Mateo Gil nos regala un western con rasgos europeos, adaptado a los gustos de nuestro tiempo, pero con un enorme respeto a los cánones más tradicionales del género.

Bolivia, 1927, ButchCassidy (Sam Shepard) no murió tiroteado años atrás por el ejército junto a Sundance Kid. Vive retirado y oculto, dedicado a los caballos y tratando de reunir el dinero suficiente para volver a casa. Y de pronto, en su tranquilo camino, la inesperada aparición de Eduardo (Eduardo Noriega), un joven ingeniero español que lo cambiará todo.

Sam Shepard, auténtico icono de aquéllas películas del oeste que visionábamos los sábados por la tarde en “Sesión continua”, interpreta a un impecable ButchCassidy anciano, con unas localizaciones que no pueden ser más espectaculares y nos ofrecen un marco adecuado para la épica. Con componentes claros de drama crepuscular, nos habla de cómo el tiempo cambia las cosas pero no las transforma en lo esencial. Modera o templa los caracteres y afianza los principios. Lo social, la crítica a la injusticia que sufren los más desfavorecidos pervive a lo largo del tiempo, mientras que con la nueva realidad se pone de manifiesto que los forajidos de leyenda tienen cada vez menos cabida.

Es una película pausada en su narrativa, que pone en valor la impenetrable, ruda y tranquila silueta de su protagonista absoluto. Con una magnífica fotografía, que ensalza la belleza de la tierra boliviana, envuelta magistralmente en una banda sonora de Lucio Godoy que aporta un punto nostálgico, recordándonos que nuestra forma de vida actual -representada de modo evidente en el personaje del ingeniero español ( Eduardo Noriega)- resulta de la contraposición moral de valores y tiempos pasados. Los siempre añorados “Tiempos de leyenda”.