En un paĂs que tiene tanta debilidad por el espectáculo como Brasil, la peculiar manera que la Justicia encontrĂł para hacer declarar al ex-presidente Luiz Inacio Da Silva, Lula, en relaciĂłn con su supuesto enriquecimiento ilĂcito en el escándalo de Petrobras, no deberĂa sorprender demasiado. Brasil libra casi todas las batallas en los platĂłs de televisiĂłn y en el teatro abierto de la calle. Las propias instituciones presentan muy baja resistencia a esta enfermedad de nuestro tiempo que es el amarillismo de toda suerte: polĂtico, mediático, institucional y hasta religioso.
Desde aquĂ, resulta estĂ©ril entrar a debatir si, como piensan sus adversarios, gran parte del aparato judicial y numerosos analistas y observadores, Lula es un eslabĂłn más de ese fenĂłmeno tan intrĂnsecamente nacional como es la corrupciĂłn. Los fiscales, jueces y policĂas que han conducido la investigaciĂłn aseguran con aplomo que las pruebas contra el lĂder más popular del paĂs desde Getulio Vargas son abrumadoras. Lo veremos.
Por el contrario, los seguidores, simpatizantes, no pocos intelectuales impecables, ya sean adeptos o no a las teorĂas conspirativas, e incluso algunos jueces, se muestran del todo convencidos de que el show del pasado fin de semana constituye, más que un episodio judicial, la penĂşltima vuelta de tuerca de una estrategia destinada a expulsar del poder al Partido de los Trabajadores, enfangar a sus lĂderes y devolver el paĂs a sus dueños naturales: los grandes poderes socio-econĂłmicos y sus seguros servidores polĂticos.
Lula fue, durante años, la bestia negra de los sectores más tradicionales del paĂs. Le cerraron el paso al poder en varias ocasiones, y cuando ya no pudieron pararlo electoralmente, no cejaron en su empeño de destruirlo. Pero el ex-sindicalista demostrĂł siempre una resistencia metálica al acoso y una flexibilidad táctica envidiable.
Astucia y olfato. Ésa ha sido la receta de Lula. Su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, ha dicho con agudeza que el obrero convertido en presidente no fracasĂł, porque hizo todo lo contrario de lo que llevaba años prometiendo. No es una argucia muy original en polĂtica. Pero Lula combinĂł ese pragmatismo con una capacidad notable para presentarse como defensor de los intereses populares, promoviendo programas de reducciĂłn de la pobreza, quizás poco novedosos, pero más intensos y mejor vendidos.
Al cabo, sin embargo, lo que garantizĂł el Ă©xito de su gestiĂłn fue la coyuntura, como resulta tambiĂ©n muy comĂşn en polĂtica. Vinieron los tiempos de la expansiĂłn china e india, la demanda de materias primas y la riqueza fluyĂł. En AmĂ©rica Latina se creyĂł que habĂa llegado por fin el tiempo de redistribuir, de reducir la brecha social. Ni siquiera la crisis de 2008 acabĂł de inmediato con el espejismo.
EL CAMBIO DE FORTUNA
Esa fortuna que Lula tuvo para emparejar las aspiraciones populares con los ciclos econĂłmicos favorables se tornĂł en infortunio para su heredera. Dilma Rousseff, más radical que Lula en sus años jĂłvenes, resultĂł ser más eclĂ©ctica en su madurez. El agotamiento del modelo chino, al menos temporalmente, hizo trizas las expectativas de un cambio de tendencia histĂłrica, en Brasil y en el resto del subcontinente. Ante el giro negativo de las circunstancias, la presidenta lo ha intentado todo: primero, firmeza en las convicciones; más tarde, rectificaciones parciales; y, a la postre, una rendiciĂłn cautelosa a la espera de mejores tiempos. Nada le ha funcionado. Dos años lleva golpeando la recesiĂłn en Brasil. El año pasado se cerrĂł con un Ăndice negativo del 3,8%. Las inversiones pĂşblicas se han reducido un 40% en sĂłlo dos años (1).
