El artista Banksy colocó una llamativa escultura en Londres, en Waterloo Place, hace unas semanas, al amparo de la noche. La escultura representa a un hombre trajeado subido en un pedestal en actitud de marcha enérgica, portando una bandera que le tapa completamente la cara y a punto de darse un galletón, porque tiene un pie ya fuera del pedestal. Esta alegoría del patriotismo ciego ha dado inmediatamente la vuelta al mundo, justo en momentos en los que sobran patriotas ciegos a lo largo y ancho del planeta. Sobran gobernantes que se llenan la boca con la patria mientras pervierten la democracia, se tocan la cartera a manos llenas y hacen números con la IA en ristre para ver cómo engordan sus particulares cuentas de resultados y las de las élites que los apoyan, a bombazo limpio si es necesario.
Cuando vi esta nueva obra de Banksy, identifiqué la cabeza ciega de Trump bajo un manto de barras y estrellas; también la de Netanyahu bajo su estrella de David blanquiazul; la de Milei con el sol albiceleste, la de Putin en blanco, azul y rojo, y la de tantos hombres absolutos, hombres blancos, ricos y machunos, que se envuelven en la bandera, imbuidos de una idea de patria excluyente, en la que solo caben ellos, mostrándose indecentemente salvajes y agresivos, tal como lo hacen los fascistas. Hombres que ponen a sus países y al mundo entero al borde de un galletón monumental.
En España también tenemos un puñado de estos hombres. Tenemos a Feijóo y a Abascal, que compiten a ver cuál de los dos tiene la bandera más grande y le tapa mejor la cara; a ver cuál de los dos es más excluyente, más xenófobo y más machista; a ver cuál de los dos enfanga más y cuál de los dos dice más mentiras. Y últimamente también tenemos por ahí algunas cabezas de ratón colilargo, que se esfuerzan por sacar el hocico de debajo de sus banderitas locales, a ver si ven algo que poder rapiñar o pueden contagiar el virus de alguna mentira más.
El presidente Sánchez no tiene la cara tapada por un trapo
Afortunadamente, al frente del Gobierno de coalición progresista en España tenemos a un presidente, Pedro Sánchez, bien arropado por todo un gabinete ministerial, que no tiene la cara tapada por un trapo. Todos juntos están dando la talla internacional, colocando siempre al país en el lado correcto de la historia. Que no es otro que el de defender la democracia, los derechos humanos y el derecho internacional.
El Gobierno de España viene actuando desde el principio con la idea fundamental de que el patriotismo significa cuidar. Cuidar a la ciudadanía y cuidar la democracia que nos hemos dado, respetando las instituciones y la legalidad vigente, tanto dentro como fuera del país. Cuidar es el primer acto civilizatorio de la historia de la humanidad, y sin los cuidados generosos no somos nadie, solas no seríamos capaces de sobrevivir.
Este Gobierno de coalición progresista cuidó a la ciudadanía durante la pandemia en el interior del país, haciendo una coordinación sanitaria espectacular y poniendo medios públicos como los ERTE al servicio de trabajadores y empresas para que se saliera de aquella crisis sociosanitaria en común. Este Gobierno de coalición progresista ha cuidado el derecho internacional, poniendo la paz y el derecho a la vida por encima de intereses espurios, denunciando el genocidio en Gaza, que perpetran los bárbaros sionistas que anidan en el Gobierno de Israel, y no permitiendo que un Trump agresor y vociferante utilice las bases españolas conjuntas a su antojo para bombardear ilegalmente Irán.
Ahora nuevamente, esta misma semana, este Gobierno de coalición progresista ha enarbolado la bandera de la decencia y de la humanidad. Ha mostrado su solidaridad y buen hacer, organizando un dispositivo fabuloso coordinado por el Ministerio de Sanidad, en el que también han participado Transportes, Interior y Defensa, con el objetivo de evacuar a los pasajeros del buque con el brote de hantavirus y proporcionarles la atención médica necesaria. La Organización Mundial de la Salud ha felicitado pública e internacionalmente a España y a su Gobierno por su actuación, por hacer lo correcto, por saber cuál es la prioridad nacional real, que no es otra que la de cuidar y atender, la de estar a la altura, en el lugar correcto, la de no ser egoístas ni miserables. En un mundo hiperconectado es vital la solidaridad entre las naciones. Para esto sirve la política decente: para cuidar a las personas cuando lo necesitan, no para dejarlas abandonadas a su suerte en medio del océano, como parece que algunos pretendían.
Todas estas actuaciones del Gobierno de coalición progresista en España me hacen sentir orgullo de país. España es ahora una patria que no mira para otro lado cuando se conculcan los derechos humanos. Una patria que cuida la paz. Una patria en la que las personas son cuidadas y atendidas, funcionan los servicios públicos, la sanidad y la educación, y se atiende a los vecinos sin mirar su clase social, su color de piel, su lugar de origen, su género, su religión o su inclinación sexual. Una patria que hace lo correcto, muestra solidaridad y regulariza migrantes que conviven con nosotras en lugar de meternos en campos de concentración o expulsarlos como hacen otros; una patria que hace alarde de sensibilidad social en las emergencias y cuida.
Me siento orgullosa de que Pedro Sánchez, el presidente de mi país, camine con la cara despejada, arropado por todo un gabinete ministerial de personas con sensibilidad social, que no para de trabajar por lo que es justo. Para este Gobierno la bandera no es un trapo que oprime y excluye, sino un símbolo de paz, de democracia y de derechos de ciudadanía.
