Si tuviĂŠramos que resumir en dos frases el significado polĂtico de las elecciones catalanas del 21 de diciembre podrĂamos decir, en primer lugar, que âlos ciudadanos de CataluĂąa han demostrado que no existe acuerdo ni consenso suficiente en apoyar la aventura secesionista que lanzaron Puigdemont y sus coaligadosâ. Y, en segundo lugar, que âen CataluĂąa las izquierdas retroceden, o quedan estancadas, al tiempo que el debate izquierda-derecha tiende a perder peso y visibilidadâ; con todo lo que esto significa.
Las urnas han evidenciado que el pueblo de CataluĂąa, como el de cualquier naciĂłn moderna y desarrollada, no puede reducirse a un todo uniforme y dogmĂĄtico. El pueblo de CataluĂąa estĂĄ conformado por una pluralidad de personas con percepciones, apreciaciones y criterios polĂticos distintos entre sĂ. Solamente desde estructuras de pensamiento totalitario se puede hablar de un Ăşnico pueblo, con una Ăşnica voluntad y con una Ăşnica voz. La realidad sociolĂłgica, como se ha visto en las urnas, es compleja y diversa.
Por lo tanto, en CataluĂąa en estos momentos se estĂĄ muy lejos de que exista una Ăşnica voluntad polĂtica muy mayoritaria favorable a una aventura independentista. Lo que significa que ahora son precisos todos los esfuerzos posibles para volver a la normalidad constitucional, al respeto a la Ley y a las coordenadas europeas, como requisito imprescindible para que la sociedad catalana pueda vivir en paz, reconociendo su pluralidad y generando confianza en sus ciudadanos y en las entidades econĂłmicas que habĂan emprendido una fuga apresurada del territorio catalĂĄn. Y que previsiblemente ahora continuarĂĄ.
La alta participaciĂłn alcanzada (82%) revela que estas elecciones han contado con las debidas garantĂas de legalidad y de funcionalidad democrĂĄtica. Es decir, los catalanes con su voto y su masiva participaciĂłn pacĂfica han dado un ejemplo de normalidad que ahora es preciso traducir a las esferas de gobierno.
Los datos sociolĂłgicos procedentes de las encuestas rigurosas venĂan demostrando que la poblaciĂłn de CataluĂąa habĂa seguido lo que podemos calificar como la curva o âla lĂnea de la sensatezâ. DespuĂŠs de un largo perĂodo de normalidad democrĂĄtica y de asunciĂłn de los valores de la ConstituciĂłn de 1978, a partir de 2011-2012 empezĂł a aumentar significativamente la proporciĂłn de las personas que postulaban la independencia. PoblaciĂłn que fue aumentando hasta superar en las encuestas el 48% en torno al aĂąo 2013, en el que se entrĂł nuevamente en retroceso (con âla lĂnea de la sensatezâ), para caer significativamente durante los Ăşltimos aĂąos hasta el 39/40% (vid. grĂĄfico 1).

AsĂ, en las anteriores elecciones autonĂłmicas âque se presentaron como un plebiscito independentistaâ el porcentaje de voto secesionista apenas superĂł el 47%. Y el 21 de diciembre se ha quedado otra vez en torno al 47,5%. Una proporciĂłn sin duda importante, pero bastante lejos de los consensos que son necesarios âpero ni siquiera suficientes por sĂ solosâ para emprender la independencia en pleno siglo XXI y en el marco de la UniĂłn Europea. Por eso es significativo que, pese a la intensa emocionalidad despertada, esa proporciĂłn haya permanecido prĂĄcticamente estancada en las elecciones del 21 de diciembre y que el conjunto de voto no secesionista supere incluso en 150.000 papeletas al secesionista.
Ahora âdespuĂŠs del âsubidĂłnâ de la noche electoralâ la cuestiĂłn estĂĄ en cĂłmo se pueden gestionar los resultados para garantizar el retorno de CataluĂąa no solo a la vĂa constitucional, sino, sobre todo, a la normalizaciĂłn econĂłmica y social. Lo cual exige, en primer lugar, volver al sentido de sensatez, y a la normalizaciĂłn de la convivencia que caracterizĂł los mejores momentos de CataluĂąa.