El desafĂo econĂłmico de Brasil hubiera merecido otras polĂticas durante la bonanza, en opiniĂłn de algunos economistas ortodoxos (2). Pero un partido como el PT difĂcilmente podĂa dedicarse a hacer reformas de fondo cuyos rĂ©ditos exigen dĂ©cadas, no años, sin repartir. Nadie lo hubiera entendido. En la cuesta abajo actual, no basta con llamar a tecnĂłcratas de la acera de enfrente para que hagan lo que la izquierda siempre ha criticado. La primera que lo sabĂa, y de sobra, era la Presidenta, pero quizás no tuvo otro remedio, para calmar a los mercados y detener la sangrĂa de capitales. Como era de esperar, en su partido no entendieron este gesto desesperado de alguien a quien consideraban heredera sin resquicios del carismático fundador. Dilma ya ha probado sobradamente lo que es la soledad en polĂtica.
Al boomerang econĂłmico se uniĂł otra plaga permanente en la vida polĂtica brasileña: la corrupciĂłn. El mandato de Lula ya habĂa arrancado con el escándalo del mensalao (en pocas palabras: la compra de votos parlamentarios). Tampoco los gobiernos anteriores se habĂan salvado del estigma. Fernando Henrique, un socialdemĂłcrata muy pálido, consiguiĂł salir indemne. Pero debemos recordar que Fernando Collor de Melo, un cachorro de la derecha, fue destituido por corrupciĂłn, en los noventa. Y de la dictadura, para quĂ© hablar.
Cuando Lula dejĂł la presidencia en 2011, en Brasil no habĂan aflorado los problemas que ahora devoran la prosperidad y la confianza del paĂs. Pero estaban latentes. Muchos analistas, afines o contrarios, se mostraron convencidos de que el lĂder carismático no se resistirĂa a volver. ApoyĂł siempre a Dilma. Hasta hace poco. En la reciente fiesta de aniversario del Partido, la hija predilecta estuvo ausente. Sus relaciones con el aparato son más que tensas por el giro a la derecha (a la desesperada, más bien) de su polĂtica econĂłmica. Lula tambiĂ©n se habrĂa distanciado de ella, pero nunca ha demostrado el mĂnimo detalle de ello en pĂşblico (3).
Sea asĂ o no, el fin de semana pasado Rousseff visitĂł al lĂder natural y lo arropĂł con lo que le queda de su deteriorado prestigio. No se descarta que la actual presidenta salga de Planalto por la puerta de atrás, si prospera el enĂ©simo intento de forzar su destituciĂłn por su responsabilidad, que no aprovechamiento directo, en el escándalo de Petrobras. La idea fuerza en el PT, es decir, que todo se trata de un montaje de los poderes fácticos para destruir a la principal alternativa popular en Brasil, podrĂa no ser suficiente para agrupar a las huestes. El desgaste se une a la decepciĂłn por las dentelladas de la vida dura, el paro en el 8%, el alza imparable de los precios y esa ferocidad con que el pesimismo quiebra las alegrĂas nacionales.
La Ăşltima esperanza de los suyos y de los afines es que Lula sobreviva a la deriva de Dilma y a las dudas sobre su integridad y se reconstruya como segunda gran oportunidad de la izquierda posible brasileña. Para un hombre acostumbrado a afrontar la vida como una batalla sin cuartel, esa tarea no deberĂa asustarlo. Pero en esta ocasiĂłn tendrá que hacerlo sin la ilusiĂłn de los orĂgenes y sin la aureola de la inocencia. A sus setenta años la opciĂłn es clara: o terminar su vida pĂşblica en la ignominia, o ganar la reválida de la historia.
(1) “BrĂ©sil en proie Ă la pire rĂ©cessiĂłn depuis vingt-cinq ans”. LE MONDE, 4 de marzo.
(2) “The Root at the heart of the Brazilian economy”. CHRISTOPHER SABATINI. FOREIGN POLICY, 10 de Febrero.
(3) “From bad to worse for Rousseff”. JUAN DE ONĂŤS. FOREIGN AFFAIRS, 22 de septiembre.
