¿Sabías que el 56,1 por ciento de los españoles están muy o bastante interesados por la política? Mientras, un 23,1 por ciento están poco o nada interesados, según la encuesta de Tendencias Sociales IV realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas.

El interés de los ciudadanos por la política es un indicador esencial de la calidad y la salud de una democracia, ya que como señalaba Dahl, la legitimidad democrática se fundamenta en una participación activa, individual y colectiva, que permite al ciudadano influir en las decisiones.

Cuando hay mucho interés se fortalece la legitimidad de las instituciones, al producirse un mayor debate público entre ciudadanos informados que participan activamente. Por el contrario, la apatía política, la indiferencia, la crispación, y el descredito de la política, son síntomas de problemas estructurales que generan desconfianza en las instituciones, enfrentamientos, rupturas, desinformación y exclusión. Y en último termino la muerte de la democracia desde dentro de ella.

La democracia requiere ciudadanos informados y comprometidos. ¿Es eso posible hoy en un contexto de polarización y desinformación donde se elije trinchera y bando para estar solo con los que piensan como nosotros y ver al resto como enemigos a batir? ¿El interés por “su política” y “su participación” de “ciudadanos zombis dopados con bulos”, que eligen presidentes y gobiernos, que significa para la democracia y su supervivencia?

El interés por la política es un elemento central de las democracias. Porque más allá de votar en las distintas elecciones implica un compromiso con la sociedad en la que vives. Sin embargo, nos enfrentamos a dos cuestiones delicadas para la democracia.

Por una parte, en las últimas décadas el porcentaje de ciudadanos que señalan que les interesa poco o nada la política ha ido aumentando como consecuencia de la ruptura del contrato social, como consecuencia de la desconfianza en las instituciones democráticas, como consecuencia de su perdida de funcionalidad en las vidas diarias de las personas, y como consecuencia de la crispación y la polarización, entre otros factores.

En España, en los últimos dos años, ha aumentado el porcentaje de ciudadanos a los que les interesa poco o nada la política, hasta llegar al 23,1 por ciento.

Por otra parte, la polarización está provocando que aumente el número de españoles que declaran estar muy interesados por la política. De ser un 13,8 por ciento en el año 2021 han pasado a ser el 20,3 por ciento en 2024. Este dato en principio positivo ¿En qué contexto se está produciendo? ¿Existen espacios de diálogo donde se pueda debatir bien informado y poder llegar a acuerdos? O ¿Hemos dejado de ser ciudadanos para ir deslizándonos hacia la tribu, primero como forofos pasivos y luego como hooligans activos de nuestro equipo y frente al resto?

No lo sé. Hasta ahora la confianza en las instituciones democráticas era un elemento esencial para fomentar el interés por la política. Pero ahora nos encontramos con un gran descredito de las mismas, que tendría que llevar a la apatía, y sin embargo se está generando interés por la política. Puede ser que las trincheras mediáticas y en las redes sociales están haciendo que unos ciudadanos participen más y otros participen menos, como se ha visto en las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

En España, cuando se ha preguntado recientemente sobre la confianza en determinadas instituciones, siendo el 10 la máximo confianza y el uno la mínima confianza, la única que aprueba es la Constitución de 1978, con una media de 6,07. Algo muy positivo porque es nuestro marco de convivencia.

Pero hay instituciones claves en la arquitectura constitucional que no llegan al cuatro. Los partidos políticos, un 3,19. Los sindicatos, un 3,47. El gobierno, un 3,59. El parlamento, 3,64.

La polarización y la crispación están aumentando el interés por la política. Pero este tipo de interés debilita la democracia y puede llegar a destruirla, porque no busca el interés general, sino que parte de la radicalización de las posiciones y de la imposición frente al diálogo que permite llegar a acuerdos.

Debilita la democracia y puede llegar a destruirla, porque parte de la erosión, primero, de la convivencia y luego de la cohesión social, lo que impide abordar las necesidades y problemas cotidianos y vitales de los ciudadanos.

Debilita la democracia y puede llegar a destruirla, porque ceban constantemente a los ciudadanos con mentiras, desinformación y bulos que pasan a formar parte de imaginarios colectivos y creencias preexistentes sin cuestionarse su veracidad. Solo se ve la realidad con la que se está de acuerdo.

Nos encontramos en una encrucijada. Del camino que elijamos, individualmente y como sociedad, dependerá nuestro bienestar o no,  y el de los ciudadanos, las próximas décadas.

Por ese motivo, hay que tener un sistema educativo que forme en valores democráticos. Hay que incrementar las políticas que aumentan la igualdad. Hay que apostar por el diálogo y los acuerdos entre quienes piensan diferente. Hay que aumentar la trasparencia, la rendición de cuentas y la participación en todos los ámbitos. Hay que hacer realidad la información como derecho de los ciudadanos frente a la desinformación y bulo, lo que lleva necesariamente a una nueva regulación de los medios de comunicación y las redes sociales.

En definitiva, más interés por la política para unirnos.