En el pasado fin de semana la veterana Convergència Democràtica de Catalunya, fundada clandestinamente en Montserrat a finales de 1974, ha dejado de existir para transformarse en Partit Demòcrata Catalå. Un partido que se ha suicidado gustoso para borrar la persona de uno de sus fundadores pero, no lo olvidemos, un partido que hace aùos ya decidió el suicidio cuando decidió no entorpecer la carrera hacia la muerte (política, como partido) que su Secretario General, Artur Mas, emprendió en septiembre de 2012.

Con la restauración de la democracia, Convergència Democràtica de Catalunya se convirtió en poco tiempo en el gran partido de Cataluña. Uno de los mejores conocedores del partido, el profesor socialista Joan Marcet, explicó en su tesis doctoral la novedad de un partido sin precedentes directos en otros partidos catalanes que nació con la vocación de constituirse en el eje vertebrador del panorama político de Cataluña y que mediante la técnica de “fer país” se quiso convertir en el partido de todo el pueblo, sin  intentar configurarse como partido aglutinador de conciencia de clase (Joan Marcet: Convergencia Democrática de Cataluña. El partido y el movimiento político, Madrid, 1987, especialmente págs. 306-322).

Hay que reconocer que la creaciĂłn de este partido, un partido nacionalista que rehuĂ­a el cleavage de clase y, por ende, el eje derecha-izquierda, fue un triunfo notable de la oligarquĂ­a catalana pues sĂłlo se le ha vuelto en contra cuarenta aĂąos despuĂŠs de su creaciĂłn. No debemos olvidar que, a pesar de algunas iniciativas interclasistas de carĂĄcter nacionalista, como fue la Solidaritat Catalana de 1907, la existencia de un nacionalismo de cierta vocaciĂłn interclasista no fue Ăłbice para que los partidos catalanes, como expresiĂłn orgĂĄnica de intereses sociales, respondieran a una lĂłgica de clase. La Lliga, tanto durante el reinado de Alfonso XIII como durante la Segunda RepĂşblica, fue el partido de la derecha, el partido de la oligarquĂ­a que no dudĂł en combatir la Ley de Contratos de Cultivo del Parlamento autonĂłmico cuando considerĂł que socavaba los intereses de sus terratenientes. Al socaire de esta caracterizaciĂłn de la Lliga como partido mĂĄs de clase que catalanista, no viene mal recordar, que esa misma Lliga apoyĂł el golpe de Estado monĂĄrquico de julio de 1936 y que CambĂł financiĂł durante muchos meses uno de los servicios de espionaje de los rebeldes, servicio que dirigiĂł uno de sus colaboradores, Bertran i Musitu. Lo mismo podemos decir de la Esquerra de MaciĂ  y de Companys: con un nacionalismo mucho mĂĄs agudizado que la Lliga, Esquerra Republicana fue el partido de la pequeĂąa burguesĂ­a, de unas clases medias populares con conciencia de clase que colaboraban con la izquierda obrera con una visiĂłn tĂĄctica muy acentuada.

La peculiaridad de Convergència Democràtica de Catalunya consistió en que, recubriÊndose con la bandera nacionalista, nació como el partido que aspiraba a atraer a las capas sociales que en los aùos treinta habían sostenido tanto a la Lliga como a Esquerra Republicana. Un partido interclasista, de oligarquía y de clases medias, con la esperanza de alcanzar tambiÊn el apoyo de ciertos sectores obreros y rurales. ¥La cuadratura del círculo! Y lo consiguieron como se ve, ya que salvo entre 2003 y 2011 Convergència Democràtica ha gobernado Cataluùa. Y por si podía faltar algún apoyo social, Convergència Democràtica de Catalunya se coaligó electoral y gubernamental con la muy cristiana Unió Democràtica de Catalunya que le aportaba todo el apoyo eclesiåstico.

Un partido que sirviendo en realidad a cuatrocientas familias (mĂĄs los colaboradores a los que hay que pagar los favores) hace creer a toda una Comunidad AutĂłnoma que estĂĄ al servicio de la naciĂł y del paĂ­s y le hace creer, como ya intentĂł el franquismo con los espaĂąoles, que ser catalĂĄn es una de las cosas mĂĄs importantes que se puede ser en el mundo, merecerĂ­a el Premio Nobel de PolĂ­tica si ĂŠste se hubiera creado. Y doble Premio Nobel cuando se convirtiĂł en poco tiempo, en apenas meses, en el gran partido de las clases medias urbanas de CataluĂąa. Pero, ÂżcĂłmo se puede hundir ese partido a una velocidad no menor de la que hundiĂł al Titanic? A mi juicio, el final de tan exitoso partido se debe a una causa micro y a una causa macro.

