Toda la situación de Ceuta desde el 30 de julio es un ejemplo de manual de la capacidad que tienen las grandes Potencias para tratar de imponerse a los Estados medianos mediante la extorsión, y ello en confluencia con un fantasma que recorre Europa, el fantasma de la antiinmigración como componente principal de la actual ideología neofascista.

Trump extorsiona a España para castigarla por no mostrar la sumisión que han practicado otros países europeos, con Von der Leyen y Rutte a la cabeza, y el Partido Popular Europeo, conforme a las consignas del Partido Popular español, se moviliza dentro de la Unión Europea para castigar a un Gobierno socialdemócrata de verdad (y no como el danés). La suma de esos dos factores tiene una fecha y un lugar: 30 de julio en Ceuta, cuando miles de marroquíes y subsaharianos intentaron penetrar en la ciudad. Sería interesante saber si antes del 30 de julio había en Madrid una Embajada que sabía lo que iba a ocurrir a 522 kilómetros de distancia, la Embajada de Estados Unidos.

Y además de castigar a España, la operación ha servido para tensar el tema de la política antiinmigratoria, punto de encuentro de la derecha tradicional del Partido Popular Europeo y de la extrema derecha neofascista europea en sus diversas tendencias.

Así estalló la tormenta de Ceuta el 30 de julio. Preocupa que el Gobierno, es decir, el Ministerio del Interior, la Delegación del Gobierno y la propia Presidencia del Gobierno, no dispusieran de información suficiente. Y cuando decimos información suficiente, decimos aquella información que permite desplegar con antelación los medios necesarios para impedir la operación desestabilizadora. ¿Cuánto dinero gasta el Estado español en medios de información en el Norte de Marruecos?

Es especialmente doloroso que Italia, con un Gobierno neofascista, se haya prestado a la doble operación de promover con Dinamarca una carta de protesta por un motivo ajeno a la invasión, como es la obligada regularización de inmigrantes y, ya por su cuenta, dejar en suspenso el mecanismo Schengen con los viajeros procedentes de España. Es, insisto, doblemente doloroso, pero quizá lo que más molesta es el lenguaje y el razonamiento falaces de Italia y de los firmantes de la carta, lenguaje y razonamientos que presuponen que los ciudadanos europeos y españoles no tienen capacidad de raciocinio. ¿Quién se puede creer que la invasión está provocada por el “efecto llamada” de la regularización de inmigrantes? ¿Y quién puede creer que, una vez que los inmigrantes lleguen a Ceuta, van a acudir en masa a Italia, atravesando las consiguientes fronteras, en avión o en barco para asentarse en ese país? Son dos argumentos tan falaces, tan falsos e irrisorios que cuesta pensar que sean utilizados por Gobiernos de la Unión Europea.

Es igualmente doloroso ver a un Gobierno que se dice de izquierdas plegarse a la ideología trumpista, quizá para que Estados Unidos levante la presión sobre Groenlandia. Porque una cosa es que, para consumo interno y con fines electorales, la socialdemocracia danesa asuma un argumento de extrema derecha y otra que se alíe con Meloni, legitime a la extrema derecha italiana, se preste a firmar una carta que procede del Partido Popular Europeo y de los neofascistas de la Unión Europea y acabe visitando a una Presidenta neofascista. Conocemos en la historia del siglo XX algunos casos de socialistas entregados a la derecha (la traición de Léon Blum a la República española es un ejemplo), pero la participación de Dinamarca en una operación de la derecha/extrema derecha europeas sólo se entiende como medio (erróneo) de aplacar a Trump.

Y además, esta operación de las derechas europeas contra el Gobierno español nos muestra, como han destacado muchos comentaristas, la fragilidad estructural de la Unión Europea. Ante una crisis humanitaria dirigida desde fuera de la Unión, ni los órganos de la Comisión ni, menos aún, los Estados miembros han comprendido que lo único que cabe es poner en marcha firmísimos mecanismos de solidaridad con el Estado que es víctima de la operación desestabilizadora. Todo lo contrario: ante una situación de emergencia, el Partido Popular Europeo y la extrema derecha intentan debilitar al Gobierno español.

Por eso hay que manejar los datos reales, no las mentiras que la derecha europea inventa para castigar al Gobierno de Sánchez por orden de Trump y del Partido Popular español. Y diferenciar la génesis del problema del modo de solucionarlo. No se entiende de qué se debe disculpar el Gobierno, que ha gestionado la crisis como ha podido, aplicando el ordenamiento. Más bien tendrá que disculparse el Partido Popular, que en todo momento ha echado leña al fuego mientras sus Gobiernos autonómicos no se han librado de la presión de Vox y no han querido colaborar en la solución de la crisis humanitaria y, como es habitual, Núñez Feijóo ha vuelto a pedir elecciones: el que es pedigüeño pide siempre por costumbre, aunque sabe que no va a obtener lo que pide. Y para remate, el extravagante viaje de Aznar a Ceuta, donde nada se le ha perdido, y que sugiere que dentro del Partido Popular no confían en Núñez Feijóo y tienen que sacar a pasear al antiguo Presidente como se saca a un santo para una rogativa para pedir la lluvia.

Por eso importa ahora la firmeza y la eficiencia, para que los ciudadanos españoles de uno y otro lado del Estrecho vean que se va desactivando la invasión. Firmeza y eficiencia que no significan emplear las Fuerzas Armadas, como empieza a pedir la extrema derecha y algunos cipayos intelectuales de la derecha, porque las soluciones militares sólo contribuyen a tensar más la relación con Marruecos.

Después de las grandes operaciones de persecución judicial, las diversas derechas, nacionales y foráneas, han intentado una vez más desestabilizar al Gobierno del Presidente Sánchez por la vía ceutí. Falta un año para las elecciones y es posible que todavía veamos algunas operaciones desestabilizadoras de gran calado.