DespuĂŠs de Estados Unidos, Francia. El interĂŠs polĂ­tico, la curiosidad ciudadana y el morbo mediĂĄtico harĂĄn la travesĂ­a atlĂĄntica en los prĂłximos meses. Pero muy poco a poco. El foco seguirĂĄ puesto durante unas semanas mĂĄs en AmĂŠrica hasta comprobar si lo de Trump adquiere dimensiones de terremoto o se reduce a una farsa sin disfraces. El nuevo presidente de los Estados Unidos habrĂĄ agotado esos primeros cien dĂ­as (tĂłpicos mĂĄs que mĂ­ticos) para cuando se esclarezca si Francia confirma el triunfo del malestar como proyecto polĂ­tico o se impone la vĂĄlvula de seguridad del sistema tradicional.

Estos dĂ­as se libran en Estados Unidos las escaramuzas de los nombramientos, la reorientaciĂłn de los planes y estrategias de gobierno y el equilibraje de discursos; mientras, en Francia se empiezan a decantar las batallas de las primarias, con algunas sorpresas, que por repetidas, cada vez lo son menos.

Estados Unidos y Francia, cada cual por razones propias y con pesos muy diferentes, son referencias polĂ­ticas inesquivables, anclajes poderosos en la conformaciĂłn de tendencias y en la generaciĂłn de ĂĄnimo ciudadano y de narrativas pĂşblicas.

DespuĂŠs del triunfo de Trump, una victoria en Francia de la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, multiplicarĂ­a el efecto de shock, profundizarĂ­a la sensaciĂłn de crisis en el sistema liberal actual y desencadenarĂ­a una oleada de visiones catastrofistas.

Ya casi nadie se atreve a hacer pronĂłsticos ni a mencionar encuestas como referente de autoridad. Se admite que Le Pen puede confirmarse como candidata mĂĄs votada en la primera vuelta electoral, pero, como ocurriera hace diez aĂąos, el fantasma de la ultra derecha victoriosa se neutralizarĂ­a mediante un pacto entre derecha e izquierda convencionales.

Ese escenario es muy probable. El mĂĄs probable, tal vez. Pero no se trata de una soluciĂłn, o una salida, neutra. En ese pacto de las fuerzas convencionales, la izquierda va a resultar perdedora, casi con toda seguridad, porque a estas alturas del desarrollo polĂ­tico se antoja muy difĂ­cil que alguno de los varios candidatos visibles pueda obtener mĂĄs votos en la primera vuelta que el vencedor de la disputa liberal-conservadora, ya sea Fillon o JuppĂŠ.

Estos dos polĂ­ticos de la derecha francesa han acabado con Sarkozy con facilidad pasmosa. El expresidente, que hasta hace sĂłlo unos meses se relamĂ­a pĂşblicamente con la inevitabilidad de su retorno, ha sido vĂ­ctima de su inconsecuencia polĂ­tica y ha terminado intoxicĂĄndose con su propia propaganda. El coqueteo con algunos de los valores ensalzados por la extrema derecha para apropiarse de ellos y ofertarlos en su candidatura con mayor respetabilidad ha resultado una estrategia catastrĂłfica para sus ambiciones de reentrĂŠe. Sarkozy se ha ganado a pulso un puesto en el panteĂłn de cadĂĄveres ilustres de Francia.

El principal beneficiario de la megalomanĂ­a sarkozita parecĂ­a que iba a ser JuppĂŠ, quien, sagaz y superviviente como pocos de su generaciĂłn, construyĂł una narrativa centrista para refutar la estrategia del expresidente y enemigo declarado en la vieja y ya casi olvidada familia gaullista. Se las prometĂ­a muy felices con su discurso de barrera frente a la tentaciĂłn Trump, como garante frente a la amenaza de oleada frentenacionalista. Ni su equipo ni la mayorĂ­a de los sondeos preveĂ­an hasta hace sĂłlo unos dĂ­as que su candidatura perdĂ­a fuelle irremediablemente. Pero, al cabo, ÂżquĂŠ credibilidad tienen ya los sondeos polĂ­ticos? ÂżPor quĂŠ no se acometen las urgentes revisiones de su funcionamiento, los cambios de metodologĂ­a o la imparcialidad de sus patrocinadores?

