Leonardo Padura, Tusquets, Barcelona, 2020.

Leonardo Padura es un viejo conocido para los amantes de las novelas policiacas, es para muchos uno de los más relevantes escritores de América Latina. Su estilo, inconfundible, despliega una pluma ágil, siendo, además, un maestro en la construcción de historias y personajes, que se trasladan desde el pasado hacia el presente, con finales en donde el todo converge por formar parte de lo atajado.

Sus novelas son como un telar de miles de hilos y numerosos colores que seducen por su complejidad y por entreverar sueños, ilusiones, decepciones, pérdidas, tragedias… a través de vivencias ajenas que nos recuerdan lo que pudo ser y no fue.

El título rememora la canción Dust in the Wind del grupo norteamericano de Rock Kansas, que vio la luz en el año 1977 y que permanecerá como una de las más bellas, en su estilo, por la serenidad que traslada y por su poética letra. Una letra que en su primera estrofa dice así “Cierro los ojos solo por un momento y el momento pasa. Todos mis sueños pasan por delante de mis ojos, una curiosidad. Polvo en el viento todo lo que son es polvo en el viento”.

De esto trata esta trama, de los sueños que no se cumplen, de los momentos de felicidad y de los episodios que zahieren y enseñan por dónde conducirnos, aunque en la mayor parte de las ocasiones, nos perdamos buscándonos en la noria del vivir.

Una ficción en la que se descubre el compartir de un grupo de amigos que sobrevivieron al exilio y se encontraron veinticinco años después, marcados por un pasado extraviado y un redescubrimiento colmado de recelos, pero también de nostalgia por una juventud bien vivida y hallada.

Leyendo sus cerca de setecientas páginas imaginé estar en La Habana, disfrutando de sus gentes, de sus olores, de su exuberancia y de su música, merced al compás de los rítmicos giros lingüísticos de Padura, tan cubanos desde la primera página hasta la última.

Quizá los sueños viajen en el viento, quizá como decía Calderón “sueños son”, pero sin ellos nuestra existencia quedaría reducida a la cotidianeidad. Y desde luego los sueños nos elevan y humanizan, nos hacen grandes, permiten que lo previsiblemente irremediable sea mutable y que salga el sol. Un sol que también asoma en esta ficción.