La causa micro es Jordi Pujol. La oligarquĂ­a catalana es rica de varias generaciones o si se enriquece de la noche a la maĂąana (como hizo CambĂł al ofrecerse como testaferro de intereses alemanes despuĂŠs de 1918) lo hace sin grandes ocultaciones. Pero Pujol, tras transmutarse en la personificaciĂłn de CataluĂąa, decidiĂł que el crack de Banca Catalana (del que era responsable por su probable incapacidad como profesional de la Banca) no debĂ­a afectar su situaciĂłn financiera, y que ĂŠl y sus hijos debĂ­an ser tan ricos como los oligarcas para los que habĂ­a hecho la polĂ­tica nacionalista. Es psicolĂłgicamente comprensible: si se ha servido fielmente a los grandes intereses socio-econĂłmicos de las cuatrocientas familias, ÂżcĂłmo no beneficiarse uno mismo? Pero la forma que empleĂł la familia Pujol fue tan basta (vĂŠase LluĂ­s Basset: La gran vergĂźenza. Ascenso y caĂ­da del mitode Jordi Pujol, Barcelona, 2014) que acabĂł por hundir a quien se consideraba la representaciĂłn de CataluĂąa. Por eso los convergentes han tenido que escapar de todo lo que conectaba a la familia Pujol con su partido.

Y cuando la corrupciĂłn aparece en una organizaciĂłn social es muy difĂ­cil expulsarla. Si Jordi estaba inmerso en operaciones bancarias opacas y ajenas a la Hacienda PĂşblica, ÂżcĂłmo impedir que su partido, tan necesitado de apoyos financieros como todos los demĂĄs partidos, no se beneficiara tambiĂŠn de operaciones opacas, ocultas a la Hacienda? Con una ocupaciĂłn absoluta de la reciĂŠn creada AdministraciĂłn autonĂłmica, la tentaciĂłn del tres por ciento era demasiado atractiva. ÂżPor quĂŠ el partido no iba a seguir la astuta senda de su lĂ­der mĂĄximo?

La causa macro es Artur Mas, no porque sea una macro-figura de la política catalana (mås bien lo contrario, es un político nefasto y mediocre), sino porque su política ha girado sobre las grandes cuestiones de la política catalana. Tras la Diada de 2012 Mas creyó que la vía hacia la independencia era la mås adecuada para consolidar, por dÊcadas, el Gobierno de Convergència i Unió. Era una necesidad psicológica, para demostrar que era mejor político que los Pujol, padre e hijo, a los que así no debería nada. Ademås, consciente de que antes o despuÊs saltaría a la luz pública la financiación de la familia Pujol y de su partido (¿y de quiÊn mås?), se dejó engaùar por el espejismo de las masas que salían a la calle por la independencia y se apuntó a ese carro. Consecuencia macro de creer en el espejismo: en cada elección, autonómica o a las Cortes Generales, Convergència i Unió ha perdido votos y escaùos, la nueva dinåmica independentista ha dado alas a un grupo de rebeldes primitivos que conciben la sociedad como la podían concebir los hermanos Ascaso, ha destruido Unió Democràtica de Catalunya y ha postergado al PSC, otrora gran partido, a un papel secundario. Y todo ello con dos beneficiarios, Esquerra Republicana, que ya aventaja a Convergència Democràtica de Catalunya en escaùos y en votos, y la CUP, que ha logrado sacar a Mas del Gobierno. Todo un genio este Artur Mas (para mås detalles de la operación existosa de Mas, Xavier Vidal-Folch: ¿Cataluùa independiente?, Madrid, 2013).

Con esta combinación micro-macro, Convergència Democràtica de Catalunya ha llegado a su congreso de refundación como un moribundo: humillada una y otra vez por la CUP, rebasada electoralmente por Esquerra, con un programa independentista reciÊn aprobado que no le diferencia de Esquerra, Convergència Democràtica de Catalunya tiene los días contados, hasta la próxima elección municipal, cuando pierda Alcaldes que son el oxígeno económico del partido. El agotamiento de su proyecto se observa incluso en la denominación, tan asÊptica como un quirófano, que difícilmente puede atraer a electores.

Sin embargo, como explicara M. Ostrogorski (La démocratie et l’organisation des partis politiques, París, 1903), la conexión entre el cuerpo electoral y los partidos tiene una profunda base social. Si Convergència Democràtica de Catalunya nació como un partido dirigido a unas clases medias catalanistas pero no independentistas, algún partido habrá de satisfacer esas necesidades que quizá han reculado en la sociedad catalana pero no han desparecido. Cuando la operación independentista se agote, renacerá una nueva Convergència Democràtica de Catalunya pero nada tendrá que ver con los agónicos militantes que en el congreso del fin de semana pasado pusieron contra las cuerdas a Mas. Tenían que recordarle que era el matarife de un gran partido.