El vencedor del primer asalto en la contienda conservadora francesa, Françoise Fillon, es el anti-Trump. No por sus credenciales progresistas: al contrario, es un conservador acreditado, un político que no esconde su adscripción a los valores sociales mås tradicionales, apegado a un catolicismo sin complejos. Incluso se permite defender criterios neoliberales, a pesar del naufragio de esta corriente y de los millones de cadåveres sociales que ha dejado por toda Europa y el resto del mundo. Pero es un hombre serio, previsible, sensato y razonable. No es un fantasma, no es un payaso, no es un farsante. Es el exponente mås tradicional de un estilo reconocible. Un político un poco a contracorriente. Primer ministro durante cinco aùos con Sarkozy, terminó hastiado y fatigado del estilo bombåstico de su patrón. Primero se desmarcó de Êl, luego se separó con cierta claridad y, finalmente, se colocó enfrente de sus ambiciones de retorno. Todo ello, eso sí, con su proverbial discreción. Haciendo el ruido estrictamente necesario y conveniente.

No es seguro que Fillon confirme su espectacular remontada y mande a JuppĂŠ al mismo lugar donde ya Sarkozy entorna los ojos. El mejor escudero del expresidente Chirac cree todavĂ­a poder rescatar su mensaje centrista (o pseudo-centrista), que lima los aspectos mĂĄs ĂĄsperos del neoliberalismo econĂłmico y del conservadurismo social de su rival. JuppĂŠ promete lo mismo, o casi lo mismo que Fillon, pero en dosis menos severas, mĂĄs tragables -o eso pretende- por el electorado centrista, incluyendo la izquierda pĂĄlida, pragmĂĄtica o resignada. Si JuppĂŠ suspira por el voto del electorado socialista en una eventual segunda vuelta contra Le Pen, es porque la derecha francesa da por descontado que el Partido Socialista consumarĂĄ de nuevo lo que constituye su autĂŠntica especialista en el panorama europeo: el suicidio polĂ­tico.

No es que los socialistas franceses no tengan candidato. Tienen al menos tres, de momento. Que deberĂ­an ser cuatro, si el presidente Hollande, de buena gana o forzado por la responsabilidad histĂłrica, al aquelarre en marcha. Y eso, sin contar al escapista Macron. El Marco Bruto del actual inquilino del Eliseo se presenta como convertido a una confusa cruzada de inventiva polĂ­tica que, de oler a algo, huele a liberalismo con rostro amable. Desde la izquierda, ecologistas, radicales, comunistas o neo-izquierdistas hacen aĂşn mĂĄs complicado acordar un cabeza de cartel unitario para disputarle a la derecha el orgullo de frenar al Frente Nacional. Es decir, de impugnar una conexiĂłn atlĂĄntica maldita Trump-Le Pen.

Cuando todos estos remolinos se resuelvan en la acometida final de mayo, el nuevo Presidente norteamericano puede haber cometido tantas barbaridades que Marine Le Pen haya tenido que escenificar renuncias expresas de su simpatĂ­a por el neĂłfito rebelde contra el establishment. El influjo Trump podrĂ­a tornarse en hipoteca o hĂĄndicap indeseable para los ultranacionalistas galos. SerĂ­a paradĂłjico que lo que ahora se contempla con inquietud notable terminara convirtiĂŠndose en un factor que contribuyera decisivamente a salvar a Francia del bochorno de una xenofobia triunfante.

Sin embargo, parece mĂĄs probable que Trump se acomode a un curso derechista mĂĄs convencional, menos conflictivo, con ciertos toques de extravagancia y mal gusto, pero diluibles en una previsibilidad polĂ­tica sin demasiadas lĂ­neas de fracturas en el sistema. Algo asĂ­ podrĂ­a capitalizarlo la derecha francesa como los lĂ­mites del aventurismo populista. DespuĂŠs de todo, el equipo ultra de Trump que vamos conociendo se asemeja mĂĄs a la sonrisa de las hienas que al estampido de los bĂşfalos.