Aunque las cifras sugieren progreso, el empleo a nivel mundial se caracteriza por el estancamiento y la persistencia de desequilibrios. Así lo constata la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en su informe Tendencias Sociales y del Empleo 2026, presentado el pasado 14 de enero. Bajo cifras que apenas varían, se afianzan problemas estructurales como: la informalidad masiva, las persistentes brechas de género, la precariedad juvenil, la debilidad  salarial y una transformación tecnológica que progresa más rápido que las garantías laborales. El desafío, advierte la OIT, ya no es solo cuántos empleos se crean, sino qué tipo de empleo y en qué condiciones.

Para 2026, la OIT prevé que la tasa de desempleo global se mantenga en torno al 4,9%, prácticamente sin cambios respecto a 2024 y 2025. En términos absolutos, cerca de 186 millones de personas seguirán desempleadas en todo el mundo. Este dato confirma la  resistencia del empleo frente a las crisis sucesivas —geopolíticas, climáticas, migratorias y económicas—, pero también revela la incapacidad del crecimiento económico por si mismo  para crear  empleo de calidad. Al mismo tiempo, los cambios demográficos están reconfigurando los mercados laborales: el envejecimiento de la población está ralentizando el crecimiento de la fuerza laboral en las economías más ricas, mientras que los países de bajos ingresos no pueden integrar el crecimiento demográfico en empleos productivos.

La OIT considera que las políticas arancelarias de Estados Unidos (EE.UU) ponen en riesgo la estabilidad de los mercados laborales globales. El informe estima una tasa de desempleo del 4,4% en EE.UU y del 5,1% en China en 2026. En el caso estadounidense, los jóvenes con educación superior se enfrentan a un mercado saturado y a las barreras de acceso al empleo introducidas por la inteligencia artificial (IA). Por su parte, China continúa con un elevado desempleo juvenil urbano derivado de un desajuste de capacidades; allí, la ralentización en la creación de empleo —limitada a un 0,5 % anual— y la reconfiguración de las cadenas de suministro dificultan la absorción de nuevos graduados en sectores de alta productividad.

Respecto a Europa, el informe señala que mantendrá una situación de relativa estabilidad laboral en 2026, con una tasa de desempleo en torno al 5,5%, aunque sin avances significativos en la calidad del empleo ni en la reducción del paro juvenil. En el caso de España, se reconoce el crecimiento del empleo impulsado por la contratación indefinida y la reducción drástica de la temporalidad, junto con un importante aumento de la afiliación a la Seguridad Social. Sin embargo, el país continúa presentando una tasa de paro claramente superior a la media europea, con retos pendientes como  excesiva  estacionalidad del mercado laboral y la necesidad de mejorar la calidad del mismo.

El informe constata la incidencia que tienen los niveles de ingresos de los países en los mercados laborales. De hecho, para 2026, se prevé que 2.100 millones de personas trabajen en la economía informal, lo que representa casi la mitad del empleo mundial. En América Latina y el Caribe, gran parte del empleo generado tras la pandemia se ha concentrado en actividades informales de baja productividad y salarios reducidos. Este patrón consolida un modelo económico que, si bien absorbe mano de obra, no ofrece estabilidad ni condiciones de vida dignas a medio o largo plazo; una dinámica que se repite en amplias regiones de África, Asia Meridional y el Sudeste Asiático”.

La desigualdad de género sigue siendo un rasgo estructural del empleo mundial. En 2026, las mujeres representan apenas dos quintas partes del empleo global y registran una tasa de desempleo cercana al 5%, ligeramente superior a la masculina. Su participación laboral es menor y se concentra en sectores de bajos salarios y menor productividad, con una elevada presencia de empleo informal. A ello se suma la carga desproporcionada del trabajo de cuidados no remunerado, que limita o impide el acceso de muchas mujeres a empleos formales y de calidad.

La inserción y la formación laboral de las personas jóvenes se sitúa como una prioridad de la agenda política y social, pues son las que más padecen la compleja situación de los mercados laborales regionales. La mayoría de la juventud se incorporan al mercado laboral a través de contratos temporales, empleos informales, prácticas no remuneradas o trabajo en plataformas digitales, caracterizados por la precariedad, la alta rotación y la ausencia de derechos colectivos. Esta situación dificulta la construcción de trayectorias laborales estables, retrasa la emancipación y debilita el acceso a los sistemas de protección social.

Además, la desconexión entre los sistemas educativos y las demandas de los sectores productivos, sumada a la desaceleración económica y las secuelas de crisis recientes, profundiza las desigualdades intergeneracionales y debilita la cohesión social. En este escenario, la juventud enfrenta una vulnerabilidad crítica ante la automatización y IA, dado que sus empleos se concentran en sectores con un alto riesgo de sustitución. Esta precariedad no solo afecta al bienestar individual, sino que erosiona la afiliación sindical y la representación colectiva, comprometiendo la estabilidad del mundo del trabajo a largo plazo.

“El problema ya no es solo encontrar empleo, sino que ese empleo permita vivir”, subraya el informe. La moderación de la inflación no ha ido acompañada de una recuperación suficiente de los salarios reales, especialmente en los países con baja cobertura de la negociación colectiva. Cerca de 284 millones de personas ocupadas viven en hogares en situación de pobreza extrema, lo que representa el 7,9% de la población trabajadora mundial. La expansión de la pobreza laboral alimenta la desigualdad, debilita la cohesión social y erosiona la confianza en las instituciones.

Ante el avance de la digitalización y la IA, la OIT descarta, al menos a corto plazo, una destrucción masiva de empleo, pero alerta de riesgos menos visibles y potencialmente más profundos. Entre ellos, el aumento de la carga laboral, el descontrol de los tiempos de trabajo, la vigilancia algorítmica y la externalización de las responsabilidades empresariales mediante la subcontratación y las plataformas digitales. Sin regulación ni diálogo social, la tecnología puede convertirse en un nuevo factor de desigualdad en lugar de un instrumento de progreso compartido.

El mensaje de fondo es tan claro como incómodo: el mercado laboral mundial no colapsa, se mantiene sin corregir sus desequilibrios. Crear empleo ya no es suficiente si ese empleo no garantiza condiciones de vida dignas. Desde el movimiento sindical se insiste desde hace años en esta idea y se urge a fomentar el Trabajo Decente. La OIT considera necesaria una Transición Justa —digital y medioambiental— apoyada por políticas públicas eficaces, sistemas de protección social sólidos y un papel central del diálogo social para revertir el actual estancamiento. El riesgo, concluye el informe, es que la precariedad deje de ser una excepción para convertirse en la norma.