Las elecciones alemanas del pasado dÃa 23 han confirmado todos los sondeos que iban realizándose, es decir, triunfo moderado de la Unión Demócrata Cristiana (CDU-CSU), ascenso notable de Alternativa para Alemania (AfD), hundimiento desastroso del Partido Socialdemócrata y relativo triunfo de la extrema izquierda de Die Linke. Antes de examinar las tres grandes cuestiones que se suscitan tras estas elecciones (esto es, el ascenso de la extrema derecha, el fracaso polÃtico de la socialdemocracia y las estrategias electorales equivocadas) conviene señalar que en el cleavage derecha-izquierda ni la derecha ha subido tanto (53,7% incluyendo a los liberales) ni la izquierda se ha hundido estrepitosamente (41,1% incluyendo a la extraña extrema izquierda del BSW). Lo nuevo es que Alternativa para Alemania crece tanto a costa de la Unión Demócrata Cristiana (y quizá en menor medida del Partido Socialdemócrata) y que el viejo voto socialdemócrata se diluye en todas las direcciones posibles.
¿Por qué crece el voto de la extrema derecha en todo el mundo? Evidentemente el voto de extrema derecha arrasa en Estados Unidos, en Argentina, en Brasil, en HungrÃa, en Italia, en Francia, en los PaÃses Bajos y en Suecia. Y tiene un score muy digno en España y en Portugal. A mi juicio, porque el actual voto de la extrema derecha recoge parte del antiguo voto comunista, del antiguo voto de la extrema izquierda, un voto antisistema que refleja el miedo y la insatisfacción de una franja importante de la clase trabajadora cuyas expectativas vitales en muchos paÃses no se satisfacen adecuadamente en lo económico, en el ascenso social y hasta en lo cultural. No es un fenómeno nuevo, pues en las últimas elecciones alemanas celebradas antes de la llegada de Hitler al Gobierno, las de noviembre de 1932, el Partido Obrero Alemán Nacional Socialista fue ya el primer partido con un porcentaje de 33,09% de los votos (la izquierda socialista y comunista obtuvo en conjunto un 37,29%). Es decir, en el voto de la extrema derecha hay siempre un componente antisistema, de protesta socioeconómica, que canaliza la conciencia de clase ocultando los verdaderos intereses que hay detrás de esa extrema derecha.
En Alemania, la conjunción de la crisis económica (a la que no han sabido hacer frente adecuadamente por las restricciones constitucionales al endeudamiento), del temor por la agresión a una Ucrania demasiado próxima y la visión equivocada de la inmigración (sin la que la economÃa alemana no podrÃa funcionar desde hace setenta años) han provocado el crecimiento de Alternativa para Alemania a costa de democristianos y, en menor medida, de socialdemócratas. A eso se debe añadir la peculiaridad de los Ländern orientales, donde la nostalgia por la dictadura comunista se traduce en voto fascista… Impresiona ver en la prensa la representación cartográfica de la votación (por ejemplo, El PaÃs, La Vanguardia y El Mundo del 25 de febrero) donde los Ländern orientales tienen el color azul de Alternativa para Alemania.
Pero este gran triunfo de la extrema derecha no se habrÃa producido sin la colaboración de otros partidos, especialmente del Partido Socialdemócrata, pero también, a distancia, de la Unión Demócrata Cristiana.
En el Partido Socialdemócrata han confluido tres circunstancias muy distintas que ayudan a entender su fracaso. Es difÃcil jerarquizar la trascendencia polÃtica de las tres circunstancias, identificar cuál de éstas ha influido más en la derrota, pero al menos se pueden ordenar en el tiempo: cierta renuncia a una polÃtica atractiva y clara para sectores muy diferentes de la población, las secuelas de gobernar en tripartito con partidos muy diferentes y de difÃcil colaboración y, en tercer lugar, la decisión de mantener a Olaf Scholz como candidato a la CancillerÃa.
El Partido Socialdemócrata alemán ha sufrido un fenómeno que conocen otros partidos socialdemócratas europeos, que es la dificultad de diseñar polÃticas públicas que atraigan a sectores heterogéneos de la población. Si se pone en acento con las minorÃas marginadas y excluidas (a las que la izquierda debe apoyar) se corre el riesgo de distanciarse de las grandes masas de trabajadores y de la clase media porque en los paÃses de gran inmigración los intereses de los sectores populares autóctonos y foráneos pueden ser opuestos. Lo mismo ocurre con sectores sociales marginados y hasta perseguidos (LGTBI, ciertos colectivos ecologistas, etc.), que deben apoyarse con medidas de discriminación positiva que no siempre entienden otros grupos sociales populares. Esta gran segmentación social de los destinatarios de las polÃticas socialdemócratas se suele resolver con los partidos catch-all, pero la necesaria ideologización progresista de los partidos de la izquierda atenúa la atracción de sectores sociales diversos. Y ni siquiera Gobiernos como el laborista británico tienen claridad para asentarse como alternativa progresista. El resultado, como se ve en muchos paÃses europeos, es que la socialdemocracia pierde adeptos y capacidad de representar a la mayorÃa de la población.
El Gobierno tripartito también ha castigado al Partido Socialdemócrata, pues a pesar de los minuciosos acuerdos de coalición ha sido difÃcil converger en polÃticas claras, sobre todo con un partido como el Liberal que ha lastrado todas las iniciativas progresistas. Los liberales alemanes nunca han sido fiables, han tendido a la deslealtad (ya abandonaron a Willy Brandt) y a imponer sus dogmas ultraliberales en Gobiernos progresistas.
Por último, el Partido Socialdemócrata se ha dejado llevar por lo que podrÃamos denominar corporativismo de partido. Sólo un candidato renovado hubiera animado a electores dubitativos a volver a votarlo, pero la élite dirigente ha preferido mantener a un candidato que no era el adecuado y aquà se entiende el modelo de legitimación carismática de que hablaba Max Weber, donde la personalidad del gobernante contribuye a afianzarlo o a destruirlo. La dirección socialdemócrata y una parte de sus militantes no se han atrevido a desembarazarse de un candidato inadecuado y lo han pagado caro.
Pero no sólo el Partido Socialdemócrata ha cometido errores. Probablemente también los ha cometido la Unión Demócrata Cristiana que se ha salvado y gobernará, pero con un resultado muy justo. El candidato Merz no era el mejor y habÃa hecho guiños a la extrema derecha, es decir, que en parte entró en el terreno de Alternativa para Alemania, lo que probablemente ha provocado algún trasvase de votos desde la Unión Demócrata Cristiana. Porque no se combate a la extrema derecha asumiendo sus concepciones ideológicas, sino distanciándose de lo que representa extremismo y guiños al fascismo.
Alemania parece salvarse de momento de un Gobierno extremista, como el italiano, pero las lecciones de esta elección están a la vista: claridad ideológica, ninguna concesión al extremismo y objetivos identificables que beneficien e ilusionen a la mayorÃa de los ciudadanos. Democristianos y socialdemócratas alemanes tienen una legislatura para desactivar a la extrema derecha, pero el ambiente internacional no es propicio y las presiones desde Washington pueden ser intensas y hasta irresistibles. Pero es el reto que tiene hoy la democracia europea para sobrevivir.