Esta vĂa va a exigir liderazgos con capacidad de integraciĂłn e interlocuciĂłn entre los distintos sectores que conforman la sociedad catalana, tanto desde la perspectiva izquierda-derecha, como desde la Ăłptica independencia-integraciĂłn.
En este sentido, el pobre aumento de votos que ha experimentado el PSC, con la candidatura liderada por Miquel Iceta, no solo han defraudado expectativas, sino que, en sĂ misma, es una mala noticia para las necesidades de interlocuciĂłn y las exigencias de compromisos que permitirĂan a CataluĂąa salir del tĂşnel de la intolerancia y del deterioro econĂłmico y social en el que algunos pugnan por meterla.
Ahora hay que dar muestras de altura de miras, de voluntad de entendimiento y de inteligencia polĂtica, mĂĄs allĂĄ de los porcentajes concretos que cada uno ha obtenido en las urnas, asumiendo que lo que se necesita no es continuar confrontando, ni agudizando las âcontradiccionesâ, como algunos pretenden, sino que en estas circunstancias hay que hacer un ejercicio inteligente y generoso de suma y de reconstrucciĂłn de la convivencia.
En este sentido, las elecciones del 21 de diciembre suponen un retorno a la casilla de salida, en unas condiciones muy similares a las que se tenĂa cuando se aplicĂł el artĂculo 155 de la ConstituciĂłn. Por eso, es inevitable que algunos recuerden que las elecciones se convocaron quizĂĄs demasiado pronto, antes de que se enfriaran y sanaran las heridas y, sobre todo, antes de que la poblaciĂłn pudiera acabar de entender ây asumirâ las desastrosas consecuencias econĂłmicas y sociales que conllevaba la aventura secesionista. Y que en estos momentos es posible que empeoren aĂşn mĂĄs, si las fuerzas secesionistas no saben reaccionar con rapidez, con realismo y con sensatez. Algo que ni estĂĄ asegurado, ni es fĂĄcil.
Por lo demĂĄs, las tendencias concretas de voto que se han producido el 21 de diciembre en algunos casos confirman otras tendencias de inclinaciĂłn electoral que se estĂĄn dando en EspaĂąa. Es decir, hay dos partidos de carĂĄcter nacional que se encuentran a la baja. Y aparentemente de manera muy aguda. Lo que explica el descalabro del PP y el importante descenso de Podemos y sus coaligados.
Y, por otra parte, hay dos partidos que se encuentra al alza: los socialistas âde manera bastante moderada en CataluĂąa en esta ocasiĂłnâ y Ciudadanos, cuyos resultados en CataluĂąa no se sabe hasta quĂŠ punto podrĂĄn extrapolarse al conjunto de EspaĂąa, o tendrĂĄn causas especĂficas en este contexto tan particular. Contexto en el que ha sido notable el peso de la orientaciĂłn final de una parte apreciable de poblaciĂłn âsobre todo del ĂĄrea metropolitana de Barcelonaâ, que querĂa parar la aventura secesionista y que ha estado dudando âalgunos hasta el Ăşltimo momentoâ o bien en respaldar a un partido histĂłrico de la izquierda moderada como es el PSC, con su apuesta por la interlocuciĂłn, o bien apostar por una formaciĂłn mĂĄs rotunda, mĂĄs nueva âcasi inĂŠditaâ, con una candidata joven, que todavĂa tiene pendiente demostrar cuĂĄl es su trayectoria y capacidad polĂtica real, como es Ciudadanos.
DespuĂŠs del 21 de diciembre, lo que parece evidente es que el PP, y el propio Mariano Rajoy, quedan notablemente cuestionados y debilitados, tambiĂŠn ante sus socios europeos, a los que les costarĂĄ entender que el partido que gobierna EspaĂąa y que gestiona la âpolĂticaâ haya quedado reducido a la mĂĄs absoluta insignificancia en CataluĂąa, en una forma que merma apreciablemente su capacidad para continuar siendo alternativa de gobierno a nivel general. Mientras, Ciudadanos emerge como una fuerza polĂtica alternativa que ha demostrado que puede ganar elecciones en detrimento del PP.
En definitiva, continuamos emplazados ante una complejidad que no tiene fĂĄcil salida.
