Una vez finalizadas las largas fiestas de Navidad, AĂąo Nuevo y Reyes comienza de nuevo el ciclo polĂ­tico. El primer asunto de transcendencia relevante tiene relaciĂłn con la decisiĂłn de Mariano Rajoy (de acuerdo con la aplicaciĂłn del artĂ­culo 155-CE) de constituir el prĂłximo dĂ­a 17 el Parlament catalĂĄn, lo que obligarĂĄ a Carles Puigdemont y a sus consejeros fugados en Bruselas a tomar decisiones sobre su vuelta a EspaĂąa y a Oriol Junqueras -y a otros presos en la cĂĄrcel de Estremera (Madrid)- a fijar finalmente su posiciĂłn en relaciĂłn con su participaciĂłn en el Parlament.

Sin lugar a dudas, la determinaciĂłn de la justicia condicionarĂĄ mucho estas decisiones y, en concreto, la elecciĂłn de la mesa del Parlament y, desde luego, la presidencia de la Generalitat. Sin embargo, que nadie se llame a engaĂąo, lo que resultarĂĄ decisivo en la formaciĂłn del Gobern de Catalunya serĂĄn los incontestables resultados de las elecciones del 21-D. Sin lugar a dudas, lo mĂĄs destacable de lo ocurrido en el 21-D fue la normalidad y la altĂ­sima participaciĂłn de la ciudadanĂ­a en los comicios. TambiĂŠn el triunfo de la derecha (Ciudadanos, Junts per Catalunya y el PP) al obtener un resultado muy superior a la izquierda (Ezquerra Republicana, PSC-PSOE y Catalunya en ComĂş- Podemos), tanto en votos como en escaĂąos. Un resultado especialmente relevante y muy poco comentado en los medios de comunicaciĂłn de masas, lo que nos invita a una profunda y sesuda reflexiĂłn y confirma la actual crisis de la socialdemocracia europea con la excepciĂłn de Portugal y del Reino Unido (Jeremy Corbyn).

En tĂŠrminos concretos, es indudable que los partidos defensores de la ConstituciĂłn ganan claramente en votos, a pesar de que los independentistas obtienen en el Parlament una mayorĂ­a de escaĂąos suficiente para gobernar, lo que demuestra que, si bien la DeclaraciĂłn Unilateral de Independencia (DUI) no es posible, el problema catalĂĄn no ha desaparecido en absoluto. Esta circunstancia justifica el principio de acuerdo dentro del bloque independentista para controlar la mesa del Parlament y presidir la Generalitat. La aplicaciĂłn y desarrollo de este acuerdo es imprescindible, pero no serĂĄ nada fĂĄcil, porque en el bloque secesionista conviven dos sensibilidades enfrentadas: los partidarios de la proclamaciĂłn unilateral de la RepĂşblica catalana y los que defienden una polĂ­tica mĂĄs realista encaminada a conseguir un mayor autogobierno (incluso la independencia), que sea compatible con la resoluciĂłn de los problemas que preocupan a los catalanes y con el respeto a la ConstituciĂłn y al Estatut, como ha seĂąalado Artur Mas. En todo caso, debe quedar muy claro que sĂłlo por la mala gestiĂłn del desacato del bloque independentista (si se produce) a las decisiones judiciales se podrĂĄ modificar la actual relaciĂłn de fuerzas surgida de las elecciones del 21-D, al margen de los intentos interesados del PP de forzar a Ciudadanos a que explore la posibilidad de presidir el Gobern de la Generalitat.

