“La defensa de la democracia es más importante que cualquier cargo”. Estas palabras de Biden son ya un ejemplo de compromiso con su país y con el mundo en un momento de grandes incertidumbres y divisiones tanto dentro de Estados Unidos como fuera.
El miércoles 24 de julio de 2024, ya ha pasado a la historia de los Estados Unidos. Ese día, Joe Biden, el presidente de los Estados Unidos de América, desde el Despacho Oval de la Casa Blanca explicaba a la nación, en horario de máxima audiencia, su decisión de renunciar a la candidatura demócrata a las elecciones presidenciales de noviembre. Esos once minutos de intervención son el comienzo de un camino que puede cambiar el mundo los próximos años.
“Nada, nada, puede interponerse con la salvación de nuestra democracia, eso incluye la ambición personal. Por eso he decidido que el mejor camino es pasar la antorcha a una nueva generación. Es la mejor forma de unir a nuestra nación”. Con esas palabras, y tras hacer un repaso de los logros de su presidencia, la campaña presidencial daba un giro total.
Trump, que se apresuraba el domingo a poner en las redes sociales “El corrupto de Joe Biden no era apto para postularse para presidente, y ciertamente no es apto para ocupar el cargo, ¡y nunca lo fue!”, ha visto como su estrategia de campaña se ha venido abajo y en apenas unos minutos el “viejo” es él y la defensa de los valores democráticos centran la campaña.
En un país donde el retroceso democrático es de una magnitud sobrecogedora, como señalan Levitsky y Ziblatt, la decisión de Biden, es un punto de inflexión, que el todavía presidente ha destacado al señalar el peligro que para la democracia sería un posible retorno a la presidencia de Trump.
Y, sobre todo, al afirmar que: se vive uno de esos “momentos en la historia en que decisiones que hacemos ahora determinan nuestro destino”; “en las próximas décadas EEUU va a tener que elegir entre avanzar o retroceder, entre esperanza u odio, entre unidad o división”; o cuando se ha referido a que los estadounidenses deben decidir si aún creen en la “honestidad, decencia, respeto, libertad, justicia y democracia” y ha planteado si el “carácter en la vida pública aún importa”.
No es la primera vez que un presidente renuncia a la reelección y antepone los intereses de la nación a los propios. En un discurso pronunciado el 31 de marzo de 1968, el presidente Lyndon B. Johnson anunció que no se presentaría a la reelección como consecuencia del aumento de la oposición a la guerra de Vietnam y a la creciente división dentro del país: “No buscaré, ni aceptaré, la nominación de mi partido para otro mandato como su presidente”. Y añadió: “Cada día de mi vida dedicaré cada momento a la causa de la paz para los estadounidenses y para la humanidad”.
Pero la situación hoy es mucho más delicada. Debido al debilitamiento de las normas y las instituciones políticas estadounidenses, se necesitan líderes capaces de anteponer el bienestar de la nación a sus intereses personales y partidistas. Por eso, sin entrar en los porqués de la decisión, la renuncia de Biden es un ejemplo que busca salvaguardar y fortalecer la democracia estadounidense en un momento crítico.
Al afirmar que “EEUU es una idea, una idea más fuerte que cualquier ejército, mayor que cualquier océano, más poderosa que cualquier dictador o tirano”. Decir que “lo grande de EEUU es que aquí no mandan reyes o dictadores, manda el pueblo”. Y proclamar que “la historia está en sus manos; el poder está en sus manos, la idea de EEUU está en sus manos”. Biden se ha situado como defensor de las normas democráticas, algo crucial para la supervivencia de la democracia estadounidense.
Sin líderes políticos que se pongan de pie y defiendan las reglas de la democracia, las democracias se debilitan y mueren. Se asalta el Capitolio y años después eres el candidato de nuevo a la presidencia. Cabe preguntarse donde esta un partido Republicano entregado a Trump y al inmovilismo en una sociedad americana que ha cambiado y cambiará más los próximos años.
Biden ha dado un paso al frente. Kamala Harris tiene la posibilidad de ser la primera presidenta de Estados Unidos. Pero ante tantos interrogantes que van a surgir hay que tener claro que los que pueden salvar la democracia son los ciudadanos con su participación y su voto.
(Preámbulo Declaración de Independencia de los Estados Unidos, 1776)
“Sostenemos como evidentes en sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie por motivos leves y transitorios gobiernos de antiguo establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, evidencia el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno y proveer de nuevas salvaguardas para su futura seguridad y su felicidad.”
