“La muerte de la empatía humana es uno de los primeros y más reveladores signos de una cultura a punto de caer en la barbarie”
Hannah Arendt
Llevo unos meses fuera de foco. Los precios de los pisos de Madrid, como a tanta gente, me han echado de la villa y corte y me he desplazado a una ciudad de Castilla y León, donde transcurrió parte de mi infancia y de mi adolescencia: Palencia.
Palencia es una ciudad pequeña, todo está al alcance de ir caminando, utilizar poco el coche y hablar con mi grupo de amigos y amigas de la adolescencia que aquí se quedaron; tiempo de hacer tertulias relajadas, de hacer unas risas y… ¿políticamente? Pues sí se habla de política, pero sin esa tensión que hay en Madrid. Las manifestaciones se celebran y transcurren por la vieja Calle Mayor, sí, aquella en la que José Antonio Bardem rodó, hace ya más de 70 años, su mítica película del mismo nombre, en la que yo nací y viví mientras iba a realizar mis estudios y que ahora tiene un andamio de sujeción de la fachada. Da tiempo para admirar el variado, bello y abundante románico. Su Ateneo, fundado por Becerro Bengoa, fue recuperado recientemente; rezuma y destila unas ráfagas de querer ser, de intentarlo y… aún le queda tiempo.
Mientras me he adaptado a todos estos hitos y cambios —excuso exponer los tediosos trabajos burocráticos del cambio de domicilio y colocar contenidos de varias decenas de cajas llenas de libros—, han transcurrido varios meses. No me encontraba con tiempo para escribir, pero he seguido observando y pensando la actividad política y, confieso, el resultado me ha generado más zozobra que tranquilidad.
Durante los últimos tres años he expuesto, en varias ocasiones, contenidos sobre la comunicación política en España, la tensión, la agresividad latente y la expresada. He intentado hacer un relato de esa distorsión comunicacional que se traduce en una gran disfunción relacional en todo lo político. En este tiempo sin escribir, pero pensando, han aparecido contenidos de análisis de tres años y percibí que podía agruparlos, contextualizarlos y, sobre todo, redefinirlos para realizar una comprensión de nuevo cuño.
En julio de 2023 se celebraron elecciones y los partidos presentaron sus opciones de gobierno en forma de programa electoral. Desde esta perspectiva, ¿cuál fue el programa electoral del PP? Lo leí y releí de forma muy detenida y, ¡oh, sorpresa!, carecía de un programa electoral detallado y real. Todo el programa se reducía a un único punto que difundió, repitió y del que se vanagloriaba: derribar y desmontar a Pedro Sánchez, que terminó generalizando a desmontar el sanchismo; ese era el único punto y, a su vez, el compendio de todo el programa electoral. Lo curioso es que, tras las elecciones, el PP solo ha tenido un punto para hacer oposición: derrocar al sanchismo.
Este único punto de derribar, derrocar y desmontar al sanchismo no hubiera sido nada más que un eslogan si no se hubiera consolidado como el único objetivo de la política de oposición. Al haber ocurrido ese hecho, se visualizaba como insistencia, reincidencia, repetición y persistencia en esa línea. Resulta que reúne las características de transformarse en una idea obsesiva para el PP, que ha ido desarrollando una conducta compulsiva en esa dirección. En otras palabras, el PP había desarrollado un funcionamiento que se podría encuadrar en un funcionamiento obsesivo-compulsivo. Reunía, en el cómputo de su acción política de oposición, todos los mecanismos propios de lo obsesivo-compulsivo.
En este sentido, nos hemos equivocado al buscar mecanismos explicativos acerca de la conducta de oposición del PP. No se entendía que el PP se opusiera, sin razón ni concierto alguno, a todas las acciones sociales que benefician a la ciudadanía y la dependencia, cada vez mayor, de la extrema derecha.
La idea obsesiva, de forma paulatina, pero persistente y constante, va ocupando la totalidad del proceso de pensamiento y va dirigiendo la orientación de la conducta. Digo bien, de la conducta. Aclaro este contenido: mi amigo el Prof. Conde decía que él poseía comportamiento porque conducta era propio de los animales, así que confirmo que se orientaban esas conductas de oposición por parte del PP. En efecto, se propusiera lo que se propusiera en el tema que fuera, la única respuesta del PP era la oposición y que había que derrocar al sanchismo, hacer caer al Gobierno por el mecanismo que fuera; estaban autorizados a hacer todo en contra del Gobierno para hacer desaparecer al sanchismo.
El PP pasó de ser un partido de gobierno y oposición a ser un grupo político altavoz de la extrema derecha, a difundir las denominadas fake news, a argumentar con gritos e insultos. Si se descubría la falsedad, se callaban y no se disculpaban. Se transformaron en el paradigma del chascarrillo en la política y pretendieron generalizarlo en todas sus acciones en el Parlamento, incluyendo la utilización perversa del Senado.