La claridad y firmeza de los mensajes polĂ­ticos en los Ăşltimos meses y, particularmente, en la campaĂąa electoral, han sido determinantes en los resultados. Ciudadanos ha ganado claramente las elecciones y ha obtenido un triunfo muy superior al de sus propias previsiones, al recoger votos del PP y, en menor medida, de Catalunya en ComĂş-Podemos y del PSC en sus feudos tradicionales: voto joven, urbano e, incluso, obrero; en definitiva, el voto Ăştil y constitucional de los contrarios a la secesiĂłn de Catalunya. Por su parte, Junst per Catalunya y Ezquerra Republicana han conseguido mantener sus expectativas y sus escaĂąos (con un ligero retroceso) al rentabilizar al mĂĄximo el sentimiento catalanista, asĂ­ como el victimismo producto de la aplicaciĂłn del artĂ­culo 155-CE, la encarcelaciĂłn de Oriol Junqueras y la fuga de Puigdemont a Bruselas.

El PSC, si bien ha mejorado sus resultados anteriores, no ha cubierto ni de lejos sus expectativas. Es indudable que a Miquel Iceta le han sobrado ocurrencias y, por otra parte, le ha faltado concreción a su reforma constitucional. Además, la defensa de una política transversal (pactando con antiguos responsables de Unión Democrática) ha chocado con el nítido discurso de Josep Borrell, de marcado carácter unionista, lo que sembró serias dudas en el electorado y restó credibilidad a su propuesta, a pesar de los reiterados llamamientos a que la solución del problema catalán pasaba sólo por “investir a Iceta de President”. En resumen, a pesar de que este eslogan se convirtió en el eje central de su campaña electoral no fue, finalmente, apoyado por la mayoría de los electores.

El PP, sumergido en el fondo de la irrelevancia, ha sido, sin ninguna duda, el gran perdedor de las elecciones catalanas. El desplome ha sido absoluto y mayor de lo esperado, al ser muy penalizado por su (mal) candidato y por las nefastas polĂ­ticas practicadas por Rajoy en Catalunya (y en el conjunto del paĂ­s) en los Ăşltimos aĂąos. TambiĂŠn Catalunya en ComĂş-Podem obtuvo un mal resultado al ser muy penalizado por su ambigĂźedad y equidistancia en relaciĂłn con la aplicaciĂłn del artĂ­culo 155-CE, asĂ­ como por la decisiĂłn, en plena campaĂąa electoral, de la alcaldesa Ana Colau de prescindir del apoyo del PSC en el Ayuntamiento de Barcelona. Por Ăşltimo, la CUP ha pagado un alto precio por sus excesos verbales y polĂ­ticos (anti sistema) y pierde fuerza y poder en el Parlament para defender la RepĂşblica y, lo que es mĂĄs grave, perderĂĄ protagonismo en la polĂ­tica a desarrollar en Catalunya en los prĂłximos meses, a pesar de que la mayorĂ­a absoluta de los secesionistas dependerĂĄ una vez mĂĄs de su apoyo.

Al margen de este somero anĂĄlisis, resulta inevitable, sobre todo en el actual contexto polĂ­tico, extrapolar, como hipĂłtesis, los resultados de Catalunya al conjunto del Estado. Porque, si bien es cierto que las elecciones municipales, autonĂłmicas y europeas se celebrarĂĄn en el aĂąo 2019, el presente aĂąo estarĂĄ muy marcado por dichos comicios. El PP de Mariano Rajoy, en estas elecciones, ha comprobado que tiene un potencial y peligroso adversario electoral en Ciudadanos, a pesar de la escasa implantaciĂłn de este Ăşltimo partido en el conjunto del Estado.

Por lo tanto, es comprensible que el actual Gobierno haya comenzado a actuar con diligencia en vĂ­speras de comenzar la segunda parte de la legislatura: estar mĂĄs presente en el plano internacional; intentar aprobar los Presupuestos Generales del Estado (PGE-2018); explotar las cifras macroeconĂłmicas; alardear de los Ăşltimos datos favorables de empleo, aunque ĂŠste sea fundamentalmente precario; y rentabilizar el acuerdo con los sindicatos sobre el SMI, entre otros asuntos de marcado carĂĄcter publicitario. Su objetivo final no es otro que sumar mĂĄs escaĂąos que Ciudadanos en unas elecciones generales y, posteriormente, formalizar acuerdos que garanticen la gobernabilidad y, en el peor de los casos, formar un Gobierno de coaliciĂłn con Ciudadanos que represente el espacio del centro derecha en EspaĂąa. Esta hipĂłtesis parte de un hecho constatable que no debemos olvidar: la imposibilidad de que un partido polĂ­tico obtenga la mayorĂ­a absoluta en estos momentos y el fin del bipartidismo que ha presidido la vida polĂ­tica de nuestro paĂ­s en los Ăşltimos aĂąos.

