Periódicamente se reproduce el debate en torno al papel de los llamados “aparatos” en los procesos internos del PSOE y, en general, de los partidos que cuentan con estructuras y normas democráticas, que no son todos, ni tan siquiera la mayoría.

Se suele denominar “aparatos” a los equipos encargados de las tareas de la organización, la administración y la comunicación del partido, en los distintos niveles nacional, autonómico, provincial y local. Los principales responsables son elegidos en congresos y asambleas. Sus colaboradores suelen ser trabajadores del partido y personal de la confianza de aquellos.

La labor de estas personas no es la más sexy de la política, ni la más lucida, ni la más celebrada, pero resulta imprescindible para el cumplimiento de los objetivos de la organización. Es más, sin esta labor el resto del hacer del partido no sería posible. Ni gobernantes, ni cargos representativos, ni candidatos, ni portavoces, ni responsables orgánicos, ni militantes de base podrían llevar a cabo su trabajo sin la tarea de los “aparatos”.

Se trata de esa gente que abre cada día las sedes del partido que todos utilizan, que convoca y organiza las reuniones que otros dirigen, que prepara los actos que otros protagonizan, que administra los recursos que todos disfrutan…

Son los que se quedan a recoger cuando acaban las celebraciones. Son los que mantienen el pedaleo cuando llega la cuesta arriba y hay menos piernas para pedalear. Son los que sacan el paraguas cuando caen chuzos de punta. Son los que también están en las derrotas.

Es difícil ser popular cuando te toca cobrar las cuotas que aseguran la financiación del equipo, cuando tienes que decir no a gastar más en aquello que parece tan interesante, cuando llamas la atención al que no ha cumplido con su deber, cuando exiges que los avales sean correctos, cuando te atienes a los plazos reglamentarios, cuando solicitas el cumplimiento de las normas internas que nos hemos dado, cuando aplicas las sanciones disciplinarias que establecen esas normas.

Además, a muchos espectadores y comentaristas de la vida interna de los partidos les resultan más atractivos, y más rentables, los militantes que acostumbran a salirse del guion del bien común, los menos dispuestos para la discreción que requiere el debate interno más útil, los más renuentes a seguir las normas que se aprueban en los congresos, los versos sueltos, que no libres, porque libres somos todos los que militamos en los partidos democráticos. Y no pasa nada. Forma parte de la vida de toda organización plural y democrática.

Pero esa tarea imprescindible de los “aparatos” es la mejor garantía para el ejercicio de la democracia interna que la Constitución exige de los partidos políticos. Porque ese trabajo permite a los partidos, además, ser eficaces en su búsqueda del interés general. Porque esa labor permite la prevalencia del bien común sobre otros intereses legítimos pero parciales.

Por eso resulta injusto que en ocasiones se hable peyorativamente de los “aparatos”, como ese factor interno que supuestamente constriñe las libertades y obstaculiza los cambios necesarios.

Suele hacerse a veces como estrategia en dinámicas electorales internas, porque puede resultar popular alzarse como la alternativa que promueve renovaciones y cambios frente a la resistencia de quienes presuntamente se aferran al inmovilismo.

Y se hace a veces desde la experiencia de quien se ha beneficiado del aparato, de quien ha formado parte incluso del aparato, o de quien indefectiblemente aspira a formar su propio aparato. Porque es muy difícil ser militante de un partido y vivir permanentemente ajeno a las estructuras y a las dinámicas que velan por la supervivencia de la organización.

Es injusto que, a veces, se señale a los “aparatos” como la némesis de la renovación, la modernidad, la ilusión y el “aire fresco” que entra por las ventanas abiertas. No es justo que, en ocasiones, se les tache de rémora continuista, conservadora, ultraortodoxa y sectaria, cuando no directamente represora.

Los “aparatos” no vician el aire en las sedes de los partidos democráticos, sino que garantizan que haya sedes, con ventanas, con puertas, con sillas y micrófonos para todos, incluidos los menos aparateros. Los “aparatos” no asfixian la democracia, sino que aseguran el cumplimiento de las reglas que hacen viable la pluralidad interna. Los “aparatos” no son los aguafiestas de los partidos democráticos, sino la seguridad de que podremos organizar la fiesta siguiente.

Claro que hay aparatos que no hacen bien su trabajo, como ocurre entre gobernantes, candidatos, cargos públicos, militantes de base, versos sueltos y menos sueltos, hasta entre comentaristas y tertulianos. Pero eso no justifica el recurrente y oportunista discurso anti “aparato”.

En realidad, todos tienen “aparato”, incluidos los que se presentan como la oposición contra los “aparatos” oficiales. ¿Cómo ha de llamarse si no a quienes organizan, movilizan, convocan y comunican en el equipo opositor? Pues eso, el otro “aparato”. Si resulta que su “aparato” es peor, perderán. Si su “aparato” es mejor, se convertirán en el nuevo “aparato” oficial.

“Aparato” y democracia interna, “aparato” y renovación, “aparato” y progreso, no son realidades antónimas. Todo lo contrario. Con el mejor “aparato” tendremos la mejor democracia, la mejor organización y el mejor cumplimiento de sus objetivos para mejorar la vida de aquellos a los que nos debemos, los españoles y las españolas, que es lo más relevante.

Fui aparato, a mucha honra. Ahora soy militante de base. Pero sigo pensando que no es buen negocio para una organización tratar mal a sus “aparatos”.

Celebremos, pues, a los “aparatos” o, al menos, respetémoslos y ayudemos a que cumplan bien su labor.