Como un Congreso bis, para temas de opinión, no para políticas de oposición con contenido político; eran chascarrillos politiqueros.
Fuera cual fuera el tema político, lo llenaban de epítetos dirigidos al Gobierno, epítetos gruesos, inadecuados e inapropiados, donde no cabía la duda o la ambigüedad. Eran del tipo de mafia, incompetente, “Pedro Sánchez hdp”, traidor, irresponsable, villano, déspota, cretino, bribón, villano, cínico, “vivir de la prostitución”, “galgo de Paiporta”, corrupto, ególatra, frívolo, autoritario, irresponsable, inmoral… ¿qué se persigue con toda esta retahíla de insultos y descalificaciones? Y, en segundo término, ¿qué se persigue con esta conducta?
Eliminar contenidos políticos y de crítica política, sustituirlos por insultos personalizados en el Presidente del Gobierno (PG), es una gran simplificación que focaliza toda la actividad política en una persona, para continuar con el único punto real de su programa electoral. Esas conductas de insultos dirigidos personalmente al PG buscan su deshumanización, de tal suerte que entonces permite toda suerte de maldades y agresividad dirigida a un objeto, a una cosa que no es humana. La despersonalización y deshumanización de alguien es un mecanismo de defensa que se utiliza en los funcionamientos obsesivo-compulsivos.
La persistencia de los pensamientos obsesivos y de los síntomas acompañantes que se exteriorizan como actos compulsivos se explica porque las dudas iniciales, que surgen sobre el pensamiento obsesivo, se van transformando en certezas y los actos compulsivos se transforman en verdaderos conjuros, tendentes a poder inactivar los peligros que la idea obsesiva pudiera amenazar o predecir; un mecanismo de comprobación necesario para la autosatisfacción de controlar el potencial peligro.
Es tan fuerte el potencial de las ideas obsesivas que se defienden con uñas y dientes. Esa defensa a ultranza puede desencadenar, de hecho desencadena en este caso de forma palpable, respuestas agresivas con diferentes maneras de expresarse. Aquí se encuentra el meollo de la cuestión de tensión que estamos viviendo. No solo es la expresión de las diferencias políticas, sino que es un síntoma prevalente de transformar un programa político en una idea obsesiva y en sus expresiones compulsivas persistentes.
Esta nueva perspectiva nos evidencia que nuestras acciones, reactivas frente a las desencadenadas de forma obsesivo-compulsiva por el PP, tendentes a neutralizar las conductas del PP, consideradas erróneamente como meras conductas de oposición, deben introducir acciones que neutralicen estos contenidos obsesivo-compulsivos.
No son meras conductas de oposición política las que realiza el PP; por ello se fracasa de forma reiterada a la hora de intentar contrarrestar y controlar la acción del PP. Los contenidos obsesivo-compulsivos son internos y buscan el control externo al otro, ya que se posee la verdad absoluta. Así se siente el PP; por ello no tiene programa electoral, sino que piensa y actúa para desmontar, desterrar, destruir, derrocar y, en último término, sustituir al pérfido sanchismo, para lo que harán, como ellos dicen, “todo lo que sea necesario”. La rabia y el sentimiento de insatisfacción, en lo obsesivo-compulsivo, se confirman cuando los conjuros que elabora tampoco resultan de utilidad para neutralizar ni los pensamientos obsesivos ni las conductas compulsivas consiguen neutralizar el malestar generado.
La respuesta agresiva es la que se hace de forma compulsiva: los insultos, con la deshumanización que comportan; las conductas de oposición a todo, sea lo que sea, oponiéndose hasta a lo que más podría beneficiarles (salario mínimo interprofesional, pensiones, alquileres, política de vivienda, sanidad pública, educación pública, dependencia). Todo se vivencia como potencialmente agresor para ellos, por lo que no cesan en sus ataques y conjuros de forma compulsiva.
Como hasta ahora no ha tenido el éxito esperado por los dirigentes del PP, entonces su respuesta agresiva da un paso más: la judicialización de la acción política, creando un ruido ensordecedor con denuncias, acusaciones privadas y todo tipo de recursos legales que llevan a un enlentecimiento de respuestas adecuadas y con el control del tempus de forma aparente mientras el tiempo transcurre lentamente. Las comisiones parlamentarias no aportan información concreta y se presuponen sus conclusiones desde el primer momento de su constitución. El sistema judicial se ve instrumentalizado y emerge, paulatinamente, el lawfare como respuesta a ese requerimiento judicial, dando lugar a una gran paradoja: mientras se culpabiliza al Fiscal General del Estado sin pruebas, se dilata el caso de quien origina esta (pseudo)culpabilidad.
Frente a lo obsesivo-compulsivo… hay que hacer otras cosas, serán abordadas en otra ocasión, por ende.