El PSOE tampoco puede presumir de los resultados obtenidos en Catalunya y, por lo tanto, no tiene otra alternativa que retomar la iniciativa polĂ­tica y reactivar de nuevo el discurso de izquierdas que se aprobĂł en las pasadas Primarias y se consolidĂł en su Ăşltimo Congreso, con el propĂłsito de encabezar finalmente el cambio polĂ­tico que la ciudadanĂ­a demanda. El adversario electoral del PSOE no es Podemos: es la derecha (PP-Ciudadanos). Para responder a esta inevitable realidad, el mensaje polĂ­tico debe ser claro, firme, convincente, ilusionante y claramente diferenciado de ambos partidos. Paralelamente debe apostar por fortalecer el entramado organizativo: abrir las agrupaciones y las Casas del Pueblo a todos los ciudadanos (sobre todo a los mĂĄs jĂłvenes y con mayor conciencia de clase); fomentar la afiliaciĂłn; impulsar la participaciĂłn de los militantes en la vida partidaria; mejorar la comunicaciĂłn con los ciudadanos; fortalecer la presencia de los afiliados en el tejido social y en las redes sociales; y, finalmente, formar a los responsables, cuadros y afiliados en general en base a un Plan de FormaciĂłn que engarce con la memoria histĂłrica y con los fundamentos del partido (ĂŠtica Pablista).

También Podemos debe reflexionar a fondo sobre los resultados de Catalunya y sobre lo que dictan la mayoría de las recientes encuestas publicadas para su partido. En este sentido, y al margen de su discurso político, debe cerrar el conflicto interno que se prolonga desde su último congreso y, por lo tanto, desde hace ya mucho tiempo. Además, y a pesar de las dificultades, debe actuar con un mayor pragmatismo y participar en todo tipo de acuerdos con los sindicatos y con el PSOE en el Parlamento: agenda social (reforma laboral, precariedad, protección por desempleo, pensiones, servicios públicos, fiscalidad…) y políticas de regeneración democrática (lucha contra la corrupción), al margen de trabajar a fondo en la Comisión que estudia reformar la Constitución (Catalunya, debate territorial y blindaje de la política social, entre otros asuntos) encaminada a configurar finalmente un Estado Federal.

En todo caso, la disputa que algunos vuelven a propugnar entre el PSOE y un atribulado Podemos no tiene sentido desde los postulados progresistas, sobre todo si proponen como solución que el PSOE vuelva a repetir el acuerdo con Ciudadanos. Ello sólo facilitaría el triunfo del PP y de Ciudadanos y confirmaría una vez más el fracaso de la izquierda en nuestro país. Esto no lo deben olvidar las fuerzas vivas y comprometidas con el desarrollo de una sociedad más justa y redistributiva en su imparable avance hacia un futuro digital, tecnológico y robotizado. Por eso hay que ponerse a trabajar sin prisas, pero sin pausas, para recuperar la política con mayúscula y ofrecer alternativas de cambio real a la insensibilidad, ineficacia y mediocridad del Gobierno del PP. Esa es la única manera de generar ilusión, credibilidad y confianza en los ciudadanos, porque “otra política es posible”. Los jóvenes, los precarios, los parados de larga duración y los excluidos socialmente lo exigen reiteradamente y, por lo tanto, una sociedad democrática debe cubrir esa deuda social lo más pronto posible.