arriesgĆ”ndolo todo? ĀæPor quĆ© las instituciones europeas y sus dirigentes emplean tan poco esfuerzo en atender las causas de las migraciones que tanto les preocupan?
Siempre se dijo, con razón, que si la prosperidad no viaja del norte al sur, los hombres y las mujeres acabarÔn viajando del sur al norte. Y no habrÔ muro ni valla que les contenga. Pero este es el problema: el de la desigualdad creciente entre el norte y el sur.
Mientras en EspaƱa, por ejemplo, el PIB per cĆ”pita se acerque a los 40.000 dólares y en 37 paĆses africanos estĆ© por debajo de los 5.000 dólares, las migraciones se seguirĆ”n produciendo a escala importante. Mientras las dos terceras partes de la población africana malviva en la extrema pobreza y millones de criaturas pasen hambre, los hombres y las mujeres viajarĆ”n al norte. ĀæQuĆ© tienen que perder? Mientras en muchos paĆses africanos y orientales persista la guerra y la persecución por razones polĆticas, religiosas o de orientación sexual, las personas se subirĆ”n a la patera o a la balsa en busca de paz y seguridad.
En Europa hay capacidades y recursos para contribuir de manera decisiva al desarrollo económico, social y cultural del continente africano y de oriente próximo. En ocasiones se requerirĆ”n recursos cuantiosos. En otros casos bastarĆa con que las grandes potencias cesaran en hacer uso de estos territorios como campo de juego para sus conflictos geoestratĆ©gicos. MĆ”s allĆ” de las razones ideológicas y morales, los beneficios a obtener a medio plazo con estos esfuerzos serĆan ingentes, por ejemplo en tĆ©rminos de generación de recursos naturales y de apertura de nuevos mercados.
Por tanto, las dirigencias europeas harĆan bien en preocuparse por las causas de las migraciones, ademĆ”s de atender sus consecuencias mĆ”s dificultosas. Porque mientras estas sigan vigentes, aquellas no cejarĆ”n de arribar puntuales cada verano a sus puertos y a sus playas.
